La sociedad de la histeria, por Javier Astasio


Ayer, mientras mi panadero me daba su receta para salir de la crisis: dejar de escuchar la radio y ver la televisión, el presidente del BCE, Mario Draghi daba una rueda de prensa en la que apuntaba como solución para el "caco" financiero español el rescate directo a la banca, aunque con condiciones, que es lo que al parecer no se ha planteado el gobierno español con Bankia.

Lo curioso es que como si la realidad quisiese dar la razón a este panadero sabio que me ha caído en suerte, las palabras de Draghi, aún antes de que concluyese su comparecencia ante los periodistas, tuvieron el doble efecto de hundir las bolsas europeas y disparar de nuevo la prima de riesgo que estaba respetando a España, para, una vez concluida la rueda de prensa y establecidas las matizaciones y aclaraciones pertinentes, producir un rebote en las bolsas y una nueva tregua para la maldita prima.

¿Qué está pasando? ¿A qué viene tanta prisa en sacar tajada de las desgracias ajenas? Lo que pasa, a mi entender, es que vivimos en la sociedad de la histeria, una sociedad que nunca para de especular y que se permite el lujo de jugar al Monopoly con economías reales en países reales. Y todo por una ambición desmedida y una falta de escrúpulos que no se daba desde los tiempos más negros de la historia del hombre.

Mal estamos, cuando casi antes de informar sobre la temperatura y el estado del cielo, las radios dan cuenta de si la bolsa y la famosa prima suben o bajan; mal estamos, cuando las buenas noticias no son ya noticia y los medios se revuelcan en las malas como los cerdos en el fango, ayudando a que cada vez seamos más cobardes, más egoístas y, de paso más pobres.

Todo esto que pasa es el resultado no sé si previsto o accidental de una serie de circunstancias, si no forzadas, sí al menos inducidas por el poder económico desde hace años. Aún recuerdo, por ejemplo, el momento en que se nos dijo que había que hacerse con un fondo de pensiones, porque la simple cotización a la seguridad social no iba a garantizarnos una jubilación digna. Muchos lo hicieron y las propias empresas los promovieron entre sus trabajadores, asignando una parte del salario al elegido. No fue ni caso, porque, por necesidad, opté por cobrar en metálico las aportaciones mensuales.

Parece una nimiedad, pero con ese gesto de aglutinar las aportaciones de millones de trabajadores en unas pocas manos fue el principio de todo, porque, para garantizar la rentabilidad prometida, todo ese capital se ha dedicado desde entonces a la especulación pura y dura, beneficiando a unos pocos en tanto que los verdaderos objetivos se iban incumpliendo y muchos trabajadores liquidaban con pérdidas lo capitalizado.

Eso, unido a la instantaneidad de la comunicación y al mercado continuo ha dado con nuestros huesos en este tobogán que parece diseñado por un sádico y que cada mañana nos pone angustia en las tostadas del desayuno. Vivimos en la sociedad de la histeria, vivimos en un mundo en el que las cosas se padecen antes de que sucedan y en el que, además, se nos priva de cualquier oportunidad de defendernos, con una prensa acrítica, financiada con los créditos y la publicidad que insertan en ella los villanos, unos partidos políticos anodinos, cuando no complacientes, con esas mafias del capital que llevan años extorsionándonos al más puro estilo Corleone.

Por cierto, el toro y el oso de boronce que pelean a las puertas de la Bolsa de Frankfourt, en la foto, no respresentan a España y Alemania enfrentadas, sino a  las subidas, el toro, y bajadas, el oso, en que se basa el perverso juego de la bolsa.


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