La hora de Wert, por Javier Astasio

 
 

Fue, precisamente, un catedrático de Ciencias de la Educación, Laurence J. Peter, quien definió el principio que lleva su nombre, ese que todos hemos escuchado alguna vez y al que todos hemos puesto mil caras, le mismo que viene a decir que "en una jerarquía, todo sujeto tiende a ascender hasta alcanzar su máximo nivel de incompetencia". Fue precisamente un catedrático de Ciencias de la Educación y tal parece que, cuando lo formuló, estaba pensando en nuestro ministro de Educación y Cultura, porque el "joker" Wert, torpeza tras torpeza, insolencia tras insolencia, está, si es que no lo ha hecho ya,  a punto de alcanzar la cima de lo incompetente que puede llegar a ser.

Le recuerdo en aquellos primeros ochenta, cuando ya gustaba de acudir a la radio, después de haber estado en la cúpula del CIS y cuando ya escapaba del centro político por la puerta de la derecha, hacia la frustrada Coalición Democrática que acabaría siendo el germen del PP. Adoraba tanto el micro como las butades y le encantaba sembrar la polémica allá por donde pasaba y he de reconocer que, aunque un tanto pedante, en las distancias cortas resultaba simpático.

Yo era por aquel entonces un recién llegado al periodismo, casi por accidente. Era licenciado en Ciencias de la Imagen y había dejado colgados los estudios de Veterinaria, quizá porque llegué a la conclusión de que tenía demasiadas cosas en la cabeza como para dedicarla sólo al estudio. Os lo cuento, porque, si yo pude hacer ese quiebro en mi vida, fue porque colaboraba en el negocio familiar por las mañanas y, por las tardes, iba a la facultad o al cine, que me enseñó tanto como los profesores.

De no haber sido así, probablemente hubiese acabado en cualquier oficina o hubiese seguido con la tienda de mi padre.

Recuerdo también que en algún momento de mi vida tuve beca y que era brillante en las revalidas, bastante más que Aznar, sobre todo en latín y ciencias, con lo que alcanzaba ese notable de media que se exigía para tenerla. A la beca renunciaron mis padres, porque, a pesar de tener cuatro hijos, consideraron que podían pagar nuestros estudios, como así lo hicieron, dándonos carrera universitaria a los cuatro. Por eso me echo a temblar sólo de pensar que hubiera sido de nosotros si nos hubiese tocado convivir con una crisis como ésta. Probablemente, hoy llevaríamos guardapolvos si es que los carrefures, los mercadonas, los dias y los alcampos nos hubiesen respetado. También, durante seis años, di clases en la Universidad y allí pude comprobar lo enriquecedora que resulta la mezcla de alumnos de distintas clases sociales,  cómo el pedigrí económico de los padres no garantiza nada y cómo las más de las veces, al menos en lo mío, pesan más las inquietudes que el esfuerzo.

Si mezclo todos estos recuerdos, es porque creo que lo que pretende el ministro es una canallada. Es poco menos que expulsar de la Universidad a todo aquel que no disponga del patrimonio familiar que le permita hacer una carrera cómoda, mientras, de paso, disfruta de una vida que, probablemente, le enseñará lo que no se aprende en las aulas. Le doy vueltas desde que ayer escuché el desprecio con el que el ministro "expulsaba" de las aulas a quienes, a diferencia de él, carecen de recursos para desgastar el patio del Colegio del Pilar. Lo que dijo sólo lo puede decir quien no ve más allá de sus narices, quien no ha conocido nunca la realidad. Sólo lo puede decir "el rey de la montaña" que nació en la cima y, ahora que ha vuelto a ella, está dispuesto a impedir que nunca más vuelvan a subir a ella los de abajo.

Lo que Wert, tan acostumbrado a tomar el pulso a la sociedad, parece olvidar es que el Estado es de todos y no de unos pocos y que este país lleva tres décadas y media  viviendo en democracia. También, que las mayorías absolutas, si son despóticas y torpes, duran cuatro años como mucho. Por eso no tiene sentido hacer leyes en contra de una parte de la sociedad que, inevitablemente van a ser revocadas cuando esa mayoría caiga.

Wert ha alcanzado en apenas año y medio su máximo nivel de incompetencia y creo que ya le ha llegado su hora. Todo lo que tiene a su alrededor le viene ya grande. Su objetivo debería  haber sido hacer una reforma aceptable por toda la sociedad. Y no lo ha conseguido. Más bien al contrario, ha conseguido aunar a toda la sociedad en su contra. Creo que, parafraseando su salvajada de ayer, debería considerar si no debe estar en otra parte.
 
 

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