Las dos Españas

Nunca se me dio del todo bien calcular la edad, pero ninguno de los tres protagonistas de esta historia cumple ya las sesenta primaveras. Muchos años y mucha experiencia. Arrugas en la cara y rudas manos que intuyen trabajos de los que curten o curtían, que ahora ya se estilan otras cosas para forjarse a hierro.

Los tres repartían el pasado sábado en una concurrida calle de Madrid un pequeño panfleto de movilización de cara a la huelga del día 29. Sin hablar, sin gestos, con mecánica ensayada lo dejaban caer entre las manos del viandante detrás de un pequeño tenderete engalanado con la bandera del PCE.

He de reconocer que me sorprendió la situación y que, ya con el papel en la mano, y dejando a un lado mis deberes de padre pude tener un cuarto de hora con cierta tranquilidad para observar a aquellos tres hombres, con el fin de hacerme una idea de cómo reaccionaba la gente con el panfleto en la mano. Y lo hice. No sé muy bien si para algo más que para juntar estas letras acerca de una experiencia personal, pero la verdad es que lo vi y escuche me sorprendió. Fue desagradable.

Muchos, muchos de los ciudadanos a los que se les daba la propaganda aprovechaban la papelera más cercana, ya llena, para depositar con sumo cuidado el papel. Tanto es así que rápidamente uno de los tres sindicalistas cambió su ubicación detrás del tenderete con la bandera del PCE a custodiar sin disimulo la papelera rebosante de papeles blancos. Primer objetivo cumplido. Los otros dos no tardaron en encontrar cómplices en su tarea y poco a poco su labor de repartidores se diluía entre conversación  con los pocos, muy pocos, que mostraban interés en la propaganda. Y es ahí donde radica una de mis decepciones, ya que en sus conversaciones no estaba ni de lejos la crítica a la Reforma Laboral o a la situación de desempleo de muchos de los que, a buen seguro, les otorgaron la propaganda. Su discurso tachaba al PP como al enemigo. Una muestra de las dos Españas que he estudiado y vivido, pero que estaba ahora muy cerca de mí. Apenas cinco metros, los dos sindicalistas hablaban del PP como supongo que en el 36 hablarían los republicanos de los nacionales y viceversa. El discurso era plano. Era insostenible en pleno siglo XXI y cargado de demagogia del siglo XX.

No me atreví a intervenir. Ni lo pensé. No me gusta discutir de política y menos con desconocidos y menos con gente que alberga un discurso mamado en años de una guerra inexistente que ha latido con más fuerza en este país que la que estudié en los libros de Historia. Cuando me hacía cruces de lo que escuchaba, apareció en escena un señor también curtido en sus batallas y años, que de forma algo brusca, rechazó el papelito. “Os lo metéis por dónde os quepa”. Fue seco. Valiente, no. Provocador. Rápidamente la conversación giró de tono. Y se escuchó; “Facha de mierda”. Era el más joven, por decir algo, de los tres que abandonó la custodia de la papelera para enfrentarse a la guerra dialéctica, sin descartar algo más.  La sangre no llegó al río, porque la acompañante del ‘provocador’ terció en un “a lo vuestro” con más fuerza que un pitido de Iturralde en el Bernabéu.

Los tres sindicalistas optaron entonces por aquello de que la unión hace la fuerza y gritaron por vez primera su mensaje para hacer ruido y supongo que tratar de dañar la moral de aquel hombre, que abandonaba la escena agarrado del brazo de su mujer y con cierto aire provocador.

A mí, que ya me reclamaba mi mujer para seguir el paseo familiar, lo único que me quedó fue acercarme a la papelera, ya no custodiada, y tirar el panfleto del 29-M y no por solidarizarme con el provocador sino porque entendí que la huelga no es por el trabajo o para los trabajadores sino para seguir agrandando un enfrentamiento político en un país de dualidades en el que, pasarán los años, y seguiremos haciéndonos las pajas mentales del pasado sin darse cuenta de que los problemas ya superan las dos Españas y que dentro de poco no se separarán aquí entre gente de derechas o de izquierdas, sino entre parados y trabajadores. Y ahí a lo mejor olvidamos el pasado.

Deja un comentario

Su dirección de email no será pública.


*