Los partidos como empresas, por Javier Astasio

 
 
Fue Sigmund Freud quien en su "Psicopatología de la vida cotidiana" introdujo el término "acto fallido" como una especie de traición que nos hace el inconsciente llevándonos a decir lo que, en realidad, no queríamos decir conscientemente. La vida de cada uno de nosotros está repleta de esos actos fallidos y no digamos ya, si de lo que hablamos es del día a día de nuestros políticos.
No hace falta dejar un micrófono abierto cerca de ellos para saber que la mayor parte de ellos viven en una constante impostura. A veces, basta con dejarles hablar sin papeles delante de un micrófono amigo, para que ellos mismos acaben delatándose y evidenciando lo que en realidad piensan o lo que de la realidad pretenden ocultarnos. A veces el elefante que nos quieren ocultar y que da vueltas en su cabeza acaba asomando la trompa por sus bocas.
Estoy hablando de aquel "salvo algunas cosas" con que -aún no sé si por torpeza o por esa necesidad de jugar a dos paños inherente a nuestro ambiguo presidente- llevó a Rajoy a desactivar la rotundidad con que pretendía desmentir cualquier irregularidad contable en su partido, nada más estallarle en las manos el escándalo de los papeles de Bárcenas y los famosos sobresueldos circulando en sobres por los pasillos de la sede nacional del PP. Eso, por no hablar de aquel "nadie "prodrá"  probar nada contra él" que, referido al ex tesorero que él mismo nombró y se ocupó de ascender al limbo del Senado antes de saber que bastante más que ese "algunas casas" con que, al otro lado de la pantalla de plasma, le traicionó el subconsciente en uno de los momentos más cruciales de su carrera política.
Y es que debe ser duro, muy duro, llevar dos discursos, no sólo distintos, sino opuestos dentro de la cabeza: el de la verdad inconfesable y el de la fábula en que se basan su carrera y su prestigio. Algo tan difícil como  le resultó a Bárcenas llevar dos libros de contabilidad distintos e independientes. Tanto que, al final, aparecen esos agujeros de gusano que comunican las dos dimensiones contables, las dos realidades de ingresos y gastos, decentes e indecentes, como en el discurso de sus jefes aparecen esos agujeros que comunican la mentira consciente con la verdad inconsciente.
Pues bien, ese fenómeno que describió hace casi un siglo el padre del psicoanálisis, no es exclusivo de Rajoy, también se da en su aplicada vicepresidenta, la impoluta -al menos para la prensa alemana- Soraya Sáenz de Santamaría, que, a propósito del borrado y destrucción de los discos duros de los ordenadores utilizados por Bárcenas, habló de "los partidos como empresas". Acabáramos. Al final la virginal Soraya lo dijo: los partidos actúan como empresas. Empresas que buscan el beneficio, pero no el de la sociedad a quienes presuntamente representan, sino el propio y como cualquier detergente mienten en la publicidad sobre su eficacia limpiadora y sacrifican a una parte de la plantilla social en eres crueles e injustos, traiciones a cualquier código ético, luchas despiadadas por el privilegio de ocupar un despacho, falseamiento de cuentas, discursos tan llenos de buenos propósitos como falsos y huecos y un largo etcétera de todas esas prácticas innobles e inconfesables que, quienes trabajamos o hemos trabajado en una, estamos hartos de ver en las empresas.
 
 
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