La princesa está triste, por Jorge Gómez García (@xurxogg)

“La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan de su boca […], que ha perdido la risa, que ha perdido el color.” Cuando Rubén Darío escribió estos versos, posiblemente no estuviese pensando, ni mucho menos, en cierto famoso portugués. Aunque a día de hoy, este poema parece estar hecho a medida para él.

Hace ya una semana que un tipo al que según él le tienen envidia por ser “rico, guapo y un gran jugador” anunció a los cuatro vientos que no era feliz. Unos minutos antes, la empresa en la que trabaja había afianzado su vuelta a la normalidad (3-0). Pero la alegría fue efímera. Nada más salir de trabajar y antes de coger su coche, el muchacho, al que para mantener en el anonimato y aprovechando su infelicidad llamaremos Tristiano, soltaba la bomba informativa que, una semana después, sigue creando debate. No seré yo el que critique a alguien –sea cual sea su condición y sus bienes materiales- por “estar triste”. Todos, desde los más humildes hasta los semi divos, tenemos derecho a no ser felices.


¿El motivo de su infelicidad? Algunos dicen que considera que su empresa no le apoya tanto como debería. Quizá cree que los reconocimientos individuales van siempre hacia los trabajadores de la empresa rival porque ésta sí los respalda a todos por igual, ya sean argentinos, catalanes o manchegos. Otros consideran que el origen de su pena se encuentra en el hecho de haber perdido feelingcon buena parte de la plantilla. Concretamente con un amigo brasileño que dijo que su patrón con guantes también se merecía el tan ansiado reconocimiento individual por el que nuestro protagonista Tristiano lleva luchando desde 2009. Quizá este portugués ha considerado las palabras de su amigo del alma, de su fiel escudero, como una traición (ya no me miras cuando hacemos el amor). Otra hipótesis barajada es la de la avaricia. Todo rico quiere ser más rico. Se cuenta que a Tristiano le han podido llegar cantos de sirena desde Francia, dónde una empresa con capital qatarí está reclutando a trabajadores “top” del resto de sociedades (Para Ser Ganadores). Es posible que el portugués le pidiese a su jefazo que le dejara partir. Se cuenta que dicha petición provocó más de una carcajada al mandamás constructor, quien tras hartarse de reír le dijo eso de “Never, never, never”, frase que ya había empleado en otra ocasión, con final feliz y mentiroso al mismo tiempo (año 2003).

Sea cual sea la causa de su tristeza, un trabajador de este gremio –y más alguien de tan alto estatus como el luso-, nunca debe decir lo que dijo. Más bien debe cuidar el cómo, cuándo y dónde, adverbios que, como enseñan en las facultades de Periodismo, son tan –o más- importantes como el qué en la noticia.

Muchas fuentes aseguran que es un profesional como la copa de un pino, que vive por y para su trabajo. No lo dudo. Se parte la cara por su empresa. Una relación sencilla de simbiosis, de reciprocidad: yo te doy, tú me das. El colectivo favorece al individuo y el individuo favorece al colectivo. El orden de los factores no altera el producto. Ambos se benefician. Pero también estoy de acuerdo con las voces que lo tachan de egocéntrico, y de ser ganador hasta puntos obsesivos y contraproducentes. Ese ego, esa necesidad de autoafirmación le ha jugado una mala pasada. Sus allegados no le han aconsejado bien. 

Si uno no está contento, por supuesto que debe exponer su situación, pero siempre a nivel interno, nunca sacarla a relucir en público y menos de la manera que lo ha hecho el portugués. Los trapos sucios se lavan en casa. Él solito ha creado una inestabilidad en torno a la empresa que le paga que se podía haber ahorrado. Ese no es el camino, Cristiano.

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