La parábola de Batty, por Gabriel Merino

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Ya. De primeras sé que Roy Batty no era humano. Hablaba desde fuera a nuestra especie.

Eso ya lo he visto desde pequeño. En las fábulas de Esopo, Lafontaine o Samaniego eran los animales quienes sentaban cátedra sobre sentimientos, aspiraciones, insidias, debilidades o contradicciones humanas. Nuestros dioses –de hecho- son de todo menos humanos y dictan sin azar ni problemas ley de comportamiento siendo –como son- energía, espuma del mar, zarzas, ibis, tonantes Júpiter o Zeus olímpicos, serpientes emplumadas o del arco iris sobre esos parámetros éticos por los que debe transitar nuestra existencia humana. En las parábolas bíblicas, coránicas o budistas son mutantes extraordinarios,  coadyuvantes de la divinidad o fuerzas naturales o sobrenaturales como los diluvios, los cuatro jinetes, los transmutadores de agua en vino, los arcángeles, los escalones del karma o los avatares de dios quienes dictan cuándo como y qué debemos comer, pensar, creer, ayunar o esperar nuestra especie, aparentemente elegida.

De ahí que a mí el mensaje de Batty -con ser un replicante, un robot, una supermáquina ideada por el propio hombre a su imagen y semejanza- me dé, al menos, tanto que pensar como idea de la creación en siete días, la destrucción de Sodoma, la fábula de la zorra y las uvas, la parábola del hijo pródigo o las revelaciones de Gabriel a Mahoma durante la Hégira. Roy Batty, como Frankenstein, es el experimento del hombre tratando de emular a dios con Prometeo y Pandora, con Adán y Eva, con Izanagi e Izanami. Se supone que la acción transcurre en 2019 –en el libro, en 1992-, en la ciudad de Los Angeles –en la novela de Philip K. Dick, en San Francisco-. El texto original es de 1968 y la película- de culto- cumple hoy 30 años. Dick Deckard, el policía de profesión blade runner , cazador de los perfectos androides Nexus 6 que se debate en su íntima crisis interior sobre si él mismo es un replicante, o el mismísimo creador, el doctor Eldon Tyrrell, son meros secundarios frente a Batty, el “hijo elegido” perfecto y experimentado en visiones y misiones del mundo que van más allá de la puerta de Tannhäuser, que mata al padre ante la deseperación de estar abocado a una vida de cuatro años con recuerdos implantados, a pesar de que su experiencia vital haya sido más plena e intensa que cualquiera de las de los seres humanos que viven en los estratos de la ciudad sobre la que siempre cae lluvia radiactiva.

Los 30 años de le película “Blade Runner” son –perdónenme los puristas de fe y dioses únivocos o infalibles- la conmemoración del aniversario de una fábula que entronca muy de cerca con la sociedad actual. Por más que pertenezca a ese género, para muchos menor, de la ciencia ficción –en cualquier religión la razón científica enlaza también remotamente con la ficción-, la pesadilla y la rebelión de Batty se me antoja mucho más viva, real y actual que la conversión de la mujer de Lot en estatua de sal o que las concepciones inmaculadas. El discurso de amor y deseo de pertenencia de Batty a la humanidad al desconectarse llorando bajo la lluvia es, para mí, incluso después de saber que como replicante ha cometido las más espantosas atrocidades dentro y fuera del guión de la película, un mensaje claro: incluso los seres más extraordinarios habrían dado cualquier cosa por sentir, en un mínimo instante o faceta de sus vidas, la posibilidad de ser, como nosotros, humanos. Incluso en nuestra religión más cercana y familiar, dios decidió hacerse carne, hombre por un tiempo.

A quien entienda que aún no ha visto Blade Runner porque es otra película de naves espaciales, ciudades caóticas, neones de anuncios, seudofilosofía futurista o ciencia ficción, se la recomiendo vivamente. Y… felicidades, señor Dick. Felicidades, señor Scott. Felicidades, señor Batty.

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