La responsabilidad de los votantes, por Javier Astasio


Ahora que estamos a apenas seis meses de una convocatoria electoral, las municipales y autonómicas, creo que  deberíamos comenzar a reflexionar y, si es el caso, a discutir en torno a algo tan peliagudo como lo es determinar en qué medida los ciudadanos deberían sentirse responsables de lo que hagan aquellos a los que dan su voto, mucho mayor, claro está, si nuestro voto sirve para llevar al gobierno al partido que elegimos.
Todo esto viene a cuento de lo que ahora estamos confirmando por vía judicial, aunque ya sabíamos de sobra cuando votamos por última vez, en tiempos en los que la crisis que ha servido a quienes nos gobiernan para devaluar nuestras vidas aún no había enseñado completamente sus garras. No hay más pararse a pensar que casi tres millones de españoles que reconocen haber dado su voto al PP, y no son todos los que lo hicieron, no volverían a votarle en las próximas elecciones.
Me gustaría saber, pero me temo que en las encuestas nunca se hace esa pregunta, hasta qué punto los votantes de un partido se sienten solidarios con el comportamiento de quienes eligen. Yo, sin ir más lejos, me siento responsable de la pésima oposición llevada a cabo por el PSOE en esta legislatura y me avergüenzo tanto de la tibieza y la resignación mostrada por los socialistas, como de mi falta de fe ante la efervescencia de la insatisfacción ciudadana que el 15-M estaba poniendo ante nuestros ojos.
Siempre he pensado que alguien que se sienta concernido por la sociedad en la que vive no puede dar su voto "a tontas y a locas", en el último momento y movido por un arranque de simpatía, por un alambicado eslogan de campaña o por una frase de un mitin, un debate o una entrevista. Nadie, como el escorpión del cuento, renuncia a su condición pese a las promesas que haya podido hacer, siempre será prisionero de ella y, cuando ha metido la mano en la caja, acabará metiéndola otra vez tarde o temprano.
En mi caso y salvo en las últimas elecciones, he venido votando al PSOE desde 1982 en todas las convocatorias, aunque he de reconocer que mi entusiasmo al hacerlo era menor cuando González o Zapatero estaban en el Gobierno que cuando se presentaban desde la oposición, algo que se explica por esa asunción de responsabilidad solidaria con la labor de gobierno, en la que los errores, como en toda experiencia, pesan más que los aciertos, aunque he de reconocer una excepción que fue la de dar mi voto a Rubalcaba después de la cobardía, o quizá sumisión, al partido que demostró al apoyar la reforma del artículo 135 de la Constitución que en un primer momento criticó, una reforma que fue algo así como la entrega de nuestra soberanía a Angela Merkel y su Bundesbank.
Por eso y por mi aún escasa fe en Podemos, en las últimas europeas di mi voto a Izquierda Unida y, aunque no me arrepiento, creo, como muchos más españoles, que debería habérselo dado a quienes mejor encarnan el espíritu del 15-M, que yo creo que, como actor o como simple revulsivo, está llamado a transformar de una vez y ya era hora el rancio y carcomido panorama parlamentario español.
Llegado a este punto y con un cierto sentido de culpabilidad por la deriva que hasta no hace tanto había tomado la política española, especialmente la izquierda, dividida, aburrida y desencantada, hasta el punto de habernos arrojado a esta playa desolada en la que estamos, me permito terminar con dos frases. Una que escuché a Antonio Gutiérrez a propósito de Marcelino Camacho y que me gusta repetir de vez en cuando: "nadie puede pretender razón por haberla tenido", y la otra, de Alberto Moravia y regalada en un comentario por un lector de este blog y que es tan rotunda como ésta:   "Curiosamente, los votantes no se sienten responsables de los fracasos del gobierno que han votado".
Pues eso.


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