La música de fondo, por Gabriel Merino

Me he ganado la vida de  muy diferentes maneras: maquetando revistas, impartiendo clases de inglés o en organismos públicos, de redactor,  haciendo encuestas, de locutor, dando recitales, vendiendo cosas, cuidando niños, haciendo cerámica, informando del tráfico, midiendo dureza de materiales, recogiendo huevos, fregando platos, montando happenings, haciendo castings, puliendo madera en una ebanistería, cantando, entrevistando, haciendo radio, tele…, pero una de las formas más extrañas y divertidas que he tenido de llevarme el sueldo a casa ha sido poniendo música a las cosas.


Yo no soy compositor: soy bastante malo para eso. Pero sé bien de los efectos de la música sobre la gente. Las grandes superficies comerciales conocen bien los efectos del cambio repentino de ritmo musical del muzak tranquilizador al tunkatunkapara estimular las ventas; cuando éramos adolescentes ya sabíamos que para ligar era conveniente reducir el número de bpmen la música de los guateques para meter mano e, incluso, muchos somos conscientes de que el poder de una balada , una música clásica o étnica  puede estimular los sentidos para inducir desde la líbido hasta el llanto o la violencia. Los clubes de fútbol y las naciones conocen bien el poder de los himnos. No hace falta que el estímulo musical sea directo: basta con que sea subliminal.

En los últimos años, noto que se ha ido variando paulatinamente el estilo de la música general de fondo para hacernos sentir culpables o tener miedo. Variar, primero levemente y luego de forma más ostensible o grosera los ritmos con que nos arrullan en los trabajos, en la política o en la estrategia sociocultural nos está llevando a vivir con algo más de zozobra.  Haber trabajado de ambientador musical –es un oficio remunerado, con categoría laboral, legal- me hace detectar con facilidad los ritmos con los que me quieren hacer bailar, esa música de fondo que, a veces, se cuela imperceptiblemente sin que lo notemos, hasta el fondo del tuétano con capacidad desde de ponerte los pelos de punta a emocionarte hasta la solidaridad, la compasión, el enfado o la prisa.
En estos tiempos en que tanto se especula con lo que contienen los sacos amnióticos confieso que, como melómano, durante el embarazo de mi hija, la barriga escuchó muchísima música clásica y que estimábamos de cierta calidad para inducir –supongo que, casi de forma idólatramente simplona- que la futura niña naciera ya con cierta sensibilidad ambiental.  No sé si, al final, por genética o cultura, mi hija entona bien y no sólo adora la música de todo tipo sino que se eriza con facilidad ante ciertos impulsos sonoros. Y quizá es una tontería, pero me parece que, deliberadamente, desde que comenzó este tiempo oscuro, nos están cambiando a todos la música de fondo. Supongo que para conformarnos.

Por lo menos, yo sí lo noto. La verdad es que este dj no me gusta nada.

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