La dura realidad, por Javier Astasio

 
 
Quienes somos o hemos sido padres de colegiales sabemos de sobra lo duro que es tener que hurgar en los bolsillitos para que nuestros hijos tengan esa caja de pinturas o esa mochila nueva, necesaria para no ser distintos de sus compañeros. La falta de ayudas para la compra de libros y los recortes en becas de comedor van a traer de nuevo a nuestras escuelas aquellas escenas ya superadas de niños con bocadillo de fiambre barato o de sobras de la cena de la noche anterior, frente a los niños con bocadillo de pan tierno, jamón serrano del bueno o cualquier otro manjar. No digamos ya lo que va a pasar cuando se organicen las primeras actividades extraescolares, a las que quienes tienen a los padres en paro difícilmente van a poder apuntarse.
Va a ser duro. No la convivencia entre los alumnos que, al fin y al cabo, niños como son, acabarán superándolo todo y estableciendo las redes solidarias que permitirán superarlo. Va a ser duro, porque, después de tantos años, los niños van a comprobar y vana a aprender que no todos ellos son iguales, van a ver como los que tienen recursos en casa como para comer bien en casa y pagar el comedor escolar o llevar un buen "tupper" al cole con la rica comida de mamá y, también, el material escolar preciso para hacer frente al curso.
Ya nada va a ser igual y no va a pasar mucho tiempo sin que comiencen a manifestarse en los niños problemas de desnutrición, porque, no debemos olvidarlo, para muchos escolares españoles, la que les daban en el colegio era la única comida "decente" que hacían al día. Pero no sólo eso, cualquier profesor o cualquier médico saben de sobra que una mala alimentación, desequilibrada e irregular, influye sobremanera en el rendimiento escolar. Los niños que no desayunan en condiciones, a veces los mimos que tampoco han cenado en condiciones la noche anterior, tienen muchos más problemas a la hora de atender en clase y comprender las explicaciones del profesor.
Y qué decir de todos esos niños que llegan de otro país, con otra lengua, con otra cultura, con otros conocimientos, si los tienen, que, a partir de ahora, no tendrán la ayuda de los profesores de apoyo, para poder ponerse al nivel de sus compañeros de aula y, sobre todo, para no retrasar con sus dificultades al resto de compañeros.
La presidenta de la Comunidad de Madrid lo tiene claro. Lo tiene muy claro desde la más absoluta y cruel de las insolidaridades. A ella y a los suyos no les va a ocurrir nunca eso de mandar a los niños al cole sin desayunar, tampoco les van a faltar el compás y el cartabón con que aprender a dibujar. Lo suyo es otra cosa. Sus nietos irán a esos carísimos y excluyentes colegios, fábricas de élites, de los que sale y saldrá la clase dirigente de este país. Es más, cuanto peor les vaya a los humildes, mejor les va a ir a ellos. Así, la Universidad volverá a ser lo que siempre fue, el lugar donde, además de culminar su formación, esas élites se relacionan entre sí, sin incómodos testigos, para consolidar esa clase dirigente que perpetúe las desigualdades y las injusticias que creíamos erradicadas de este país.
Creo que aún no somos conscientes de la dureza de lo que acaba de comenzar. Creo que, conforme vayan pasando los meses, iremos percibiendo todo eso que vamos a perder, los desequilibrios en unas aulas saturadas, el cansancio de los profesores llevados al límite de su esfuerzo y, sobre todo, el terrible daño que se le infringe al futuro de este país.
 
 
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