Las bicicletas son para el verano, por Javier Astasio


Ya están aquí, en Madrid, las bicicletas. Llegan con meses de retraso y esa sensación de provisionalidad que da saber que todo lo que puede fallar, falla. Nos las vendieron para la primavera, invadieron las calles de la ciudad con esos enormes  artefactos de acero inoxidable, de utilidad incomprensible para el común de los mortales, a los que los ojos de los madrileños han acabado por acostumbrarse, pero que cuentan ya con una legión de afectados a los que se les ha privado de aparcamiento, zonas de carga y descarga y acceso a la calzada o ha mermado la posibilidades de su negocio, sin rebaja de impuestos que lo compense, a base de cegar escaparates o de impedir, en el caso de la hostelería, la instalación de las socorridas terrazas. 
Las bicicletas de pago han llegado a Madrid y han tardado en hacerlo. Cuentan las malas lenguas que, si han estado almacenadas en garajes y depósitos municipales ha sido porque había algo que no funcionaba en el sistema. Algo que no me extrañaría, porque aquí somos muy dados a comprar por catálogo y fijándonos más en el diseño estético que en la robustez y eficacia de lo que compramos. No sé cuál habrá sido la causa, pero sí sé que sería bueno enterarse de qué y por qué ha retrasado tanto el estreno de este nuevo atractivo turístico de la capital que , junto al embotellado "relaxin' cup of café con leche" y ahora que ya no tenemos juegos olímpicos con los que especular, pondrían a Madrid en el mapa del turismo joven, de no ser por un pequeño detalle: el centro de Madrid, su casco antiguo, al contrario del de Barcelona, está en lo alto de un cerro sólo apto para buenas y entrenadas piernas.
La verdad es que, vistos los lugares en que se han colocado las bases para el pago y la recarga de las bicis y visto el aspecto de las mismas, además del precio del alquiler de las misas, me temo que estas bicicletas no van a ser, como tratan de vendernos, un medio de transporte alternativo, ya que soy de los que creen que,  para moverse por el entorno que delimitan los puntos de "repostaje" y "peaje" de las bicis, sigue siendo más barato y más sano hacerlo a pie.
También tengo la impresión de que, si Madrid se ha sumado al club de ciudades que ofrece bicis en alquiler en sus calles ha sido por ese impulso de emulación que, por ejemplo, llevaba a nuestros padres a reformar su cocina después de haber visto la de los vecinos, poniéndola, a ser posible más moderna, más bonita y más cara que la de ellos. Y, en esto, no me cabe duda de que la envidia que produce ver Barcelona, mucho más llana que Madrid en su centro histórico, con sus calles repletas de ciclistas que van y vienen, generalmente por la calzada y no, como aquí, por las aceras, habrá impulsado a los regidores de la villa y corte a mover su ficha como han hecho.
En esto, como en otras cosas, el "palurdismo" madrileño es épico. Basta con recordar el anuncio radiofónico del gremio de pasteleros que emplazaba a abuelos y padrinos a no consentir que a los niños catalanes les regalasen una mona de pascua, mientras sus nietos o ahijados no la tenían. Y todo para vender su "corona de la Almudena", un invento para la ocasión. Malo es equivocarse, pero peor es, sin duda, hacerlo por el afán de "no ser menos", un afán que ha llevado a algunas ciudades a tener AVE sin viajeros o aeropuertos sin aviones.
Amén de todo eso, el caso es que ya están aquí las bicicletas. Demasiado frágiles para mi gusto y con el peligro de convertirse en una amenaza para los viandantes mientras, de una vez por todas, esta ciudad no se proponga controlar la velocidad  que se desplazan estos vehículos, que lo son, por las calles peatonales o por las aceras. Y mucho me temo que la cosa vaya a peor, puesto que quienes, en principio, las usen serán mucho más novatos y despistados que quienes han hecho de ellas su medio de transporte habitual.
Tampoco sé lo que durarán "enteras" unas bicis demasiado frágiles con cables al aire, sillines nada robustos aparentemente y demasiado expuestas al gamberrismo. Ya veremos. De momento y a menos de un año de las elecciones que renovarán los ayuntamientos y el gobierno autonómico, las bicicletas, que, como nos enseñó el gran Fernando Fernán Gómez, son para el verano, ya están aquí.


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