Los fondos de inversión se arriesgan con la burbuja biotecnológica, por Joan Anglada Salarich (@themoneyglory)

Las posibles repercusiones de una expectativa fallida no parece preocupar al inversor Seth Klarman. El fondo que gestiona, Baupost Group, informó el viernes 10 de enero de la compra de un 17,92% de la farmacéutica Kindred Biosciences. Una posición más a la concentración del hedge fund en biotecnología, el sector de moda de los últimos tiempos. Sus pasos recuerdan el de otros magnates de la industria a finales de los años 90, que no se quisieron perder la fiesta de las bolsas en el sector de Internet y se olvidaron de los riesgos a los que se exponían.

Bombolla Biotecnològica

Baupost Group acumulaba, a finales de 2013, más de 965 millones de dólares en nombres que forman el sector biotecnológico en Estados Unidos. Desarrolladores de fármacos para animales o negocios que comercializan con moléculas como Theravance Incorporated; compañía que forma parte del 21% de su cartera. La evolución de un 65% de la cotización de la empresa, durante el pasado año, confirma el acierto de Klarman con estas actividades. La ausencia de beneficios de la misma, insinúa lo complicado que es este sector en el mercado real.

“No tendremos ingresos materiales del producto en un futuro previsible, y es posible que necesitamos obtener capital adicional para nuestros objetivos” declaraban los gestores de Kindred Biosciences en el registro de la oferta pública de acciones en la SEC. Es el riesgo básico que asume el comprador que invierte en iniciativas que no tienen productos aprobados para la venta. Fármacos para animales domésticos, en el caso concreto de Kindred.

La misma canción se pudo leer hasta 35 veces, durante el año 2013, en presentaciones de empresas para la bolsa. Cinco no habían superado ni la primera barrera, el estadio pre-clínico, según el escrito Bubble-icious Biotech de Nathan Sadeghi-Nejad. El parquet abrió las puertas a este tipo de propuestas con un optimismo desatado, sobretodo si se tiene en cuenta que solo un 27% de las pruebas que llegan al tercer estadio salen al mercado. Algunas cotizaciones saltaron vertiginosamente, de un día para otro, al sentido de la música de la FDA y el índice Nasdaq Biotech aumentó un 68%, en un año.

El principal culpable de este calentamiento es la pérdida de las patentes fundamentales de las grandes farmacéuticas, el llamado Patent Cliff. Pfizer o Brystol Myers-Squibb, por ejemplo, perdieron en los últimos años el monopolio de sus blockbusters, que aseguraban beneficios multimillonarios. Fármacos como el regulador del colesterol Lipitor o el diluyente de la sangre Plavix dejaron de ser un producto “único” y se expusieron a la competencia de los fármacos genéricos. Ahora estas multinacionales necesitan sustitutos para cubrir los ingentes beneficios que les garantizaban estas marcas y lo hacen, principalmente, mediante la adquisición de otros negocios.

El mes de junio de 2013 Amgen compró el productor de fármacos contra el cáncer Onyx Pharmaceuticals, por 10.000 millones de dólares. El precio de las acciones creció un 50% de la noche a la mañana. Este movimiento corporativo fue una muestra más del interés de las multinacionales por superar el Patent Cliff a través de la absorción de talento externo. Estas transacciones alimentan las expectativas de la comunidad financiera, que espera más movimientos con este patrón de riesgo por beneficio. En cambio, los protagonista del sector como Merck o Eli Lilly, no consiguen recuperar sus beneficios históricos garantidos por patentes que han caducado.

El título de “burbuja biotecnológica” agrupa todas las iniciativas en un mismo saco. “Es un error pensar en este conjunto de empresas como un solo grupo” escribe el especialista Stephen Petranek. Todas las marcas pequeñas de investigación tienen, en teoría, un gran futuro por delante, que será impulsado por una gran idea y un gran producto. Después, quién sabe si alguien las comprará. Pero, irónicamente y a la práctica, sólo una pequeña fracción triunfará. Los inversores de esta nueva ola no lo tienen en cuenta, y tampoco observan con detalle, los ingresos del pasado, ni la evolución de los datos del negocio objetivo. Básicamente porque no los hay. La actividad empresarial formada por un conjunto de laboratorios es sólo una promesa, carísima a precios de mercado actual, que tiene el mismo valor que un billete de lotería.

Quizás Klarman tiene la fórmula mágica para escoger los títulos con más probabilidades de sobrevivir. No vale en ser un experto en medicina, porque ni ellos saben que saldrá de lo que tienen entre manos. El voto de confianza para la última adquisición de Baupost, Kindred, se le da porque sus fármacos están destinados a los animales, trabajan en el tercer estadio de desarrollo y son fáciles de trasladar al mercado. El resto de decisiones tomadas por esta institución se contradicen con el principio, explicado en el libro de Klarman “Margin of Safety”, de basar una inversión en el estudio de cash flows previos. En el sector biotecnológico amateur sólo puede trabajar con material que el estudio de múltiples puede explicar.

De todas las nuevas ofertas de acciones en bolsa, la mayor parte desaparecen. De compañías biotecnológicas, pocas quedarán los próximos cinco años. Aunque sus objetivos sean tan nobles como tratar un cáncer específico, una solución única para el sida o la hepatitis. “Las burbujas son el subproducto de un exceso de confianza y miedos inadecuados” advertía el gestor Howard Marks. A pesar de haberse borrado a vendedores y desconfiados de este terreno, los optimistas cada vez deben sumar más fe para entender que una compañía desarrollada en un laboratorio les pueda hacer millonarios.

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