Lo público y lo privado, por Javier Astasio

 
 
La derecha de este país tiene la conciencia de que todo lo público se despilfarra y lo privado tiende a la buena gestión y no me extraña que así sea, porque hay todo un pasado que les da la razón, más si miran en su entorno, porque muchas de las grandes fortunas que hoy tienen a sus vástagos en las filas del PP, el único partido visible d la derecha, tejieron sus fortunas con los hilos que iban soltando de lo público.
Quién no ha oído hablar alguna vez del dinero amasado por algunos en torno al hambre de los años posteriores a la guerra civil. Quién no ha oído hablar del estraperlo, de los abastos, del cemento de las obras públicas, de toso aquello que escaseaba o se hacía escasear para beneficio de unos pocos. Quién no conoce alguna historia de familias cuyas fortunas subían como la espuma, mientras el hambre y la enfermedad asolaban al resto de la población.
Quién no ha escuchado historias de enchufes en los ministerios, de hijos de papa que, ya desde muy pequeños, correteaban por el negociado de su padre, porque sabían que esos pasillos y esos despachos eran parte de las propiedades de la familia. Quién no sabe de lazos de sangre y alianzas familiares fraguadas entre esas paredes y de negocios, suministros o licencias de importación otorgadas a tíos, primos y cuñados.
Todo esto pasaba en tiempos de la dictadura, cuando atreverse a denunciarlo en algo más que un chiste de cafetería podía costar muy caro. Sólo al final de la vida del dictador, que para su mal había colocado al inútil de su yerno en el hospital al que le llevaron a mal morir, algunos periodistas se la jugaban hablando de matesas, redondelas y soficos en revistas que pasaban más semanas secuestradas que en los kioscos.
Llego la democracia, llegaron los sindicatos libres y, con el "enemigo" metido en casa, seguir con ese ritmo se hizo difícil y arriesgado, así que las grandes fortunas comenzaron a hacer sus negocios fuera de la Administración, aunque conservando dentro de los ministerios a la mayor parte de esos buenos amigos dispuestos a, de vez en cuando, proporcionar algún que otro pelotazo.
Y, hablando de pelotazos, llegó la especulación inmobiliaria, las recalificaciones, el ladrillo. Con buena información y algún que otro regalo a tiempo, el dinero siguió fluyendo como hasta entonces. Lo malo es que, con el cemento, llegaron los advenedizos, los nuevos ricos, sin clase, con los que había que compartir los partidos de golf y los negocios y lo que había sido un club cerrado, en el que la sangre y la casta eran tarjeta de visita, se llenaron de patanes de esos de fajo de billetes en el bolsillo. Y, por si fuera poco, lo del cemento se ha acabado y por mucho tiempo. Así que el dinero polvoriento y aspero del negocio del ladrullo ha buscado otros negocios y los ha encontrado.
Regresemos al presente. Desde hace un año y nunca como ahora, la derecha de este país, la de casta y la de los patanes, ha tenido tanto poder y tiene apenas dos o tres años para aprovecharlo, A eso es a lo que se están dedicando allá donde la candidez, irresponsabilidad o el consentimiento consciente de muchos, demasiados, ciudadanos les han dado la mayoría absoluta. Y están llenando con toda frialdad el saco del botín: hospitales, televisiones, trenes... todo vale si se le sacan unos cuartos o se lo sacan los amiguetes que luego sabrán ser generosos.
Y así ha sido con el silencio resignado de los ciudadanos, con el silencio de los corderos que, pese a que sospechan que les llevan al matadero, callan o a lo sumo balan lastimeramente. Este país ha pasado por mucho. Y de tanto pasar ha aprendido a callar, pero este país tiene un defecto que es virtud: se cabrea muy de vez en cuando, pero cuando se cabrea, se cabrea como nadie.
 
 
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