La rutina de votar, por Javier Astasio

 
 
Andamos enredados en el análisis del resultado, histórico dicen, de las elecciones alemanas y las consecuencias que tendrá para España. Yo no dudo que esté bien hacerlo, al fin y al cabo la aldea global en que nos ha tocado vivir tiene estas cosas y a nadie se le escapa que los estornudos en Berlín son catarros en España, pero, aún así, debemos ser conscientes de que las elecciones que verdaderamente importan son las que celebremos en España, para elegir, alcalde, eurodiputados o a los miembros de los parlamentos autonómicos o el nacional.
Parece que quieran hacernos creer que, votemos lo que votemos aquí, lo que realmente nos va a afectar es lo que votaron ayer los alemanes. Puede que, efectivamente, ese 42% conseguido por Merkel y lo que vaya a hacer tenga consecuencias no deseadas para nosotros, pero os aseguro que la gestión corrupta de algunos, demasiados, de nuestros políticos poco o nada tiene que ver con quién gobierne en Alemania. Tampoco el desmantelamiento de la sanidad madrileña y los negocios que los hegemónicos populares pretenden hacer con él tiene que ver con la caída de los liberales alemanes, ni el pequeño repunte socialdemócrata tendrá que ver con el futuro de los socialistas españoles.
Resulta curioso, cuando no aterrador, pararse a pensar en qué es lo que lleva a algunos de nuestros conciudadanos a votar. A veces es el "desparpajo" del candidato o la candidata, a veces, el AVE que nos pone a la puerta de casa, con un coste insoportable, y su afición a viajar en taxi y regalar anchoas; a veces, la simpatía que generan tiene que ver con su prestigio, como en el caso de Rato, que a punto estuvo de hundir España como hundió Bankia. O, a veces, por qué no, votamos a un Zapatero para que no nos falle y, al final, nos falla.
Qué quiero decir con esto... sencillamente, que no sabemos proyectar en el futuro las consecuencias de nuestro mecánico acto de votar, que nos dejamos llevar por la sonrisa de un candidato, sin pararnos a pensar en que todos sonríen, todos cogen en brazos a niños y los besan y en que todos hacen promesas. No es eso lo que tenemos que tener en cuenta a la hora de votar, los candidatos están en campaña y una campaña electoral es como un enorme anuncio, un spot que dura quince días en el que nadie es quien dice ser. Sería bueno poder mirar -y aquí doy una idea- a cualquier candidato tras las bambalinas, ver cómo trata a sus colaboradores, como s e levanta por las mañanas, saber con quién habla por teléfono, si tiene buenas digestiones y, sobre todo, en qué piensa cuando se queda solo en su habitación.
Sé que nadie lo va a hacer y que si se hace, como alguna vez han pretendido hacernos creer que se ha hecho, será bajo el control absoluto de los responsables de campaña de cada uno de esos candidatos metidos a actor, cuyo parecido con la realidad, igual que el brillo de cualquier coche en un anuncio, frente al que ese mismo coche, una vez que lo compramos, tiene a la puerta de nuestra casa, es pura coincidencia.
Sería bueno que la información que nos llega de aquellos entre quienes hemos de elegir a nuestro candidato no fuese de parte. Sería bueno conocer los pasos que ha dado para llegar estar ahí y por qué lo hace. Sería bueno, pero conseguirlo entra dentro de la parapsicología. Mientras tanto, creo que bastaría con que, a la hora de votar, pensásemos más en nosotros, nuestros hijos y nuestros vecinos que en castigar a Fulano o a Mengano. Bastaría con votar a favor en lugar de hacerlo en contra. Es difícil, pero a veces ha funcionado y puede volver a hacerlo. Bastaría con que el acto de votar dejase de ser una rutina para convertirse en un acto responsable.
 
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