Lo que se ha llevado agosto, por Javier Astasio

 
Para algunos, los que ya han regresado o están a punto de hacerlo de su lugar de vacaciones, agosto se ha llevado ese sensación de estar en un limbo balsámico en el que curan o al menos se atenúa el dolor de las heridas del día a día, las preocupaciones y los miedos que atenazan incluso a los que tienen un puesto trabajo.
Con ser dura ese regreso, nada tiene que ver con lo que está viviendo quien no tiene trabajo y está agotando las prestaciones que le corresponden, porque para eso se financian con su salario y el de quienes tiene la fortuna de ejercer su derecho al trabajo. Gente que ha pasado el mes paseando su ciudad como un autómata, convertida en parte del paisaje de parques y plazas o encerrada en su casa, contando los días que quedan para cobrar "el paro" y hacer frente con esa paga a los recibos que, a pesar de las privaciones y de los recortes en gastos, se empeñan en devorar toda o casi toda la paga.
Peor lo tienen quienes tienen que conformarse con ese susidios de 400 eraros, eso sí, después de superar la "pista americana" de las condiciones, algunas verdaderamente crueles, impuestas por el Gobierno. Para ellos, si tienen niños, comienza el calvario de mendigar, porque no es otra cosa, a la familia y a los amigos ese puñado de euros que les permita llevarlos al colegio con una cierta, quizá mínima, dignidad.
Pero qué es lo que pierden quienes, además de toso lo anterior, se encuentran en un país que no es el suyo, pero a cuya riqueza pasada contribuyeron, y en peores condiciones, con su trabajo de sol a sol, con sus impuestos con sus cotizaciones a la Seguridad Social, que también pagaban, pero que lo han perdido todo: el trabajo, la casa, el médico, el colegio al que sus niños no pueden llevar ni siquiera el "taper".
Y qué han perdido los que acaban de cruzar el mar en una peligrosa travesía a la búsqueda de un mundo mejor que el que dejan atrás hecho de miedo, hambre y miseria. Ellos, aún no lo saben, deben ir perdiendo la esperanza de emprender una vida mejor en éste.
No hay que fijarse mucho para ver los escalones que nos separan y nos clasifican. Escalones que, de alguna manera, podían salvarse con un poco de suerte, esfuerzo y tesón. Pero este septiembre que hoy comienza se ha llevado por delante esa débil soga de la solidaridad de nación, esa que no es caridad, amor fraterno, ni siquiera entrega, sino que es la expresión de un derecho ciudadano, el que tenemos quienes podemos pagar impuestos a que, con ellos, se ayude a quienes ni siquiera eso pueden.
Este Gobierno de desalmados que rezan y patriotas con el corazón en la cartera está rompiendo uno a uno los cabos de esa cuerda por la que un día treparon nuestros padres cuando dejaron sus pueblos para intentar una nueva vida, que nadie les regaló, en la ciudad. Están cortando ese cabo que permite sanar a quien enferma en el camino, para reemprender después la marcha. Están deshaciendo otro cabo, quizá el primordial, el de la educación, que une directamente el suelo con la cima, permitiendo que ese hijo del inmigrante humilde pueda llegar a ser lo que quiera y merezca.
Todo eso, con la subida del IVA que ha agrandado todos los escalones, pero especialmente el primero. Se está perdiendo, como también se perderá el derecho de muchos padres que no pueden dársela ellos mismos, a que sus hijos reciban al menso una comida equilibrada al día. Se pierde también la bendita seguridad que da saber que una enfermedad no se va a comer los ahorros y el futuro de tu familia.
Todo eso se lo ha llevado agosto. El septiembre que comienza va a ser el más duro que podamos imaginar y la calle va a reventar. El Gobierno, que no ignora que la injusticia es mucha y que la gente está perdiendo la paciencia, llenará las calles de policías de azul, amenazados ellos mismos, para evitar que la gente se junte, se mire, se cuente y se pregunte qué es lo que hacen esos tipos sentados en sus despachos ahí arriba.
 
 
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