Leia y el resto de las princesas, por Gabriel Merino

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Para mi calendario cinéfilo hay dos años importantes que marcan importantes puntos de inflexión en el cine: 1938 y 1977. En 1938, la irrupción del color generalizado coincidía con la producción o estreno de joyas como Qué verde era mi valle, Ciudadano Kane, Mujercitas, Jezabel, El Mago de Oz, La  Diligencia o Lo que el viento se llevó. En 1977, por el contrario, se asistía al fin de la era dorada de las películas de catástrofes mientras se estrenaban Annie Hall, La Chica del Adios o Encuentros en la Tercera Fase. Pero si por algo creo que ambos años marcan puntos de inflexión en el cine es porque 1938 fue el año del estreno de Blancanieves y los Siete Enanitos y 1977 el de La Guerra de las Galaxias, dos películas que cambiaron la forma, el estilo, la edad  y el talante de ir al cine no sólo de una generación, sino de todo aquel que alguna vez ha asistido a ver una película.

 

Disney acaba de comprar LucasFilms: para muchos fans de la serie Star Wars un sacrilegio. Pero pocos cineastas como Disney o Lucas –dos innovadores contracorrentistas en lo suyo-han sabido rentabilizar y sacar todo el partido al cine como elemento de entretenimiento. Efectivamente, hay maestros como Hawks, Wilder, Selznick, Berkeley, Ford, Welles o tantos otros no estrictamente norteamericanos  que han sabido manejar el lenguaje del cine en profundidad para transmitir mensajes de ideología o estéticos mucho más sesudos que el padre de Mickey Mouse o el de Indiana Jones. Quizá en el término medio de cine para todos los públicos espectacular podamos situar a Steven Speilberg, un profundo conocedor del lenguaje cinematográfico que ha  conseguido películas tan variopintas como ET, Tiburón, la Lista de Schindler o El Color Púrpura que pueden ser más o menos odiadas pero que han sido taquillazos e indudablemente denotan un profundo conocimiento del lenguaje del septimo arte.  El propio Spielberg y el cine actual –industria de consumo al fin y al cabo- beben o han convivido con esas dos fuentes que en 1938 y 1977 reinventaron y dinamizaron un sector artístico que necesita reinventarse cada cierto tiempo.

 

Hay que señalar que Disney, además de atreverse a movilizar en solitario durante décadas un sector de espectadores por el que ahora se pelean las majors –el infantil- ha sido el impulsor, por ejemplo, de Hollywood Pictures, de Miramax o de Pixar. De Disney han salido películas como Kids, Shakespeare in Love o Tron:  ha revitalizado el género musical de Broadway que agonizaba desde los años 70. Ha producido, por ejemplo, la saga Scream, el Kill Bill de Tarantino, Poderosa Afrodita de Woody Allen o la cubana Fresa y Chocolate. Dío el testigo a Lasseter para que con Toy Story iniciara una nueva era en la animación 3D, haciendo que el público adulto pudiera ir a ver “películas de dibujos” sin complejos y sin necesidad de llevar a los niños. Fue uno –hablo tanto del tío Walt como de la empresa que heredó su nombre- de los primeros en saber sacar réditos a las difíciles relaciones entre el cine y la tele, tanto en los 50 como en los 90.

 

Si Leia llega a Disney no se va a encontrar sólo con Rapunzel, Cenicienta y Pocahontas. Y si pensamos en malvados, si los descendientes de Darth Vader y Darth Maul necesitan un estudio que haya  inventado villanos realmente sádicos, sólo les recomiendo –y son en 2D- a Cruella de Vil, Lady Tremaine, Yzma o Jafar, por poner unos pocos ejemplos. Disney ha sido capaz de convertir cuentos imposibles –la Alicia de Carroll, la Mary Poppins de Travers, el Pinocho de Collodi, el Mowgli de Kiping o el Peter Pan de Barrie- en clásicos para varias generaciones. Aunque los haya adulterado: muchos no habrían llegado a leer nunca esos excelentes clásicos si no hubiera sido por la arqueología en el cuento popular que ha hecho Disney.

 

Vamos, que Jar Jar Binks o los ewoks son merchandising de segunda del McDonalds comparado con lo que el comprador de Lucas Films puede imaginar como secundarios –los tiene gloriosos-, mucho menos odiosos, pese a que los fans de la saga hayan llegado también a adorarlos. Yo creo que si eran necesarias las tres últimas películas de la serie –los famosos episodios 7,8 y 9-, que aún lo dudo, si hay alguien capaz de pillarles el truco y continuidad es quien ha comprado la herencia de Lucas. Como a Indiana Jones, si Harrison Ford se aviene a quintos o más episodios.

 

En lo que respecta a entretenimiento, Luke Skywalker y Darth Vader hace tiempo que eran ya carne de Disneylandia. Para quien se toma el cine como un entretenimiento sin pretensiones ideológicas pero realizado por profesionales que saben cómo moverte en el asiento, a mi, la verdad –perdónenme una vez más los puristas- me parece su sitio.

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