La hora de los fantasmas, por Javier Astasio


Lo ha conseguido. Felipe González, el político al que, no sólo he admirado, como, con sus luces y sus sombras, he admirado a Adolfo Suárez, sino que le di mi voto muchas veces, me ha cabreado como nunca imaginé que podría hacerlo.
Convertido en ese jarrón chino en que, como el mismo dijo, se convierten los ex presidentes, se deja querer y sale de gira de foro en foro, de televisión en televisión, diciéndonos a los pobrecitos españoles, incapaces, al parecer, de saber por nosotros mismos lo que está bien y lo que está mal, lo que nos conviene y lo que no nos conviene. Y Felipe, dado como siempre a la charla y a hacer de su experiencia, cada vez más lejana y limitada, categoría, se permite, por ejemplo, calificar de "aventura bolivariana" la experiencia electoral más ilusionante y gratificante que hemos vivido los españoles en los últimos veinte años de democracia.
Se olvida González, como bien me recuerda Carlos Mianimal, amigo de Facebook, de que también él tuvo un pasado "bolivariano" hace ya casi cuarenta años. Se olvida de que las sociedades, cuando se ahogan en tiranía o corrupción, cuando ven que sus representantes se alejan de sus promesas y de la gente que les ha dado sus votos, cuando ven que los partidos se convierten en agendas de colocación o gestorías para los negocios propios o ajenos, ciegos y sordos al dolor y el malestar de la calle, las sociedades cambian y, de paso, cambian de líderes.
No seré yo quien niegue a Felipe González el mérito que tuvo y no seré quien diga que su partido ha sido siempre así. Pero no puedo callar que ni él ni su partido son aquellos que me ilusionaron, nos ilusionaron, hace ya más de treinta años, Ahora, Felipe y su partido están más cerca de las empresas y los empresarios que lo estaban entonces y me pregunto si quien, no se lo niego, transformó este país hace tantos años sería capaz de vivir, ahora que tiene sillón en el consejo de administración de Gas Natural, en aquel piso del madrileño barrio del Niño Jesús.
Son demasiados años, demasiadas sobremesas, demasiadas manos estrechadas, cada vez menos sucias y callosas, aunque benditas por el trabajo, demasiadas adulaciones, demasiadas comodidades, como para volver a pensar en la gente. Estar con la gente no es salir a la mar con un amigo pescador o disfrutar de una velada de flamenco con el desaparecido Chano Lobato y un público tan selecto como él mismo. A Felipe González que nos trajo la ilusión después de tantos años se le ha olvidado qué necesita la gente. No hay más que ver cómo su propio partido ha ido cambiando con él, como su partido, que ahora se coloca enfrente, fue quien puso la llave para el proceso que está llevando al deterioro de la enseñanza y a sanidad públicas.
Felipe González, sin saberlo o, por el contrario, con conciencia de hacerlo está tomando partido por el aparato mediático que buscaba y busca la consagración del bipartidismo. A Felipe González le preocupa que "la aventura bolivariana" de Podemos nos lleve a la catástrofe y lo dice desde su cómoda posición en la catástrofe que él mismo contribuyó, a veces con el silencio, a veces con sus comentarios fuera de lugar ha ayudado a traer o asentar.
Felipe González ¡qué pena! se ha sumado al coro de agoreros que agitan los fantasmas de la catástrofe y el caos, simplemente, porque no los pueden controlar. Lo que ha sucedido el domingo es la prueba evidente de que todo tiene un límite, también la capacidad de sufrimiento y resignación de los españoles y para, mi desgracia, estoy seguro de que en los próximos días vamos a asistir a un bombardeo de insidias, éstas sí, dosieres, infundios y acciones desconcertantes, como la del desalojo de Can Vies en Barcelona, que buscan el desprestigio de quienes consiguieron, sin apenas medios, carca de un millón trescientos mil votos que están dispuestos a sumar a quienes realmente quieran acabar el nefasto bipartidismo que nos ha traído hasta aquí.
Ha llegado la hora de los fantasmas, ya los agitan ante nuestras narices y, os lo aseguro, nos vamos a cansar de verlos.


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