La mentira, por Javier Astasio

 
 
No recuerdo en qué momento de mi vida descubrí la mentira. Supongo que en la infancia y supongo que en el colegio o en algún juego con otros niños. Apuesto a que fue en esa parte de difícil acceso del disco duro que es el cerebro en la que quedan, con los enlaces rotos, los recuerdos que ya no usamos o no queremos usar. Del mismo modo, tiendo a  pensar que las primeras mentiras, mentiras inocentes todas, tienden a evitar causar daño a quien damos por supuesto que nos quiere. Queremos ahorrarles a quienes suponemos que nos quieren el mal rato de comprobar que somos traviesos o desobedientes y les escondemos la verdad o bien pintamos otra.
Dicen que educar es enseñar a fingir y creo que quien lo dice no anda lejos de acertar. Desde niños  nos enseñan, al menos intentaban enseñárnoslo, a mostrar respeto a quienes no se lo tenemos, a interesarnos, sin importarnos un comino, por la salud de los demás y a mostrar alegría o pena por el bien o el mal de otros, cuando, en el mejor de los casos, nos es indiferente. Es esa la conclusión a que he llegado después de tantos años: que se nos entrena para mentir, para ocultar nuestros verdaderos sentimientos y mostrar otros que no tenemos. Y creo, además, que ese entrenamiento se encona en los países de tradición católica. Se nos miente cuando se nos dice que la cebolla que flota en las lentejas no existe y se nos miente cuando se nos obliga a contar a un cura pegajoso lo que, de ser cierto lo que predican, dios ya ha visto. Por eso, cuando se aprende que las lentejas se han de cocinar con cebolla y se abandona la tortura de la confesión, unos e siente más libre y responsable.
Convivimos con la mentira y escondemos en ella la culpa. Es la herencia que nos han dejado tantos años de misas y catequesis. No somos responsables, no asumimos lo que hacemos. Nos limitamos a ser, simplemente, inocentes o culpables, en función de que nuestras faltas trasciendan y sean o no castigadas. Vivimos en la cultura del disimulo y la falsedad. No hay más que ver como levanta los brazos y encoge los hombros, mirando al árbitro, el jugador que acaba de lesionar de una patada a su adversario o el desparpajo de algunos políticos, Miguel Ángel Rodríguez lo es, que un día se muestra compungido por las consecuencias de sus excesos con la bebida y al siguiente se permite chistecitos con lo que bebió.
Nos mienten y nos mentimos cuando nos dicen o pensamos que con la mentira lo que se busca es no hacer daño. Es otra derivada de la educación: las mentiras blancas, esas que pretenden evitar dolor o daño a los demás, ese "ojos que no ven, corazón que no siente". Es el cran coladero por el que entra la mentira en nuestras vidas para instalarse en ellas. El que miente cree que, cuanto menos sepamos, más felices seremos. Y puede que fuera verdad,  porque los españoles éramos felices pensando en la  campechanía, la honorabilidad y el buen hacer del rey y su familia y, sin embargo, llevamos una racha en la que toda esa feliz complacencia y la misma confianza en la institución se desmoronan.
En las dictaduras, negar lo evidente es una buena estrategia. Aquí todos sabíamos de los negocios del general, su mujer y el resto de la familia. Pero informar de ello podía salir muy caro. Muerto el dictador, se mantuvo el velo sobre asuntos que concernían a la jefatura del Estado y no se informaba de muchas cosas, todo se suavizaba o se ignoraba, porque la prensa asumió que eran mejores para nuestra salud como país las mentiras blancas o el silencio.
Pero en eso llegó Internet y, con Internet, las redes sociales y la difusión sin filtrado de mentiras, verdades y opiniones. Mentir o elaborar una verdad oficial empezó a ser más difícil y, cuando mentir se hace difícil, vienen los titubeos, las simulaciones y los diferidos. Y eso es lo que está pasando hoy, ahora mismo. Los errores o falsedades, habrá que averiguar qué son, en los datos fiscales de la hija del rey casada con Iñaki Urdangarín han roto todos los diques. El silencio, primero, y las mentiras confusas y blancas después han sido incapaces de contener las sospechas y, como la mentira tiene las patas cortas, más de uno debe estar arrepentido de no haberse puesto colorado una vez que amarillo en tantas portadas.
Mentir no es bueno, pero peor es hacerlo tan a menudo y sin coherencia. No sé a quién ni de qué está tratando de proteger el gobierno. Lo que sí sé es que, al final, el quién y el qué se conocerán y que habrá, además, otra víctima: el prestigio de la Agencia Tributaria en pleno cierre de la campaña de la declaración de la renta.
 
 
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