La Europa de..., por Javier Astasio


Soy de una generación para la que Europa era un sueño de libertad y bienestar y era, sobre todo, el futuro. A mi generación la convencieron, muy a regañadientes, para que diese su SÍ al ingreso de España en la OTAN, porque, nos dijeron, esa era la condición, la llave, para entrar en lo que entonces se llamaba Mercado Común y mi generación les creyó, mi generación llegó a pensar que los de aquí llegaríamos a ser, que de hecho éramos, como los alemanes. Por eso, por todo lo que llegamos a creer y querer, la decepción, el despertar de aquel sueño europeo, es tan duro.

Creímos que la vieja y cansada Europa llegaría a ser la Europa de los ciudadanos, la Europa del derecho unificado y la justicia social, una especie de estado supranacional, una federación, en la que se cumpliese el sueño de extender el bienestar, la riqueza, la justicia social y el progreso de los países del norte a los del sur.

En cierto modo, para algunos, no para todos, se cumplió parte del sueño. Los pensionistas alemanes pudieron vivir su retiro en España, en pueblecitos blancos, con casi todos los días del año soleados. Pudieron, incluso, elegir a los alcaldes de esos paraísos, dejando lejos, en su país, el frío invierno y la frialdad metodista de la severa sociedad alemana. Algunos empresarios, algunos inversores, han podido, también, llevar su dinero a esos fríos países donde era menos necesario, aunque estaba más seguro y era más rentable. También los trabajadores de baja cualificación han podido cruzar Europa en autobús para ganar en Alemania u Holanda lo que aquí no podían soñar. Lo que no ha habido es trabajadores alemanes que hayan hecho el viaje inverso para ser mano de obra en España. Y, eso, porque las fronteras, como el cristal, ya no se ven, pero ahí siguen y son demasiado exquisitas a la hora de regular el flujo de quienes las cruzan.

Nos engañaron. Nos dijeron que la unión política podía esperar, que lo que urgía era la unión económica y, de la noche a la mañana, nos convertimos en mercado, en el mejor de los mercados para los coches y los electrodomésticos alemanes, por ejemplo, mientras ellos se comían nuestras hortalizas con la aprensión de quien se come lo que crece en los muladares. Y les bastó un episodio fuera de control, de pericia y de prudencia, para echar abajo uno de los sectores más boyantes de la economía española.

No hemos tenido suerte. Hemos quemado el sueño eligiendo un parlamento mastodóntico que se mueve como un mastodonte cansado para aprobar pasados reglamentos leyes que rara vez llegan a cumplirse porque a los gobiernos les viene bien asumir las multas a costa de los ciudadanos. Hemos "parido" un ejecutivo europeo, la comisión, al que paraliza el miedo, o la prudencia, que a veces es una forma de miedo, cada vez que tiene una decisión urgente que tomar que pueda no agradar a la todopoderosa Alemania. Hemos creado, en fin un gobierno que no gobierna y que, cuando lo hace, lo hace después de haber mostrado sus cartas a diestro y siniestro, arruinando la jugada.

Es triste y me duele mucho reconocerlo, pero apenas queda nada de aquella Europa que nos vendieron González y Kohl, Kohl y González. De aquella Europa de los ciudadanos, apenas queda nada y, a cambio, estamos malgastando el tiempo y el dinero que no tenemos en mantener viva, con respiración asistida, la Europa de los mercachifles y los politicuchos, la que sólo se mueve por egoismo, la que sólo se mueve por el dinero.

Pese a todo, sigo creyendo en Europa, pero no en esta Europa.


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