LA HERENCIA DE FERNÁNDEZ DÍAZ, por Javier Astasio


Espeluzna pensar que el Ministerio del Interior de la primera legislatura de Rajoy lo era "de parte", con una cúpula policial que mueve a la náusea, con un director de la Guardia Civil que rayaría en el ridículo de no haber ocupado el cargo que ocupaba y una política de asignación de subvenciones, por la que una organización como "Hazte oír", la que ha fletado el autobús naranja del odio al diferente, recibe millón y medio de euros en subvenciones por su interés público. Espeluzna y produce miedo y asco, todo a un tiempo.
Sobre el abominable autobús y su cruzada contra esos niños y niñas nacidos en un cuerpo equivocado que hoy, al contrario de lo que venía ocurriendo hasta ahora, pueden elegir ser felices, ya está dicho casi todo y, afortunadamente y salvo deshonrosas excepciones, nos queda el consuelo de comprobar que este país es más civilizado y tolerante de lo que piensan algunos. Aun así, a pesar de los aspectos positivos de la polémica, habría que ponerse "manos a la obra", y no me refiero al Opus, para exigir explicaciones de por qué, una organización tan retrógrada e intolerante, nacida para apoyar a Aznar en su cruzada contra el matrimonio igualitario que se aprobó en la primera legislatura de Zapatero, recibe dinero de los presupuestos, un dinero que, directa o indirectamente, se detraería, por ejemplo, de becas y comedores escolares. Por más que lo piense, la única explicación plausible que encuentro a tamaño disparate es la de que el pensamiento, si es que existe, de los promotores de Hazte Oír y el del ministro Fernández Díaz es el mismo, porque interés para los ciudadanos decentes, al menos yo no se lo veo.
Y, si siniestra fue la política de subvenciones de Fernández Díaz, no lo ha sido menos su criterio para elegir a quienes debían hacerse cargo de la Policía y la Guardia Civil. Por ejemplo, para esta última, a Arsenio Fernández de Mesa, un personaje del que su mérito principal parece ser su amistad que le une a  Mariano Rajoy, puesto que su gestión de la crisis del Prestige desde la delegación del Gobierno en Galicia, o ese pasado más o menos falangista no parecen patrimonio suficiente para hacerse cargo de la Guardia Civil, como dejó demostrado en la gestión de los terribles sucesos de la frontera de la playa del Tarajal en Ceuta o con ese ridículo retrato en quedó inmortalizado, de civil, pero cargado de medallas y en actitud de militar que dejó en la Dirección General del Cuerpo, para regocijo de más de un visitante,
Pese a todo lo anterior, la peor herencia del ministro Fernández Díaz es esa "policía particular" creada en su ministerio, como un monstruo de Frankenstein, hecho de recortes del peor pasado, con el único fin de desprestigiar a los adversarios de su gobierno, especialmente la familia Pujol y los soberanistas catalanes, junto a Podemos. Una brigada de uso privado, dirigida por el siniestro comisario Pino, con inconfesables contactos con la oscura agencia de detectives Método 3, encargada de elaborar dosieres que, convenientemente filtrados a la prensa, funcionaron como ariete contra los independentistas en momentos clave, pero que, al final, han dejado todo tan emponzoñado y tan al margen de la ley que difícilmente servirán para condenar a los autores de los delitos que aireaban, si es que en realidad fueron delitos reales, por la ilegal forma de obtener las presuntas pruebas.
Esa es la herencia de Fernández Díaz: vírgenes condecoradas a bombo y platillo en pleno siglo XXI, autobuses de naranja y odio, un director de la Guardia Civil digno de un baile de carnaval, sentado hoy en el consejo de administración de Red Eléctrica y una hedionda policía política, salida de las cloacas, que ha contaminado, con sus métodos tan sucios, gran parte de la arquitectura probatoria de importantes casos de corrupción. En fin, una herencia que seguirá perjudicándonos durante más de una generación, una herencia espeluznante.

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