La joie de vivre, por Gabriel Merino

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Despreocupación, hedonismo, ocio, tranquilidad, relajación…

No sé si la edad, los achaques, la preocupación, la precariedad, la inseguridad, la responsabilidad, el miedo, las obligaciones, el deber, la carencia, la injusticia, la expectativa o el agobio nos hacen perder aquella alegría de vivir con la que crecimos siendo niños y con la que algunos –no sé si cínicos, irresponsables, downshifters o peterpanes- consiguen seguir viviendo, como si fueran Diógenes en el tonel.

 

Los que escribimos -especialmente cuando crecemos- a veces, nos generamos una necesidad de trascendencia,  de calidad o de fabricar contenidos sesudos o de presunta importancia que muchas veces frustra o marchita un impulso sencillo: reir, hablar de una tontería, verse reflejados momentáneamente en palabras simples  o, sencillamente, disfrutar o liberarse a través de la expresión. Ya no como arte o poesía, sino casi como una necesidad fisiológica: soltar.

 

Observo que cuando uno atraviesa un momento grave como el que sociológicamente dicen que estamos pasando tiende a ponerse solemne, doctoril, campanudo, y más especialmente cuando sabe que lo que dice o escribe puede llegar a otros. Es como postular, filosofar o tratar de dar lecciones magistrales. Hoy, pensando en qué nuevas grandes ideas podía aportar al mundo, he echado de menos con cierta melancolía un tiempo y edad en que ni siquiera me planteaba que yo fuera capaz de aportar soluciones y en que el leitmotiv de levantarme cada día era –sencillamente- vivir ese día. ¿Irresponsable?. Quizá, por lo menos, sin ese síndrome de imprescindible…

 

Ya un poco más mayor que cuando era  un niño, asistí a fiestas indolentes en que todo era estar de paso en una etapa transitiva, estirada y sin ánimo de trascendencia: hablar de música, del tiempo, de bellezas subjetivas o efímeras, de pequeñas alegrías instantáneas. No tengo nostalgia por aquello, aunque sí un poco por aquella  joie de vivre de encontrarse en una estación de paso sin grandes responsabilidades, o por lo menos sin sentirse cargado con ellas.

 

La frescura insultante de los más jóvenes -que desde nuestra perspectiva a veces confundimos con falta de compromiso- es, quizá, la prueba más fehaciente de que el reloj biológico no perdona a nadie y nos va creando poco a poco –por más gimnasios, botox, siliconas o viagras que algunos se traguen o implanten- un poso. En el momento en que perdemos definitivamente esa alegría de vivir con la que es obligatorio levantarse cada mañana, muy por delante de las responsabilidades o de las hojas del debe y haber, es que estamos muriendo ya un poco.

 

Y al final, los mayores –carentes de esa alegría, del empuje natural de quien  sabe que no es necesario estar haciendo historia cada día-  nos creemos imprescindibles, pero es que son siempre los jóvenes quienes cambian el mundo.

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