Las ratas, el barco, el naufragio y los restos, por Gabriel Merino

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Tempestad larga. Pero ahora se ve que las ratas no habían abandonado el barco. Es más: mientras los pasajeros temían por su vida y por la integridad física del barco, las ratas entraron en los comedores, las cajas fuertes, las bodegas, los armarios, las armerías y las despensas y las vaciaron, conscientes de que al final no había que dejar restos.

En una bolsa que hace un año estaba en 12.000 puntos y ahora no alcanza los 7.000, hay sicavs que han hecho su mejor agosto. Las sicavs son esas empresas donde se mete pasta a espuertas por la que se tributa muy poco y a cuyos dueños se les va a dar amnistía fiscal con la vaga esperanza de que hagan aflorar sus negocios en negro, mientras el gobierno extermina –a gritos, en silencio, por delante, por detrás, con nocturnidad y alevosía, o luz y taquígrafos- a la sanidad, la educación, las pensiones o las ayudas a la dependencia públicas por poner cuatro punteros ejemplos del estado del bienestar, que venían a cargarse deliberadamente y desde el principio.

Las ratas dijeron al capitán que metiera miedo a la tripulación y al pasaje: que esto se hunde, que hay que soltar peso, que no hay recursos para salvarnos todos, como en el Titanic. Y mientras el pasaje busca salidas, las ratas, sistemáticas, abrían vías de agua aparentes mientras tapan y esconden los verdaderos agujeros peligrosos que abrieron ellos en el casco: uno que hizo una ciudad de vacaciones y un aeropuerto ruinosos ahora quiere complementar su magna obra llevando allí una ciudad del juego sin ley. La condesa, el bancario y el presidente se las arreglan juntitos para que no se investigue cómo se volatilizaron esos veintitrés mil kilos que no quiere devolver ese otro bancario, nacionalizado de momento hasta que un día haya que comprar las acciones que hemos pagado todos, que será por el  precio simbólico de un euro o así.  Y otro, que tenía cuentas opacas en Suiza y consiguió librarse del juicio por el morro recibe al rey de los elefantes en bermudas rojas en Brasil diciendo que, si van a dar al final dinero directo de Europa a los bancos, que no sean 5.000 ni 7.000 ni 15.000 ni los 23.000 millones que se suponían perdidos sino que, ya puestos, para redondear, que sean 40.000. Tan pancho.

Ese de las bermudas es dueño de uno de los bancos que no prestaba a las pymes y autónomos ahogados ni para atrás. “En fin, ¡como ya están más ahogados que el Di Caprio!”, pensaría, “pues la pasta que me la den a mí, que ya sabré como administrarla… otra vez”.

Previniéndonos contra el incendio, nos han talado el bosque y no te creas que para guardar la madera sino para encender las chimeneas de sus camarotes de lujo. Eso si: se quejan de que el pasaje de tercera se indigne de no tener con qué encender sus estufas de leña. Las ratas.

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