LA IMPOSTURA DE TRUMP, por Javier Astasio


Cada vez tengo más claro que Donald Trump no es más que un impostor, un tipo que ha llegado a la Casa Blanca, más por haberse hecho con la combinación para acceder a ella que por merecerlo. De hecho- Trump, pese a que una gran parte de quienes le temían o le despreciaban -espero que estos últimos hayan dejado de hacerlo- el día de las elecciones se quedaron en casa, quedó a casi tres millones de votos de su rival, algo que, cuando menos, le augura que la suya va a ser presidencia socialmente complicada, con la calle soliviantada y presta a la protesta.
Trump lo sabe y, por eso, él y sus colaboradores, en esa construcción de realidades alternativas a la dura realidad, se esfuerzan en sembrar el campo de mentiras tendentes a hacerle necesario en el corto imaginario de sus votantes y a restar valor moral al importante resultado de Hilary Clinton. Por eso, ayer mismo, se proclamó defensor de la seguridad de América y los americanos, aunque sea mediante la odiosa e ineficaz tortura que, lejos de ayudar a combatir el terrorismo, a base de dolor e injusticias, acaba por convertir en terroristas a quienes, las más de las veces, no pasarían de sospechosos.
La experiencia nos dice que, cuando personajes como Trump no tienen nada que ofrecer a su gente, inventan enemigos: terroristas islámicos, inmigrantes que llegan para traficar con drogas o extender la violencia, como si, en eso, los Estados Unidos necesitasen ayuda externa. No sé por cuánto tiempo, pero, por desgracia, tan odiosa fórmula funciona y el estridente Trump tiene entusiasmados a sus seguidores, de paladar nada fino y tan fáciles de contentar como el público de Telecinco.
Trump es la imagen del jefe arbitrario y cabreado que todos, yo también, alguna vez hemos tenido. Esos jefes vociferantes, maleducados, llenos de aspavientos, de puñetazos en la mesa y portazos, a menudo mentirosos que, después de arruinar el trabajo y la convivencia se van, como si nada, con la música a otra parte.
Tengo la impresión de que a Trump, hijo de un multimillonario, le ha faltado siempre quien le corrija tanto machismo, tanta zafiedad y tanta prepotencia como rebosa por cada uno de sus poros. De ahí, ese gusto obsceno por las barbies rubias, por el mármol y el oropel, ese afán por el maltrato y el desprecio a cuantos tenía o creía tener por debajo, que para él son todos. Todo un gamberrete que ha pasado de los juegos y las bromas a la realidad, que por desgracia para todos con él se convertirá en cruel e injusta para casi todos, porque él, cegado por los focos desde hace tanto, es incapaz de ver que, tras las luces, está el mundo.
Trump, aunque él y sus seguidores crean lo contrario, es un impostor. Un impostor que ha aprovechado las fisuras del sistema para escalar a lo más alto y que, ahora que está allí, no tiene muy claro que hacer, salvo vociferar, amenazar e insultar. Y, como todo buen impostor, sabe que, antes o después, su impostura va a quedar al descubierto. Así que, como quien entra a robar en una joyería, está vaciando mostradores, vitrinas y escaparates, rompiendo y echando por los suelos todo aquello que, como los derechos y las libertades, para él, carece de valor.

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