LA JUSTICIA COMO COARTADA, por Javier Astasio

Curioso país este nuestro, en el que las fachadas de los edificios que albergan tribunales son más conocidas por quienes siguen la actualidad a través de los telediarios que muchos monumentos y paisajes. Curioso país en el que los niños podrían coleccionar cromos, me extraña que a nadie se le haya ocurrido, de jueces y tribunales, en vez de hacerlo con los rostros de los futbolistas y los escudos de sus equipos.
Vivimos en un país en el que, pese a llevar a cuestas la peor de las famas, la justicia es siempre, si no el último recurso, sí la gran coartada para quienes no quieren asumir sus responsabilidades y sí que sean otros quienes las asuman por ellos. En este país, especialmente desde que Federico Trillo asumió el papel de "trotajuzgados" del PP, llevando a los tribunales todo aquello que su partido era incapaz de ganar en buena lid en el parlamento, todo acaba en los juzgados, desde lo más insignificante a los asuntos más trascendentes.
Así, por ejemplo, el estatut aprobado por el Parlament de Catalunya, refrendado por la mayoría de los catalanes, respaldado por la mayoría del Congreso de los Diputados y firmado por el rey Juan Carlos, acabó en el Tribunal Constitucional que, después de años de discusión limó tanto sus presuntas aristas que, en algunos aspectos, lo dejó más romo, incluso, que los estatutos de Andalucía o Extremadura. Todo un triunfo para el PP que, desaparecida la amenaza de ETA, había hecho del enfrentamiento con Cataluña su razón de existir y la coartada para todos sus excesos. Mal asunto, porque, a veces, la ley se queda en papel y llena de insatisfacción a quienes nos vemos sometidos a ella.
No es la primera vez que digo que desde aquel "Pacto por la Justicia", que, con Zapatero aún en la oposición, el luego ministro Juan Fernando López Aguilar firmó con el PP en aras del talante, sin caer en la cuenta de que estaba entregando a Aznar y os suyos las llaves de casi todos los tribunales, permitiéndole sentar en ellos a "sus" magistrados a la espera de que tan alta dignidad, ese broche en sus carreras, les fuese oportunamente "cobrada".
Quizá por eso, por saberse bien representado en todas las instancias, Mariano Rajoy ha dejado que todo se pudra entre sus manos, sin tomar decisiones, sin mancharse las manos, como un Pilatos de este siglo que, antes de sentarse a dialogar con sus adversarios, opta por llevar las disputas a los juzgados, a sabiendas de que en ellos se alargan los plazos y se diluyen las responsabilidades.
Lo hemos visto en todos y cada uno de los casos de corrupción en que su partido o su gobierno se han visto implicados. Lo estamos viendo en el Parament de Cataluña, en el que, en lugar de hablar para encontrar soluciones, se optó por llevar ante los tribunales a los responsables del imposible en que se ha convertido esa autonomía, con peticiones fiscales gravísimas, legales o no, arriesgando su prisión y, por lógica, el conflicto callejero con sus votantes. En cualquier caso, una mala, una cobarde solución, que tardaremos años en pagar.
Lo peor es que la actitud de Rajoy ha creado estilo y ya son muchos, lo hace cualquiera, quienes, en lugar de asumir sus responsabilidades, optan hipócritamente por lavarse las manos en la fuente de la Justicia, en lugar de cumplir con las responsabilidades para las que han sido elegidos. Lo acabamos de ver en el tenebroso asunto de la Universidad Rey Juan Carlos, que se ha dejado convertir en nido de chiringuitos clientelares, en los que, según quién seas, previo pago de las correspondientes tasas, te envían el título a casa, sin más esfuerzo que alguna que otra foto. Su rector, después de dar por buena en solemne rueda de prensa la versión de Cristina Cifuentes, agobiado por las evidencias que la desmentían puso en marcha una investigación interna, con la CRUE como testigo o como coartada, de la que se desprende como resultado la existencia de gravísimas irregularidades en ese y otros casos. Suficiente para castigar, incluso con la expulsión, a los profesores responsables de la trampa. Pero, como perro no come perro, en vez de asumir la capacidad disciplinaria que tienen, esperarán a lo que digan los tribunales. O sea, poner a la Justicia como coartada.

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