Las cosas del querer, por Javier Astasio

 
 
Decir que las cosas son como son, pero que cada uno las percibe como las percibe puede parecer una perogrullada, pero, por suerte o por desgracia, se aproxima a bastante a la realidad. Y los catalanes, con razón en muchos casos, se sienten víctimas del resto de España, no sólo en lo económico, sino, especialmente en el aspecto más sentimental de las relaciones.
Los catalanes creen que no se les quiere fuera de sus fronteras y yo, que les quiero, os aseguro que, al menos en lo que respecta a mis paisanos, los madrileños, tienen gran parte de razón, porque, en Madrid, reconozcámoslo, no se les quiere.
No sé en qué momento se jodió la cosa, que diría Mario Vargas Llosa, pero lo cierto es que se jodió.
Quizá todo viene de aquellos momentos en que Barcelona, en particular y Cataluña en general, por razones geográficas, por su puerto, por su cercanía a Europa y por méritos propios se convirtieron en una de las regiones más pujantes de Europa que, a su vez, atrajo población de toda España para trabajar en sus fábricas y que, con el tiempo, se ha integrado plenamente en la sociedad catalana. Tanto que, si preguntásemos, uno por uno, al millón y medio de manifestantes que el pasado día once abarrotaron las calles y plazas de Barcelona, nos sorprendería la diversidad de acentos que escucharíamos.
He pasado muchos veranos en Cataluña y siempre me he sentido como en casa. Como en una casa cuidada y orgullosa de sí misma, hospitalaria y generosa. Probablemente sólo haya sido, otra vez, una sensación, pero es la mía. El idioma nunca ha sido para mí una barrera, nunca lo he hablado, ni siquiera en la intimidad, aunque gasto bigote, pero lo entiendo y, aunque no es difícil hacerlo, basta una petición cortés, para que cualquier conversación se abra al español que compartimos todos.
Lo peor de todo esto es que, en parte por razones perfectamente objetivables, los catalanes se sienten mal queridos, al menos en Madrid. Y tienen razones para ello. No hay que olvidar aquella insidiosa y estúpida campaña desatada por la derecha más montaraz y sus palmeros de la prensa más rancia, para dejar de consumir productos catalanes -fundamentalmente fuet, embutidos y cava- en una especie de "para que se joda el sargento, no como rancho".
Es cierto, en Madrid no les quieren. Y lo peor es que es un sentimiento cultivado por quienes más deberían haber hecho por la concordia entre una y otra sociedad. Han sembrado esa cizaña a la búsqueda de réditos electorales, más allá de la inteligencia y la prudencia. Han extendido especies sobre el maltrato que sufren los madrileños en Barcelona y ya hay quien suscribe tales infundios sin haber estado nunca allí. Han dicho que Cataluña tienen más que nadie, que se queda con lo mejor de lo mejor y no caen en la cuenta de que es muy difícil transitar allí por una autopista sin pagar y que lo que aporta la comunidad al Estado es mucho más de lo que recibe.
Por eso, en época de dificultades es fácil azuzar también allá viejos fantasmas, cultivar el victimismo y espolear el sentimiento nacional, tan extendido, hacia una independencia que no parece posible, ni conveniente, especialmente para para la propia Cataluña.
Más productivo sería caminar con calma hacia una remodelación del ya caduco estado de las autonomías, para buscar alguna fórmula federalista. Quizá en esa senda esté la solución y quizá la solución lime las diferencias, artificiales diferencias, que ahora distancian a unos y otros ciudadanos.
Son sensaciones, pero, a veces, las sensaciones generan odio, dolor y amargura. Y, de eso, no puede venir nada bueno.
 
 
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