La mano en la basura, por Javier Astasio



Supongo que muchos de vosotros, como yo, os habréis preguntado por qué, desde que la democracia llegó a este país comenzaron a desaparecer de los municipios servicios imprescindibles como el de la recogida de basuras, que fue de los primeros en privatizarse, para ser sustituidos por contratas, Si os digo la verdad, nunca lo he entendido, nunca me han salido esas cuentas que dicen que, por menos dinero de lo que costaba mantener el servicio de limpieza de cualquier ayuntamiento, se garantizaban ésta y el beneficio para el contratista. Puedo llegar a entender que se contraten servicios que no sea necesario prestar siempre y en todas partes, pero nunca la limpieza, la jardinería y otros servicios imprescindibles de una gran ciudad.
En Madrid, la ciudad en la que vivo, hace ya mucho tiempo que el ayuntamiento dejó de tener sus propios servicios de limpieza,, aquellos barrenderos del carretón y el uniforme de pana, con sus enormes cepillos, sus palas y sus mangueras. Aún recuerdo el sonido característico de su trabajo, rematado con el rumor del agua y el frescor que subía de la calle cuando la regaban. Hoy, todo eso no es más que un recuerdo, quizá idealizado, pero un recuerdo, porque, hoy, Madrid es una de las ciudades más sucias de España y, probablemente de Europa.
Y, todo, porque aquel despeñadero que comenzó ya con Tierno, con aquella polémica contrata que, por oponerse a ella, le costó la carrera a Alonso Puerta, ha alcanzado con Ana Botella, una niña bien ya talludita, capaz de supervisar el cumplimiento de los servicios mínimos de una huelga de limpieza con abrigo de pieles y zapatos de tacón, que irresponsablemente ha dejado los servicios de limpieza y los de parques y jardines de Madrid reducidos a su mínima expresión, con el resultado de una ciudad sucia, de calles a veces malolientes, en la que pasear bajo los árboles de esas calles puede ser peligroso, después de unificar todos esos servicios en un sólo contrato tan barato como imposible de cumplir.
Todo esto viene a que desde aquellos tiempos de que os hablo se nos ha venido estafando en este y en otros servicios municipales y autonómicos que sería imposible enumerar, pero que incluyen desde esa limpieza que no lo es, al servicio de ambulancias, pasando por la teleasistencia o al catering de los servicios de comedor de los colegios públicos. Una serie de contratas que siempre, ahora también la gestión de las escuelas infantiles, está en manos de constructoras, de toda esa gente del pelotazo, la que hizo su fortuna a la sombra de las recalificaciones de terrenos de sus ayuntamientos amigos y que ahora, ante el estallido de la burbuja, se han reconvertido en contratistas, otra especie parásita de los municipios que, con la apropiada dosis de lubricante, les conceden los servicios pese a que su oferta no sea ni la más barata ni la más completa.
Se lo escuché ayer a una sindicalista y tenía razón. Agotado ya el negocio de comprar secarrales o campos de cereal para, con la ayuda de un partido o de unos amigos concejales, revenderlos como terrenos edificables o edificarlos directamente, el dinero amasado con aquel cemento es ahora el capital reconvertido de esas empresas que sólo tienen uniformes, algún que otro vehículo serigrafiado con el logotipo de la empresa y capataces que garanticen la explotación de un personal mal pagado y casi siempre explotado que, para poder vivir, tiene que combinar dos de estos trabajos o hacerse con otro en la economía sumergida.
Creo que esta sindicalista tiene razón. Las contratas, lo sabemos por la serie Los Soprano, no son más que una evolución de aquellos pelotazos de los ochenta con la que partidos o concejales inmorales se hacen con el dinero de los ciudadanos, rebajando la calidad de los servicios que reciben, mientras el dinero de nuestros impuestos acaba en los bolsillos de personajes como los caídos hace una semana en la operación púnica. Gente que mete mano en la basura o que transforma en basura todo lo que toca.


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