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LAS OTRAS OTRAS, por Javier Astasio

 
Reconozco que, éste de la prostitución, es un asunto difícil de abordar, que sobrevive al margen del debate, al que se asoma sólo cuando "molesta" o sorprende a la hipócrita sociedad en la que lleva siglos silenciado. Reconozco también que, después de haber trabajado la mitad de mi vida adulta espalda contra espalda junto a prostitutas, yo en el lado soleado de la Gran Vía madrileña, ellas en las oscuras calles que Esperanza Aguirre quiso convertir en barrio chic, después de haber propiciado su deterioro abandonando a su suerte a los vecinos en los peores momentos de la heroína, esos en los que putas y yonquis, camellos y chulos, se confundían.
Por eso, por todas esas postales horrendas, escalofriantes, que llevo impresas en mi memoria, me rebelo ante el manido argumento de que hay mujeres que ejercen la prostitución por propia voluntad. No puedo creerlo. No puedo creer que alguna mujer acceda a tener sexo con esos hombres sucios, mal encarados y borrachos que las asedian en su esquina mirándolas como se mira al ganado que se va a llevar al matadero o se va a reventar en una cabalgada, gente sin escrúpulos un tanto suicida que es capaz de pasear sus enfermedades a sabiendas y se arriesga y arriesga la propia salud y la de otros, dejando en el cuerpo que ha comprado y quiere disfrutar sin condón la semilla de sus males.
Ninguna mujer se somete así a hombres como esos por propia voluntad, ninguna, aunque no dependa de un chulo. No lo hace porque, si no es el chulo el que la somete, es la necesidad quien lo hace. Es cierto que, al principio, cuando se coquetea con el alterne, cuando el cuerpo es joven, cuando no se sienten las heridas o cicatrizan pronto, no se piensa en el frío de las calles, en las horas de espera en una esquina hasta que uno, dos o los "clientes" que sean, dejen en su bolso los euros precisos para pagar la comida, el colegio de los niños o  la paz con el macarra que la explota. Ninguna mujer es del todo libre cuando tiene que tratar en la sucia cama de una pensión, en un callejón o en un portal, con la frustración y el desprecio de esos hombres dispuestos a hacer con ellas lo que no se atreven a pedir a sus parejas. Que pequen con otras dirá el confesor cuando la beata que sospecha del marido putero cuando ésta acuda a entretenerle la jornada en su garita.
Hipocresía en estado puro, consentimiento de la explotación de unas mujeres, las más desfavorecidas, para que otras recen y comulguen diariamente. Pero esa hipocresía no es exclusiva de la religión, ni siquiera de la católica. Hipocresía que nace de la concepción de la mujer como objeto, como algo con lo que se puede comerciar. Tanto, que ni se plantean por qué se asoman a las carreteras y a las calles de polígonos abandonados, por qué viven hacinadas en moteles de carreteras enrejados, verdaderos picaderos a los que acuden, solos o en cuadrilla, decenas de hombres frustrados o envalentonados para mitigar la angustia que no saben que les acosa.
España, plagada de mujeres esclavizadas, obligadas a dejarse manosear y penetrar por estos tipos, es el paraíso de la prostitución, porque es tan alegal como evidente. En esas calles de las que os hablaba he visto pasar todos los escalones de las crisis que hemos pasado. He visto madres que pagan así el colegio o el internado de sus hijos, he visto heroinómanas, he visto enfermas, he visto africanas, eslavas, sudamericanas, africanas, asiáticas o gitanas, he visto andaluzas, asturianas, gallegas, valencianas, madrileñas o catalanas, todas ofreciéndose provocadoras o temerosas y cansadas, todas con un velo de tristeza en la mirada, dispuestas a engañar a sus "clientes", para cerrar el kiosco cuanto antes.
Nada que ver con la prostituta mitificada en novelas, poemas o canciones. Mujeres cansadas y tristes que, cuando se decidieron a tomar ese camino no podían imaginar lo larga y lo dura que puede llegar a ser una vida. Quizá por eso me indigna la hipocresía sobre hipocresía que supone haber legalizado, no un sindicato, sino ese sindicato, OTRAS, tras el que se esconde, dicen, la patronal de los amos de los prostíbulos, un sindicato en el que nunca van a admitir a la puta callejera o de polígono, a la que acaba de llegar de Nigeria o Rumanía, porque esas, sin controles sanitarios, sin horas de descanso, sin vacaciones, sin jubilación, sin vida, esas nada tienen que ver con las "presentables" promotoras del sindicato, esas son otras.
 
 
 

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