La francotiradora, por Javier Astasio



Alguien debería expñlicarle a esta mujer que todo eso que aprendió de niña, a veces dudo que lo haya sido, probablemente con las monjas, no es verdad. Alguien debería explicarle que eso que ella supone que es el alma no es más que una acumulación de experiencias almacenadas en su cabeza gracias a esa maravillosa casualidad electro orgánica que es nuestro cerebro. Alguien debería decirle que el día que nos deje volverá a ser poco más que carbono, fósforo y calcio, amen de algún que otro gas más o menos maloliente, que, esos sí, subirén a eso que llamamos cielo y que no es más que la atmósfera sucia y contaminada especialmente gracias a ella.
Alguien debería decirle que la inmortalidad no es otra cosa que el recuerdo, bueno o malo, que va a quedar de nosotros en quienes nos han conocido. Nada de angelitos con túnica blanca sentados en las nubes velando por los que hemos dejado abajo, en la tierra. Apenas, en el mejor de los casos, un libro en el que se nos cite, con suerte para bien, una placa o el nombre de una calle por la que, al cabo del tiempo, pasará la gente sin recordar o sin haber sabido nunca quienes fuimos.
Lo del cielo y el alma junto a dios no es más que una añagaza para justificar ese trabajo tan sucio que algunos hacen a su paso por la tierra, porque, si no creyesen en que al final de su existencia, existiese ese túnel de lavado en el que desprenderse, bajo el agua a presión de las oraciones propias o ajenas, de todas las malas acciones, las arbitrariedades y las injusticias que dejamos en nuestro paso por la vida, se haría muy difícil y angustioso vivir.
Por eso las misas, con sus rituales adormecedores de cuerpos y conciencias. por eso la caridad y las "buenas obras", las cesiones de terrenos, que son de todos nosotros, para construir universidades y criptas para uso, disftute y negocio de sectas ultracatólicas, y por eso la caridad vestida de pieles y pulseras tintineantes para con algunos pobres, a ser posible los de la propia parroquia.
Doña Ana Botella, primera dama que quiso ser, sin pedir permiso a la reina Sofía, y alcaldesa que dejara de ser sin haberlo sido con el permiso de los madrileños, es el paradigma de todo lo que don Benito Pérez Galdós criticó en sus novelas. Ana Botella, capaz de dejar que se humedezcan sus ojos delante de un altar es también capaz de contemplar impasible, sin inmutarse, cuando se arroja a la calle a familias enterases, con enfermos, ancianos y niños, cuyo único delito ha sido el de haberse dejado devorar por la crisis y el de haber creído que esa vivienda social que un día, después de todas las gestiones imaginables y de haber demostrado que era si única salida, iba a ser para ellos mientras la necesitasen y que, incluso, acabaría siendo de su propiedad al cabo de los años con el pago de su alquiler.
Pero no, Ana Botella, que debe pensar, como su tenebroso marido y sus admirados Ronald Reagan y Margaret Tatcher, que los pobres no son aún suficientemente pobres y que los ricos tampoco son sufocientemente ricos, prefirió vender todas esas viviendas a un "fondo buitre" de esos que pagan los fondos de pensiones de alemanes y japoneses con la sangre y el dolor de estos y otros españoles desahuciados y que, a base de matonismo, especulación y amenazas, convierten el hogar de algunos en el sobre que, puntualmente y probablemente sin que conozcan su origen, llega cada mes a los pensionistas suscriptores de sus fondos,
Pero no os preocupéis por la pobre Botella. Seguro que, como ese francotirador que fríamente, sin apenas emoción, ejecuta, uno a uno,a  distancia  y protegido tras la mirilla de su fusil de cualquier asomo de duda, los objetivos de los señores de la guerra que, donde otros vemos sufrimiento, sólo ven beneficios y poder, encontrará un miserable Clint Eastwood que la justifique.


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