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LOS PELOS DE PUNTA, por Javier Astasio

 
El de hoy está siendo uno de esos días en que me da pánico que la radio despertador se conecte y comience a contarme lo estúpida, lo mentirosa y lo despreciable que es la mayor parte de la clase política de este país, capaz de enredarse en dimes y diretes, versiones y más versiones de una verdad que, casi por definición, sólo puede ser una, olvidando, y eso sí que es grave, los problemas reales de la gente que cada cuatro años confía o se resigna a confiar en ellos y, con sus impuestos y su esfuerzo, paga sus sueldos.
La de ayer fue una tarde digna, más que del camarote de los Hermanos Marx, de alguna comedia de los Monty Python, porque, si en casi todo el cine de Terry Gillian abundan el ridículo y los personajes "pasmaos", como el rey de Torrente, en la política española, de ridículos y pasmados vamos más que sobrados.
No quiero ni imaginar la reacción del gobierno español, especialmente la de su ministro de Justicia, Rafael Catalá, ocupado durante toda la mañana de defender la honestidad de la presunta inocente Cristina Cifuentes, cuando se enteraron, se enteró, de que el tribunal del pequeño estado alemán en que fue detenido el fugitivo Puigdemont rechaza el delito de rebelión incluido en la euroorden con la que se pretendía su extradición. Los imagino como en un hormiguero recién pisoteado, empeñados en la evaluación de los daños y la reconstrucción de las galerías, si es que aún es posible, correteando de despacho en despacho, de teléfono en teléfono, en una escena parecida a la que tantas veces he vivido en la redacción de la SER, cuando, ante algunos acontecimientos, anteponía la cantidad a la eficacia y la calidad.
A estas horas, de confirmarse el pronóstico de la mayoría de juristas a quienes he podido escuchar, la ofensiva judicial del gobierno contra los líderes del soberanismo se habrá desmoronado, porque, si la justicia alemana entrega al detenido y lo hace sólo por el delito de extradición, no sólo quedará en libertad tras ser presentado ante el juez español, Llarena por más señas, sino que éste se verá obligado por coherencia a poner en libertad a “los jordis”, Junqueras y el resto de encarcelados. Todo un vuelco que obligará a los unos, los políticos catalanes, soberanistas o no, y a los otros, Rajoy, pero no sólo Rajoy, a ponerse a trabajar, a dejarse de bravuconadas y trampas y hacer, por fin, eso para lo que les pagamos: política.
Lo peor de todo es que, casi al mismo tiempo y ante la evidencia de que el máster que presuntamente consiguió la presidenta de la Comunidad de Madrid y también presunta inocente Cristina Cifuentes, de haber existido, debe estar perdido en el orinal en el que la cúpula de la Universidad Rey Juan Carlos vacía su dignidad, flotando entre mentiras, coacciones y servilismos.
Ni veinticuatro horas le ha durado a la presidenta, la tranquilidad. Una tarde y una mañana, lo justo para que la presidenta del inexistente tribunal que evaluó su improbable trabajo se desmoronase ante los investigadores de la causa en la universidad y confesase que ni presidió tal tribunal ni firmó el acta exhibida por Cifuentes. Y lo hizo ella, con plaza en propiedad, mientras sus dos compañeras, sin esa plaza en propiedad, se ausentaron con la excusa de una depresión sobrevenida.
Hoy, hace apenas dos horas, ha sido el propio director del máster, el catedrático Enrique Álvarez Conde, ha reconocido ante los micrófonos de Onda Cero que fabricó el acta en cuestión por orden del rector, el de aquella ridícula rueda de prensa que "todo lo aclaraba" y que tuvo sólo tres horas para hacerlo, "reconstruirla" en palabras suyas.
No sé en qué acabarán una y otra historia. En ambas Ciudadanos juega un papel importante, porque que Cifuentes se vaya a su casa de la calle Malasaña depende se sus diputados en la Asamblea de Madrid y que se desbloquee la política catalana tiene también que ver con que acaben los vetos y las intransigencias de los soberanistas, pero, también, de Arrimada y los suyos.
Mientras tanto, yo, aquí, temiendo encender la radio y con los pelos de punta.