La torpe lucha contra ETA, por @JosefinaLpez

A ver, a mí que nadie me haga mucho caso, pero el jaleo formado con la decisión del Tribunal de Estrasburgo de declarar la ‘doctrina Parot’ contraria a los derechos humanos no es más que un eslabón en la cadena de torpezas que a lo largo de la democracia española ha jalonado la lucha antiterrorista. Y digo esto porque yo creo que el Gobierno español se sacó de la manga una jurisprudencia que flaqueaba tanto que ha tenido que tumbarla un tribunal que vela por los derechos humanos. Ahí es nada. Me inicié en el periodismo impactada por la gigantesca polémica derivada del descubrimiento de que el Estado le hacía la guerra a ETA con sus propias armas, el tristemente famoso GAL. Aquello fue y aún es lo más grave e inaceptable de aquella lucha antiterrorista. Sin embargo, tras pasar también, después, por escándalos relacionados con fondos reservados, con malversación de fondos públicos, con supuestos chivatazos y faisanes, tirar por tierra esa doctrina Parot, cuyo objetivo era mantener en la cárcel a los asesinos múltiples e reincidentes, esos que parecían gozar con el macabro oficio de apretar el gatillo de aquel que no pensara como él, mejor dicho, que pensara simplemente, porque les cabe poco raciocinio a quienes reivindican armados y por la espalda, es la última viñeta del cómic en el que el Estado ha convertido esta lucha. No debo arremeter contra los gobiernos que han intentado frenar la crueldad terrorista, porque los malos son los otros, pero torpeza y la urgencia de la política ejecutada vuelven a dejar en carne viva el dolor de los verdaderos sufrientes. Por eso, las víctimas, supervivientes de sí mismos, más que gritar su impotencia deberían sentirse orgullosas de que ETA ya no esté, porque el triunfo es de ellos, y no de los sucesivos gobiernos que han tenido y tienen la infinita obligación de protegerles y defenderles. Sí, ETA se rindió, pero no fue porque el Estado le ganara la batalla, ya que la historia reciente nos demuestra que no ha dado pie con bola, fue porque las víctimas, sus desconsoladas familias, sus vecinos y paisanos se opusieron con sus lágrimas, su vergüenza y su ira. Eso sí es el mejor ejemplo del verdadero triunfo de una inmensa mayoría silenciosa.

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