Lo que mal empieza, por @JosefinaLpez

Una vez aminorados los estruendosos ecos de los comicios griegos, el anuncio de adelanto de las elecciones andaluza y catalana, la convención del PP y el lío de Podemos, tapándole las partes a sus miembros mientras les intentan sacar en pelotas, tenía dos opciones, o hablar de Bárcenas, que me tiene estupefacta, o dedicarme a reflexionar sobre un asunto desgarrador, la conclusión del informe sobre la percepción social de la violencia de género en la adolescencia y la juventud. Inquietante.
Pues bien, chicos de entre 15 y 29 años ven inevitable y aceptable controlar a sus parejas e incluso impedir que vea a su familia o amistades. Aquí sólo diría que lo que mal empieza mal acaba, a veces, incluso acaba, a secas.
Esto ha sido noticia durante una sola jornada de esta semana con sus días y noches. Todos los medios de comunicación se hicieron eco e incluso contagiaron a los ciudadanos, no a todos, su sobresalto. Pero ya está. Sin embargo, yo sigo impresionada porque hace tiempo que me pregunto por qué no son efectivas las campañas de sensibilización, ni contra el maltrato ni contra los accidentes de tráfico, y por qué no calan tan profundamente las noticias e imágenes sobre víctimas de violencia de género, mientras sí que nos impregnan frases, chascarrillos y tópicos simplones con un claro objetivo de idiotizar. Quizá sea eso, que los mensajes que nos llegan están destinados más a silenciar nuestra mente que a estimularla y al no estar acostumbrados a pensar, a proyectar, a imaginar, a buscar... nos creemos que la irresponsabilidad, la venganza e incluso la muerte está en el portal de otros que no tienen que ver con nosotros, aunque compartamos el mismo lugar en el mundo.
Que unos críos vean normal controlar a su pareja es grave y consecuencia de una educación huérfana, bien porque su madre no le ha dado un pellizco para llamar su atención cuando no ha cedido el asiento a una persona mayor, bien porque las estúpidas disputas políticas no han llevado a los colegios una verdadera educación en valores.
Y esos críos son formidablemente inteligentes, capaces de conectarse a la NASA con un teléfono de cartón piedra, manejar redes sociales con una agilidad febril o incluso inventárselas. Escriben letras en sus teclados a la velocidad de la luz, pero no para decir te quiero sin condiciones.
Demuestran que se puede ser inteligente e ignorante al mismo tiempo y es esa falta la que nos debe dar miedo a padres, educadores y responsables de la administración, porque un mes sin comer pasta, una regañina en el colegio o campañas de sensibilización ineficaces nos lleva a situaciones en las que el simple hecho de amar está rodeado de espinas, cuando enamorarse a los 15 o a los 20 y ser correspondido es un feliz milagro y debería ser un derecho fundamental.
Bueno, como en esta ocasión, el tema era serio, me prometo a mí misma compartir en la próxima  mis pensamientos sobre Bárcenas o el pequeño Nicolás o cualquier otro personaje de la política o de ‘Gran hermano’.

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