las arrugas de Lou Reed, opinión de Javier Astasio

 
Hoy, me viene sucediendo últimamente, me ha costado enfrentarme a esta página aún en blanco. Y me ha costado, porque la actualidad me aburre cada vez más, me parece un continuo carrusel, con el que nos marean con destreza y en el que, cada cierto tiempo, vemos desfilar ante nuestros ojos los mismos rostros, los mismos paisajes, mientras oímos las mismas voces, con el mismo gritería, risas y lágrimas de siempre.
A veces, ese mecanismo de relojería casi perfecto, casi implacable, se altera súbitamente por algo que,  claro, escapa a cualquier previsión. Hablo de accidentes, dimisiones, tan raras por escasas, o los fallecimientos. Ayer una de esas noticias, el fallecimiento de Lou Reed, alteró súbitamente el más que habitualmente lánguido ritmo de las redacciones, bien es verdad que lo hizo de distinta manera en unas y otras y que los hubo que tardaron en confirmar lo que parecía evidente. Una vez cumplido ese trámite todo sería, imagino, "tirar" de archivo, buscar fotos, testimonios, opiniones, biografías y, en esta caso, discografías.
Por eso las portadas de la prensa, aquí y en el resto del mundo eran tan parecidas. De modo que, pese a que no todos dieron la noticia al mismo tiempo ni la valoraron de la misma manera, esta mañana, en las ediciones de papel  todo está ya escrito, del mismo modo que en radios y televisiones está ya todo dicho. En esas estaba yo, cuando una pregunta de mi amiga Fab ha derivado en un interesante chateo sobre el asunto en el que han salido a relucir nombres como los de Dylan, Debbie Harry... olvide el de Marianne Faithfull... o los Geraldine Chaplin y Ángela Molina, de los de por aquí. Y surgieron, porque hay una palabra, mejor dicho, dos, que los aúnan: dignidad y tiempo.
Todos ellos, todas ellas, han pasado por la vida sometidos al caprichoso vaivén de las modas, los gustos y, a veces, el de sus propias vidas. Pero en todos estos casos y otros que sin duda podríamos encontrar, la característica común es que han sabido salir de los baches y los agujeros en que han caído levantándose con dignidad. Y no sólo eso. Han sabido también hacerlo con dignidad, con mucha dignidad, sin ocultarse ni ocultarnos las huellas que han ido dejando en sus rostros la vida y el tiempo.
Comentaba, polemizaba más bien, no hace mucho, aquí en la maraña de las redes también, a propósito de la para mí, inquietante perfección artificial del rostro de Catherine Deneuve, una mujer cuya belleza y inteligencia y fuerza he reconocido siempre. Aunque, al contrario de la amiga con la que charlaba, no acabo de entender,  ni perdonar, ese culto, casi suicida, a la belleza por el que una magnífica actriz como ella sacrifica la expresión en aras de congelar en el tiempo un rostro tan bello como ahora inverosímil.
Me gustan de la gente las voces, los acentos, las manos y los rostros. Me gusta saber de quién tengo delante sin necesidad de que sea él quien me lo cuente, me gusta leer en sus arrugas si esa persona es risueña o no, si le desvelan los problemas, leer esas pequeñas cicatrices que va dejando la vida y que, al final, son su historia, son un poema a la vida.
El rostro de Lou Reed lo era. Hablaba de su enorme elegancia, del esmerado cuidado de su cabello, siempre bien cortado, acorde con esa eterna camiseta negra y esos tejanos que sabía vestir como nadie de su edad. Daba la impresión de que, después de haber vivido el delirio de sus primeros años de carrera, aquel pelo teñido, el maquillaje, el glamour del "glam" hubiese querido mostrarse desnudo y cierto, como comenzaron a serlo sus poemas y canciones.
No sé cómo será recordado Lou Reed en el futuro, lo que sí sé es que la imagen que quiero conservar de él es la de esa dignidad de que os hablo, la misma dignidad que encuentro en quienes, como él, han sabido sobrevivir a su leyenda dándose en cada momento como realmente son.
 
 
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