Lloraba que daba pena, por amor a Magdalena, por Juan Ignacio Cortiñas (@jicosa)

A Máximo Peña

El que viene a continuación es uno de los discos más honestos de toda la expresión salsera neoyorquina. Fue grabado por una banda muy peculiar llamada La Conspiración, que no llegó a brillar como otras con las que competía a pesar de que tenía un estilo que, 40 años después, sigue resultando fresco y aguerrido. Potente. Un conjunto que contaba, además, con una sonoridad indudablemente salsera a pesar de carecer de trombones: de marcar ese sonido de barrio se encargaban un par de trompetas arregladas de forma casi abrasiva. El álbum se llama Ernie's Conspiracy y fue publicado en 1972 por Vaya Records (filial de Fania), un sello que había sido creado el año anterior para albergar allí nuevas bandas y experimentaciones sonoras.
La Conspiración ya había publicado en 1971 un disco breve, con muchas limitaciones sonoras e interpretativas, aunque con un acento político muy marcado. Las influencias melódicas provenían de Willie Colón, que fue el productor de sus primeros álbumes y ayudó a Ernesto ernie Agosto, su líder, a pulir ese sabor a barrio-barrio que poseía la orquesta. Sin embargo, la temática marcaba una gran diferencia con esas típicas canciones que solo invitan a bailar: La Conspiración (su nombre ya nos da una idea de por dónde van los tiros) bebía de las influencias de los Young Lords, de la negritud y del reclamo de derechos a las minorías.

El del afro es Ernesto Agosto, el del bigote es Willie Colón,
el del chaleco yeyé es Harvey Averne, A&R de Vaya Records, y el último: Héctor Lavoe

Izzy Sanabria Archives

Y esta segunda producción no iba a ser diferente.
Entre 1971 y 1972 La Conspiración sufría una pequeña división: salían de la banda Marty Galagarza (que fundó La Conquistadora, una orquesta que pasó sin pena ni gloria por la escena neoyorquina), Gilberto Rodríguez y Papo Sierra. Reorganizada de nuevo, en esta grabación participaron Ernesto Agosto como primera trompeta (la que suena en el canal izquierdo), George Gentile en la segunda trompeta, Nelson Sánchez en el piano, Benito Gómez en los timbales, Israel sabú Martínez (no confundir con Louis) en los bongós, Willie Cintron dándolo todo en el bajo, Gene Golden en las congas, Miguelito Quintana como solista y Adalberto Santiago, Justo Betancourt y Willie Colón en los coros.
Aunque menos político que la producción anterior, Ernie's Conspiracy reúne algunas características que lo hacen imprescindible. La primera de ellas es la temática: sin olvidar en ningún momento que un disco solo es exitoso si pone a la gente a bailar, la calle está muy presente. Y la calle para un nuyorican no es que sea precisamente un campo de flores: se habla de Vietnam, de adicciones, de desamores y celos, del orgullo ante la opresión del gueto. Otra característica es la apuesta sonora, ajena en lo posible a cualquier sofisticación. Y luego está esa visión romántica y bucólica de lo rural, de ese campo que fue dejado atrás cuando migraron a la ciudad. Sin olvidar, por supuesto, el acento a espanglish de la grabación. Si se fijan bien, hay errores de sintaxis y concordancia cuando se expresan en español: la influencia del inglés es imposible de esquivar y ellos, en el disco, no hacen más que plasmar la realidad que viven.
Así hablaban.

El álbum arranca con Magdalena, un viejo tema popularizado por el gran Beny Moré en 1952 y reinterpretado en tantas ocasiones que la cuenta podría perderse de vista. Esta versión, sin embargo, corre con suerte pues supera con creces a casi todas sus antecesoras: tiene un tempo más lento, pasajes con fuerte aroma brasileño y una propuesta con mucho arraigo salsero. Quintana aquí se lanza un soneo maravilloso y el montuno demuestra la favorable evolución artística de la banda, más compacta, mejor orquestada. Con kilometraje:

Llorar como lloré
nadie debe llorar
amar como yo amé 
nadie debe amar

Lloraba que daba pena
por amor a Magdalena
Y ella me abandonó disminuyendo
en mi jardín una linda flor

Magdalena, sin ti me muero, nena

Es una canción que merece estar entre las mejores grabaciones de la expresión.
Otro tema también cantado previamente por Beny Moré viene a continuación, La culebra, un son montuno rural, un clásico cubano, con un más que aceptable solo de Nelson Sánchez en el que deja entrever esas influencias palmierianas que tenían casi todos los pianistas veinteañeros de la ciudad.
A partir de aquí, el resto de los temas del álbum fueron compuestos por Agosto y Sánchez y melódicamente son muy buenos. Se acaba el mundo es una peculiar y variopinta crítica a la guerra de Vietnam, la infancia abandonada y esa sensación de fin de la historia que parece surgir cada cierto tiempo en la civilización occidental. Más adelante está El negrito, con ese sincretismo que acoge sin problemas a la santería, los nunca bien ponderados antecedentes africanos más esa ruralidad antes descrita que bien puede servir como telón de fondo.
Y es entonces cuando suena la canción más importante de todo el álbum, un soberbio guaguancó llamado S.E.R.A. con una progresión melódica muy atrayente y un arreglo que permite al piano subir y bajar en la escala musical con mucha suavidad. Vamos, un hitazo:

Llegó lo que tú esperabas
llegó lo que tú querías
Tú vivirás en la verdad
olvidando fantasías
tú vivirás en la verdad
olvidando fantasías

Eres payaso en el papel 
del teatro de la vida
Llegó la oportunidad
sal de esa monotonía

Tú vida la llevas en cuadros
te pasas de esquina a esquina
Le llevas el radio a José
para vendérselo a Josefina

Tu gran manipulación
te controlada la avenida
Y en eso llegó Frank García
y te ha salvado la vida

¿Será positivo, será negativo?
Yo no sé lo que es S.E.R.A.

Miguelito Quintana                       (Martin Cohen)

S.E.R.A. son las siglas del Services for Education & Rehabilitation in Addiction, una organización no gubernamental fundada por Frank García en 1969 para echarle una mano al creciente número de adictos a la heroína en Nueva York, víctimas de excesos de los 60 y los estragos de Vietnam. De esos enganchados, un alto porcentaje eran puertorriqueños. No olviden que para esas fechas había una segregación importante en la ciudad y el simple hecho de ser boricua significaba un portazo en la cara y quedarte sin atención médica. No olviden, además, que un adicto era tratado como un criminal y no como un enfermo; que las condiciones del gueto favorecían el enganche a la manteca y eran pocas las salidas para esas personas en problemas. Y no hablamos aquí de los consumidores recreativos de drogas, sino de aquellos colgados a la picada diaria y al robo menudo para poder generar más dosis de esa miseria.
La importancia de la canción, a pesar de su letra tan elemental, reside justamente en eso: en dar apoyo y publicidad a esta iniciativa pionera, que demostraba que la única forma que tenían los boricuas de recibir ayuda era proporcionándola ellos mismos. Ante la pregunta que plantea el coro durante el montuno, aquí la respuesta: sí, la idea fue y sigue siendo positiva. El S.E.R.A. pasó a llamarse Promesa en 1977 y hoy en día forma parte del Acacia Network, una de las organizaciones de ayuda más importantes para los latinos (y no latinos) de Nueva York.
Sangre son colorá es un son montuno que denuncia, a su manera, el racismo y la sensación permanente que tenían los boricuas de ser ciudadanos de segunda, con quejas como a tu servicio estaba sin tener poder, no pude ni hablar, de milagro que me dejan votar. Te pedimos déjanos en paz. La sangre se entiende como el verdadero vínculo de las personas. Gracias a ella todos somos iguales.
Fracaso es la historia -algo mediocre- de la muerte de un ser querido, aunque la letra, que habla de autoridades que cuidan a enfermos, puede prestarse a confusiones. Y como cierre del disco una guaracha, titulada Es tu vida, con ciertas directrices de superación personal, sin caer esas tonterías de la autoayuda. Una especie de búscate la vida que aquí nadie lo va a hacer por ti.  

Ernie's Conspiracy fue la mejor producción de La Conspiración, y es una grabación que recomiendo ampliamente. Con el tiempo la orquesta volvería a sufrir nuevas divisiones y un cambio de rumbo hacia sonidos más típicos, y esto hizo diluir ese sello contestatario que la caracterizaba hasta convertirse en una banda más del montón. Su historia podría ser el arquetipo de casi todas las orquestas de salsa neoyorquinas, que tuvieron un buen comienzo pero luego no supieron crecer y amoldarse a las cada vez mayores exigencias de los bailadores. Una pena, de verdad, porque en su momento ofreció una de las propuestas más nítidas y potentes del sonido boricua de Nueva York.

Aclaremos las confusiones: en el Libro de la Salsa, César Miguel Rondón habla maravillas de esta orquesta y, sobre todo, del sonero Miguelito Quintana. Miguelito no solo era bastante mayor que el resto de integrantes de la orquesta -el apodo no es más que una divertida ironía-, sino que tenía un estilo bastante parecido al de Miguelito Cuní. Y por eso Rondón lo dio por cubano. Un cubano, además, que no venía con fama desde Cuba. De hecho, cuando comenzó a grabar con La Conspiración la gente del medio lo miró con suspicacia, porque, a los efectos de Nueva York, cantante cubano que no trajera fama de Cuba, pues no traía nada, escribió César Miguel. El detalle es que Miguelito no era cubano de Cuba, sino que había nacido en Tampa, Florida, hacia 1930 y era hijo -o nieto- de isleños que habían migrado a la región para trabajar en las enormes factorías de enrollado de tabaco que habían sido fundadas a finales del siglo XIX por el español Vicente Martínez Ybor.

Era obvio que no podía traer fama de Cuba porque nunca había cantado allí. Quintana comenzó a sonear en los años 60 (ya con unos 35 años de edad) e incluso aportó su voz en un disco que hizo el boricua Cándido Antomattei con la orquesta de Arsenio Rodríguez a finales de esa década. Y fue justo después que conoció a Ernesto Agosto.
Miguelito dejó La Conspiración hacia 1978 y se incorporó al conjunto Son de la Loma, con el que cantó durante muchos años éxitos del cancionero típico cubano. Fue estrella del sello SAR -aunque grabó poco con ellos- y sus últimos trabajos los hizo con Los soneros de Oriente, con quienes cantó hasta que un derrame cerebral lo postró en cama en 2003. Su muerte se produjo al año siguiente. En realidad, antes que sonero, Miguelito era cartero y se procuró el sustento -como canta en la última canción de Ernie's Conspiracy- confiando solo en su trabajo.
Es tu vida y tú tienes que vivirla, bongó.
Miguelito Quintana y La Conspiración, 
en una reunión que hicieron en Puerto Rico a comienzos de los años 90.

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