La paella, tarde y sin aperitivos, por Javier Astasio



No sé si la frase es de Manuel Vicent o si se la escuche a él citando a otro escritor valenciano, pero lo cierto es que, como consejo, la idea es muy sabia. Decía Vicent, eso sí lo recuerdo, que para hacer una buena paella en el jardín, lo mejor es tardar mucho y, sobre todo, no servir aperitivos. Y tenía toda la razón, porque, siguiendo el consejo, lo que es seguro que a todo el mundo el arroz le parecerá exquisito y no quedará un grano en el plato.
Algo así ha debido pensar Marrano Rajoy cuando, con ese miedo existencial que le acompaña, se ha visto obligado a efectuar cambios en el partido y en el gobierno. Sin duda, le ha debido parecer que, retrasando los cambios y su anuncio, cualquier cambio, por pequeño que sea, a la ya muy hambrienta prensa, le parecerá grande. Y lo ha debido pensar, porque la paella que ha servido don Mariano, tras veintidós días de espera alrededor del fuego está  más que sosa, le ha quedado corta de sofrito y, para disgusto de los comensales, apenas tiene tropezones.
Mucho fuego para nada y muchas excusas de los ayudantes del cocinero que ya andan por las ondas vendiendo un arroz incomible, porque los cambios enunciados ayer por Rajoy en su partido no pasan de ser una rectificación de última hora y a la desesperada, cuando el arroz ya se ha pasado y cualquier cosa que le pongas es incapaz ya de dar sabor al guiso.
Unos cambios que se limitan al nombramiento de unos cuantos vicesecretarios, alguno de los cuales, como Pablo Casado, ya estaba ejerciendo sus nuevas funciones y un flamante responsable de campaña, Jorge Moragas,  jefe de gabinete de don Mariano, su hombre de confianza y responsable de la presión sobre la novia del primogénito de Pujol que acabó facilitando las pistas que pusieron en marcha el caso, propiciaron la caída del ex "molt honorable", de paso, acabaron con la cohesión de CiU y, en cierto modo, con el empuje del proceso soberanista, rematado en las pasadas elecciones con el auge de Ciudadanos y Podemos.
Pocos cambios y poco más que de chapa y puntura para tratar de vender como nuevo un coche que no anda y pierde aceite por todas sus juntas. Un coche, el Partido Popular, que, en las pasadas elecciones del 24 de mayo, quedó al borde del siniestro total, hasta el punto de que al mayor simulador que ha pasado por la política española no le ha quedado más remedio que reconocer la enorme pérdida de poder que ha supuesto, apartándole, por ejemplo de las alcaldías de icho de las diez capitales más importantes del país. Pocos cambios, conservando,  además, como se conservan los viejos muebles de la abuela, a Javier Arenas y María Dolores de Cospedal, tocados ambos por la tenaz carcoma de la corrupción y más que amortizados por el desprestigio entre los ciudadanos. Y, por si fuera poco, elevando al número tres del partido a un personaje, Fernando Martínez Maíllo, que vive el mismo limbo que Chaves y Griñán, de una imputación por determinar, en esta ocasión por una presunta administración desleal de Caja España.
Y, a cambio de estas novedades, amén del "puenteo" de Cospedal, las cabezas de Carlos Floriano y Esteban González Pons, que, hasta ahora, en estilo palmero, uno, y jesuítico el otro se ocupaban del día a día de la comunicación del partido. Dos peones sacrificados, los únicos, a los que cabría culpar de los recortes y la corrupción, si, como reconoció ayer Rajoy, el batacazo en las urnas es hijo de esos recortes y de esa corrupción.
De momento, la paella de los cambios en el partido, tarde y sosa, pero todos nos la comemos, como en las fiestas camperas, a falta de otra cosa mejor. Habrá que ver que ha dejado el chef Mariano para el postre del Gobierno, aunque, conociéndole poco cabe esperar más que los consabidos café, copa y puro, algunos exquisitos y con premio como la embajada para que Wert no pierda el contacto con su pareja.


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