La libertad de expresión, bajo vigilancia, por Reporteros Sin Fronteras (@rsf_es)

¿Qué puede y qué no puede decirse? El viejo debate. Hasta dónde llega la libertad de expresión sin invadir el espacio del otro. Sin discusión, las normas éticas, los códigos deontológicos, el propio sentido común nos dicen cuáles son los límites, pero hay un estrecha franja interpretativa entre el derecho a expresarse libremente desde cualquier ámbito, y el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen. Derechos ambos que a menudo entran en colisión y son motivo de querellas judiciales o de quejas ante comisiones deontológicas “ad hoc”.

Visto desde la profesión periodística hay un principio esencial: lo que no se puede hacer es callar. Y menos, obligar a nadie a callar. Hay tantas sociedades sometidas al despotismo, a la arbitrariedad del poder en el mundo que aquella en que la norma es democráticamente aceptada parece que la libertad de expresión esté asegurada. No hay nada tan pernicioso como el pretexto de la comparación con un escenario peor, como en el caso de las dictaduras, para hacer pasar de contrabando el visto bueno a la autocomplacencia de muchos de estos “demócratas”. De esta manera el calificado como mundo libre evoluciona hacia formas más amplias de comunicación, de difusión de la palabra libertad y así se considera libre de pecado respecto a las limitaciones del uso de la palabra. Se da definitivamente por conseguido, protegido, garantizado.

A lo largo el siglo XX, la palabra no solo ha estado sometida por los poderes totalitarios a recluirse a través de formas humillantes como publicaciones clandestinas, “samidzats” rusos, panfletos que huyen de la purga policíaca, vecina de la tortura y de la ejecución sumaria. La palabra ha sido prostituida en laboratorios propagandísticos oficiales como trasmisora de las más diversas formas de desinformación. Podríamos decir, por la mentira sistemática. La prensa servía tanto para la glorificación y/o adhesión forzosa al sistema como para la execración de un enemigo con mayúscula, encarnación del mal absoluto.

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