La sed de Suárez, por Alberto Calero (@acaleroj)

“Me voy porque ya las palabras parecen no ser suficientes y es preciso demostrar con hechos lo que queremos”

Hace 31 años Adolfo Suárez se dirigía a los españoles para decir que se marchaba. Con traje y corbata y semblante serio, aunque con alguna sonrisa nerviosa antes de lanzar su mensaje, el primer presidente de la democracia habia decidido anunciar su dimisión. Su mirada era profunda y atenta. Su cara, seguramente desencajada, pudo disimularse gracias al maquillaje. Un hombre con fuerza y carisma tiró la toalla. La España de entonces vivía una realidad plagada de amenazas y tan solo unos días después viviría el 23-F. Hubo quienes relacionaron la dimisión con ese intento de Golpe de Estado. Suárez aseguró tiempo después que si hubiera tenido la más mínima sospecha de que aquello iba a suceder, “ni hubiera dimitido ni se hubiera producido el Golpe”. Podemos imaginar la sensación del momento. Era un mensaje que iba a conmover a los españoles. Su boca estaba muy seca. Estaba nervioso, pero, para él, el vaso de agua solo era por si tenía sed.

El gran comunicador, que hoy cumple años, había abandonado su cargo. Su marcha, dijo el propio Suárez, iba a ser más beneficiosa que su permanencia. El conductor de la Transición se había rendido y todavía hoy se debate sobre las razones de su dimisión. La España de 1981 no es la de 2012 y hoy esa idea de responsabilidad en nuestros políticos parece ser propia de un cuento, de un sueño que tarda en cumplirse. Hoy las palabras de nuestros “representantes” son meras palabras y su preocupación para que se vean reflejadas en los hechos no existe. Aquel día de enero de 1981 Suárez supo mantener la mirada, la misma que perdió 20 años después cuando sintió la muerte de su esposa. La misma que se apagó cuando también por culpa del cáncer vio morir a su hija mayor. En tan solo tres años sintió qué es perder a dos de las mujeres que más quería. Hoy su mirada no sabemos dónde está, hoy Suárez no recuerda el día que tuvo sed. Ojalá hoy ya no sufra el dolor de las ausencias. Hoy es otro porque su memoria se pierde progresivamente por el maldito Alzheimer. Aquella boca seca ya no conoce los vasos de agua. Aquella postura ya no puede ser la misma. Hoy no sabe que él fue el artífice de la Ley para la Reforma Política de 1977. Hoy no conoce a nuestros políticos. Pero podemos decirle a Suárez que hoy algunos de nuestros representantes no saben lo que es tener sed. No conocen qué es sonrojarse. Suárez no sabe que hoy cumple 80 años.

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