Las cuentas y la vida, por Javier Astasio


Fue ayer mismo, cuando en la Plaza de San Juan de Dios de Cádiz, en la misma que acaba de reformar, creo que innecesariamente, la alcaldesa popular, Teofila Martínez, para los fastos que conmemoraron la proclamación de esa constitución que hace dos siglos puso en negro sobre blanco el derecho de los seres humanos a ser felices.
 
El sol se asomaba tímidamente después de varios días de bendita lluvia y decidí celebrar una cosa y otra, el sol y la lluvia, tomando una cerveza sentado en una terraza, dejándome acariciar por el primero. Y fue entonces, cuando una hermosa anciana que debía haber sido bellísima, digna, pero desigualmente vestida, limpia, educada y con un sobrio pero elegante pañuelo al cuello, me pidió permiso para sentarse a mi mesa. Naturalmente se lo di y, entonces, con voz muy queda y sin lamentarse me pidió unas monedas para poder comer, unas monedas que, naturalmente, le di.
 
Probablemente, la anciana era conocida en esa plaza que ha mudado el pavimento como quien se cambia de vestido, pero, para los no habituales, esa mujer podía haber sido mi madre, mi tía o la de cualquier otro "guiri" sentado al primer sol de esta semana santa gaditana, mientras aguardaba que el pusieran un café o lo que sea que tomen ancianas tan bellas a las dos de la tarde, mientras charlan de sus cosas con la familia.
 
Una vez más, lo que me conmovió fue la dignidad y la naturalidad con la que las gentes de aquí piden esa ayuda que sin duda necesitan. Esa mujer era, insisto, guapa, elegante y sobre todo muy digna. Muy digna y muy dulce, pero, probablemente, en otra ciudad más dura, como Madrid, porque Madrid es una ciudad muy dura, se vería obligada a buscar comida en los contenedores de las basuras; claro que, en Madrid, con una alcaldesa tan dura como la ciudad que gobierna, eso le hubiese costado 750 euros de multa.
 
La verdad es que el encuentro con "la abuela" no me resultó desagradable. Todo lo contrario, me alegró llevar las monedas suficientes como para asegurarle un plato de comida y, al rato, como hacemos los que no pasamos por esos trances, lo olvidé. Pero, esta mañana, cuando he escuchado la tragedia del jubilado  que se quitó ayer la vida en la Plaza Sintagma de Atenas, dejando en su
 
bolsillo una nota con este amargo reproche “Soy jubilado. No puedo vivir en estas condiciones. Me niego a buscar comida en la basura. Por eso he decidido poner fin a mi vida”, me he acordado de la anciana de la Plaza de San Juan de Dios de Cádiz y de tantos y tantos ancianos que malviven acumulando deudas y obligados a buscarse la vida, después de haberla dado tantas veces por nosotros.
 
Lo de ayer en Atenas es duro y preocupante. Pero sólo es la punta del iceberg que se esconde en tantas decenas de suicidios, tanto dolor y tantas enfermedades mentales que de manera callada, sin la dignidad del jubilado griego, están minando la tranquilidad de nuestros ancianos en los últimos años que les quedan.
 
Nos ha dicho Rajoy que los presupuestos son desagradables, pero más desagradable es que un gobierno que se dice de todos los españoles, haga sus cuentas al margen de quienes luego tienen que mendigar, rebuscar en las basuras o, si tienen la lucidez para ello, suicidarse.
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