LA SOBERBIA DE SUSANA, por Javier Astasio

Escucho a Susana Díaz y me perece oír al Felipe González que gano por los pelos a José María Aznar las elecciones del 93, las últimas que ganó. Repite aquel ”he tomado nota" que tan poco le duró en la conciencia, porque, como si la nota sobre los errores cometidos la hubiese escrito con tinta invisible, poco o nada tardó en repetirlos. Veo a Susana Díaz como un clon de aquel Felipe en decadencia y me echo a temblar, porque, al final, lo que me ha quedado de aquel joven presidente al que admiré es la soberbia, la enorme soberbia de quien cree que no es él el equivocado sino los ciudadanos que fueron o no fueron a votar.
La todavía presidenta ha hecho ya lo que mejor hacen los políticos, retorcer los resultados,  hasta que las cuentas les den la razón que las urnas le han negado y, convencida de que muchos andaluces, unos setecientos mil entre los que habían votado al PSOE y Podemos, esta vez se quedaron en casa, quiere saber por qué lo hicieron, sin pararse un minuto a pensar qué hizo o no hizo ella para que decidieran mantenerse lejos de las urnas.
A Susana Díaz le cuesta admitir los errores y, mucho más, dar explicaciones. Aún estoy esperando oírla pedir perdón por su "golpe de estado" en Ferraz, por aquella "ocupación" de la ejecutiva del PP al margen de la militancia que luego revirtieron las primarias. Estoy esperando que lo pida ella y que lo pidan sus "palmeros" que los tiene y muchos, entre ellos el propio González.
Le cuesta mucho pedir perdón y poco o nada encontrar excusas y ya parece haberlas encontrado en la crisis creada por el "procés" en Cataluña, una excusa que, de todas, es la que mejor puede redirigir contra ese Pedro Sánchez que aún tiene atragantado, porque consiguió acabar, militante a militante, con el aparato que barones y elefantes de cementerio habían montado contra él.
Dice Susana Díaz que se equivocó al no sacar a pasear el asunto catalán en la campaña, como si fuese decente el silencio ante el enconamiento de los otros contra los intentos de normalización del clima político llevados a cabo por sus compañeros en la Moncloa. De nuevo el mismo error de siempre, ese no querer explicar las cosas, quedándose en el ruido, en los mensajes simplistas, que conduce a ese nacionalismo español, tan odioso o más como el catalán. Cree la vencedora y derrotada Susana Díaz que tiene todo el derecho a seguir gobernando Andalucía. Quizá lo tenga, pero, aun teniéndolo, lo que no tienen son los apoyos para ganarlo en el parlamento, porque, sume como sume, incluso obteniendo los votos de Podemos, nunca superará la suma de los del PP, Ciudadanos y Vox, la marca sucia del PP.
Qué hacer, pues, para evitar el gobierno de la derecha y, sobre todo, la influencia del fóbico Vox en la próxima legislatura. Probablemente, lo que queda es hacer política y evitar, de los males, el peor, lo que queda es dar la alternativa a la más moderada de las derechas y, si ésta acepta su apoyo, activo o no, dejar a un lado al PP y su retoño Vox. Quizás fuese esa la solución, la de dar a Ciudadanos el apoyo externo que ella recibió de Ciudadanos y cortar así el paso la triple alianza de la derecha a San Telmo.
Pero, para que eso fuese posible, sería precisa una cura de humildad de la todavía presidenta, una cura de humildad que la llevase a echarse a un lado para que otros asumiesen la inteligencia y la mano izquierda necesarias para dar con la salida, evitando así convertir Andalucía en laboratorio de las derechas, porque quienes tenemos memoria, aun recordamos que la comunidad valenciana, hasta que Joan Lerma la perdió, fue un feudo de la izquierda, convertido después en campo de pruebas de la ruinosa privatización de la Sanidad, área de demoliciónd e la enseñanza pública en favor de la concertada y granero de la corrupción. De modo que, en estos tiempos revueltos, tan faltos de amor y sobrados de navajas, al menos en política, lo mejor es recordar que todo vale, menos la soberbia y Susana tiene mucha.


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