Leonarda y Malala, por Javier Astasio

 
 

Andaba ayer distraído con mis cosas y, como casi siempre, con la radio puesta, cuando escuché que el presidente francés, el que fuera la gran esperanza de los europeos del sur frente a Merkel, se iba a pronunciar sobre la truculenta y cruel expulsión de la niña gitana Leonarda, "capturada" por la policía mientras viajaba en autobús con sus compañeros de clase, camino de una excursión. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que los casos de Leonarda y Malala, la niña pakistaní que recibió un disparo en la cabeza por haberse significado en la rebeldía contra los deseos de los talibán que quieren a las mujeres como meros animales reproductores y generadores de placer, acudiendo a clase cada día contraviniendo las consignas de los fanáticos.

Me di cuenta de que el escenario de uno y otro crimen, porque la detención de Leonarda, fue un crimen" con todas las de la ley, había sido el mismo: un autobús escolar repleto de niños. Caí en ese detalle y comencé a pensar en que no era lo único que unía ambas historias, porque en ambos casos lo que, si no se pretendía, sí se conseguía era impedir que ambas niñas prosiguiesen sus estudios. Es una lástima que los policías que se llevaron a la niña a la fuerza del autobús no grabasen las imágenes de su heroica acción, Estoy seguro de que, tras su oportuno filtrado, hubiesen triunfado en la red, con el aplaudo de más de uno.

Leonarda y Malala son víctimas de la misma intransigencia, la que no entiende o, por el contrario, entiende muy bien que la educación es un instrumento de la libertad y la igualdad a la que tenemos derecho todos los seres humanos. Amas son también víctimas del fanatismo. Malala es víctima del fanatismo religioso, de la sumisión a un inventado y cruel dios que da la razón a quienes sólo aspiran a colocarse encima de los demás, y Leonarda lo es de otros, y no menos, fanáticos, en esta ocasión de ese dios terrible que impone a los políticos la doctrina de ganar el poder y mantenerlo a toda costa, aunque para ello hayan de subir los principios al desván y encerrarlos con siete llaves, alimentando al monstruo del miedo y el odio al diferente, chivo expiatorio perfecto para quienes no quieren asumir sus propias responsabilidades.

Seguro que el ministro del Interior francés, el socialista Manuel Vals, tiene claro que en una situación como ésta, en la que la ultra derecha crece electoralmente en Francia, resulta más fácil acosar a los extranjeros, especialmente si son gitanos, que explicar las causas del paro, los recortes, la subida de la cesta de la compra o la delincuencia. Y ya se sabe cómo se comporta el perro cuando se le suelta la correa, y que me perdonen los policías que no se comportan como tales, tiende a ladrar y a morder ciegamente.

Por eso, las explicaciones dadas ayer por Hollande y su "generosidad" al autorizar el regreso a Francia de Leonarda y sólo Leonarda, no ha sido más que un parche horrendo a sumar a una tan poco estética metedura de pata como la de su ministro. La respuesta de Leonarda, la sociedad que aún cree en lo valores de la República y una parte importante de su propio partido, no se ha hecho esperar: o todos o ninguno. Lo siento, señores Hollande y Vals, pero habéis perdido el norte y vais dando tumbos golpeándoos contra la realidad. Habéis renunciado al GPS de los principios para acortar el camino y estáis dando vueltas en la rotonda de la realidad que no siempre es la que os cuentan los asesores o los medios.

A riesgo de repetirme como un abuelo Cebolleta, insisto: cuando alguien, también un político, obra de acuerdo a sus principios, o los de su partido, puede ganar o perder elecciones, pero difícilmente se equivocará. Por eso, por dar de lado a los principios, Hollande y Vals han hecho de Leonarda una nueva Malala, mientras ellos han quedado a la altura de los talibán. Lo mismo les ha ocurrido a los socialistas de aquí, perdidos en la rotonda de la crisis, sin que nadie se atreva a coger el volante, mientras muchos de sus votantes se limitan a contemplar cómo se estrella.

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