Llegó el demonio, por Fernando Blázquez (@ferblazrom)

Ayer se puso sobre la mesa -¡por fin!- el debate sobre el contrato único en España. No hemos sido nosotros mismos, sino el comisario europeo de Empleo, László Ándor, pero bien está. No son pocas, sin embargo, las voces que han salido ya lanzando improperios sobre el tema. El único inconveniente es que se está confundiendo la esencia del contrato único -igualar a todos los trabajadores- con los adornos que podemos ponerle -por ejemplo, entre otras, las indemnizaciones por despido-.

Alguna proyecto de líder de opinión se despachaba esta mañana afirmando que sería añadir una nueva modalidad llamada única, porque el indefinido y el temporal que ya existen -obviando que hay, ojito, ¡33! tipos de contrato vigentes ahora mismo en España, y no dos- no pueden modificarse y que iguala por abajo. ¿En qué ley está escrito que no puedan modificarse? ¿Dónde pone que no es posible que todos los contratos de este país pasen a ser ‘únicos’ -o indefinidos- por decreto? ¿Por qué esto iguala ‘por abajo’?

Supongamos un contrato único con cien días de indemnización por año trabajado y un chalet en La Manga de regalo para el niño y la niña. ¿Eso es igualar por abajo?

Tonterías aparte, el verdadero problema del sistema laboral español es la dualidad. Que hay trabajadores, los insiders, que están dentro del sistema -tienen un puesto indefinido, están protegidos por los sindicatos y cubiertos por otro tipo de beneficios laborales-, y los outsiders -nosotros, los jóvenes, que con suerte encadenamos un contrato de mierda precario detrás de otro-. Desde que la crisis estalló sólo un 3% de los insiders han perdido su empleo. En el caso de los outsiders el porcentaje es del 31% (si nos fijamos sólo en la franja de los jóvenes esta cifra asciende hasta el 62%).

Sustituyamos esto por una única modalidad de contrato. A mismo contrato, igualdad de derechos y obligaciones. La base la tenemos. A partir de ahí construyamos el modelo que queramos. ¿Con 20 días por año trabajado? Pues 20 días. ¿Con quinientos? Pues quinientos. Es como el lío de la denominación del matrimonio homosexual: “es que es distinto y hay que llamarlo de forma distinta”. No. La base -la unión de dos personas- es la misma. Luego ya lo pintamos de colores, si queréis. Pues lo mismo aquí: la base -un trabajo indefinido- es la misma. Luego ya veremos cómo hacemos para que las indemnizaciones sean mayores cuanto más tiempo trabajado se tenga.

Si somos neoliberales a rabiar querremos que ese contrato lleve consigo el despido libre y gratuito. Si somos socialistas hasta la médula gritaremos en la calle para que nos deje una indemnización de por vida. Extremos aparte, algún término medio seguro que existe. Podemos, tal vez, copiar el modelo de ‘mochila austriaca’, en la que empresa y empleado van aportando cantidades para cuando llegue, si es que llega, el momento del despido. Y si nunca llega, nos lo llevamos con la pensión.

Por aquí los chicos de Politikon lo explican bastante mejor que yo.

Y, por si acaso, la voz en contra en Economistas frente a la crisis. Que no se diga.

La ignorancia me da muchísima rabia. Pero cuando, encima, tiene altavoz y hay gente que le otorga autoridad, a uno solamente le quedan ganas de llorar.

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