‘La historia que se repite’, por Javier Astasio

 
 
Hoy lunes, fecha en que se conmemora el Día Internacional por la Erradicación de la Violencia de Género, amanecemos con el recuerdo del horror vivido ayer en Torrelaguna, el pueblo madrileño en el que ayer, una vez más, un energúmeno asesinó a quien había sido su pareja y era la madre de su hijo. Y, si lo hizo fue, fundamentalmente, porque nadie se le impidió. Creo que al margen de campañas informativas más o menos efectistas, más o menos eficaces, la solución que permita poner fin a esta terrible forma de terrorismo, a esta lacra social, está en la educación, en enseñar a nuestros hijos a respetar a sus hermanas, a sus compañeras y a sus vecinas como iguales, y en enseñar a vuestras hijas a hacerse respetar, siempre y por todos.
Es mucho lo que hay que cambiar y no basta con atajar los brotes de violencia cuando un hombre le levanta la mano a una mujer. Hay que actuar antes. Antes incluso de que le levante la voz, la primera vez que nos enteremos de que se siente con derecho a decidir cómo han de vestir o con quién hablan o salen, qué ven, qué leen, no sólo la mujer, la compañera o la novia, sino, también, las hijas o hermanas.
Conseguir que nadie, porque tenga entre las piernas algo distinto de lo que tienen ellas y por muy orgulloso que se sienta de ello, se crea por encima de una mujer, de las mujeres es algo que se consigue desde la cuna, algo difícil en lo que tenemos que participar todos. Algo contra lo que, quienes hemos nacido en otros tiempos, quienes de niños nos dábamos de bruces en la peluquería con los crímenes pasionales de EL CASO, quienes escuchábamos en las bodas eso de "compañera te doy", como si la mujer no fuese tal, sino una res, quienes hemos crecido entre el machismo y para el machismo, algo que tenemos que luchar por erradicar de nuestras mente y de nuestras vidas.
Tenemos que luchar contra todo esto educando a nuestros hijos e hijas desde la igualdad, mezclados en las aulas, comprobando que, tanto ellos como ellas, aunque diferentes son iguales. Y ayudándoles a entender esas diferencias, no como privilegios o limitaciones, sino como complementos. También en los hogares, pero sabiendo que, en ausencia de esa formación que debería darse en casa, se hace necesaria la que, desde la escuela, garantice un mínimo universal de conocimiento del derecho a la igualdad.
Pero vamos por mal camino, porque, desterrada la asignatura Educación para la Ciudadanía de las aulas, quieren que impartan ese aprender a convivir tan necesario quienes son capaces de publicar un panfleto como "cásate y sé sumisa". Queda mucho por hacer y ese no es el camino, porque ese camino considera sagrada la unión entre hombre y mujeres y considera a la pareja mujer como una gracia concedida por un ser supremo de dudosa existencia, No como una igual. De ahí vienen tan terribles comportamientos como el de consentir que a una mujer se la desprecie, se la humille y se la aísle como paso previo hacia esa terrible forma de esclavitud en que algunos convierten la vida con la pareja antes de ejercer a la violencia física sobre ellas.
Cuando esta mañana he escuchado al alcalde de Torrelaguna que este último asesinato se veía venir, porque el cobarde asesino no respetaba las órdenes de alejamiento, hasta doce, y porque en los bares no se cansaba de anunciar lo que acabó haciendo ayer, no he podido por menos que sentirme culpable de pertenecer a una sociedad que no impide que sucedan estas cosas, las amenazas, los insultos, ni denuncia hasta que ya es tarde y sólo queda lamentarse. No basta, aunque es bueno hacerlo, con concentrarse en las plazas unos minutos en silencio. El crimen machista de Torrelaguna es una historia que se repite, pero... ¿Hasta cuándo?
 
 
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