La política como profesión, por Javier Astasio

 
 

Habrá sin duda a quienes les parezca una cuestión menor, una chorrada, y sin embargo creo que en ese detalle, fundamental a mi modo de ver, tiene sus raíces la tremenda crisis de confianza que sufren los partidos políticos españoles, fundamentalmente los que acoplados, como el solomillo al espinazo, al aparentemente inamovible bipartidismo. Me refiero a una característica fundamental, forzada por las circunstancias, claro está, que tenían los candidatos en aquellas primeras elecciones libres de 1977 y que ya no tienen. Salvo los grandes dirigentes y la mayoría de los candidatos de la UCD, todos eran "aficionados", trabajadores y profesionales que vivían de su trabajo o sus negocios y vivían mucho más pegado al terreno de lo que un diputado de hoy pude llegar a soñar o quién sabe si a temer.

Hoy no. Hoy, salvo excepciones y para la foto del arranque de campaña, sería impensable una escena parecida a la que recoge la imagen que ilustra esta entrada. Hoy, sustentadas en la normativa, las empresas especializadas en "vender" detergentes, automóviles, o golosinas son las que se encargan de las campañas de los partidos, sustituyendo a los militantes y simpatizantes que antes pegaban los carteles. Y, eso, no es cosa menor, porque, eso, ha llevado a que sean posibles los partidos sin militancia, los partidos a los que apañas les basta con unos cuantos candidatos para llenar sus listas.

Creo que esa es la gran lección de las elecciones celebradas el domingo, la lección de que la práctica totalidad de los partidos han perdido apoyo de los ciudadanos -lo de los escaños es un espejismo- en tanto que algunos, Bildu y la EU-Anova de Beiras, han crecido como la espuma, apoyándose en la fuerza de la personalidad de sus líderes, en sus mensajes y en sus militantes. En el otro lado, las ejecutivas de los partidos, como los consejos de administración de las empresas en crisis, "visten el muñeco", aplazan el debate y tratan de poner a salvo sus cargos que no son otra cosa que sus sueldos.

Esa es la tragedia. Apenas queda grandeza en la política española. La política se ha convertido en una profesión más y las concejalías, los escaños en los parlamentos, las portavocías y toso lo demás no son sino puestos de trabajo que se defienden con uñas y dientes, tenga o no tenga buenos resultados la empresa.

Raro es el candidato que se va a casa tras una derrota. Lo normal es quedarse deprimido, cuando no cabreado, conspirando y atomizando la poca fuerza que podía quedarle al partido-empresa. Tenemos ejemplos suficientes para elaborar una teoría al respecto. Por lógica natural quedan ya pocos líderes de aquellos primeros años de la Transición, aunque alguno queda y alguno, como Xosé Manuel Beiras se marcharon y han vuelto con más fuerza. Pero lo normal es que una nueva generación de profesionales de la política, acostumbrados a vivir de ella desde la veintena, haya copado el "aparato" de los partidos. Y, amigos, eso sí que es grave, porque la mayor parte de ellos no concibe su vida fuera de ella. Por eso se atrincheran, por eso se resisten al desalojo y por eso, desgraciadamente, se parecen tanto unos a otros. Por eso, en fin, dede el aparato son tan poco críticos con los errores de los líderes, hasta que viene el batacazo y, entonces, las cañas se tornan lanzas.

Amintore Fanfani, primer ministro italiano que fue, dijo aquello de "manca finezza" que más tarde recogió Felipe González. Parafraseándoles yo me atrevería a decir que lo que falta es grandeza.

 
 

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