La diferencia es el consentimiento, por Gabriel Merino

http://amimeobligaron.blogspot.es/img/confe.jpgUn tipo llamado Benjumea, redactor jefe de la revista oficial de la secta religiosa mayoritaria en nuestro país, acaba de afirmar en su panfleto: “Reducido el sexo a simple entretenimiento, ¿qué sentido tiene mantener la violación en el Código Penal?. ¿No debería equipararse a otras formas de agresión, como si, por ejemplo, obligáramos a alguien a divertirse durante unos minutos? ¿Por qué tanta disparidad en las condenas? Cuando se banaliza el sexo, se disocia de la procreación y se desvincula del matrimonio, deja de tener sentido la consideración de la violación como delito penal". Y se ha quedado tan pancho.

Si en vez de una revista católica se hubiera tratado de un órgano de expresión empresarial, de partido, de opción sexual, sindical, de la tercera edad, musical, de juegos de mesa, militar  o de cualquier sector laboral, seguramente ya habría habido acusación de oficio por parte del fiscal por incitación al delito. El estimado Benjumea hace ver en el mismo texto que “juega con las palabras” para denunciar la permisividad cultural en que vivimos. Peligroso. Porque esta cultura es precisamente la que secularmente inscribe en su religión a menores –bebés, para ser exactos- sin volición, entendimiento ni consentimiento y después, cuando alcanzan la edad de la razón y de la decisión no les da autorización a desligarse definitivamente de sus listas o a borrarse. Esa violación del consentimiento de afiliación desde la cuna ya sugiere que los pensadores, ideólogos y organizadores de su religión no están demasiado autorizados para hablar de lo que es entretenimiento, violación, banalidad, obligación, disparidad o delito con limpieza absoluta.  ¡Que inscribiera bebés en sus listas un partido político, a ver qué decían los jueces!.

Para toda actividad humana, ya sea ingresar en una religión, echar un polvo, ser esposado como entretenimiento lúdico durante el sexo, confesar, hacerse vegano, decidirse por la abstinencia sexual, comulgar, casarse civilmente o por la iglesia, usar anticonceptivos, hacerse sacerdote, meter por delante o por detrás, hacer ayuno o aportar al cepillo o a la casilla X de la renta, lo básico e indispensable es el consentimiento. Cualquier violación externa de estos derechos, por elástica que le parezca a Benjumea, se convierte un delito si previamente el beneficiario o participante de esos actos voluntarios había consentido libremente en ellos, siempre que ellos no constituyeran en sí delitos. 

Lo del consentimiento, lo de la voluntad, lo de razonar qué queremos y qué no, es algo que parece que se le escapa –no sé si deliberadamente- a este preclaro ideólogo religioso. Y es que es la clave. Una violación es por sí repulsiva: una violación sexual, de principios, de cualquier derecho ajeno -incluyendo el adoctrinamiento por el terror, por la obligación y por una inclusión obligatoria en una secta a menores- es un menoscabo de la libertad individual y colectiva, que eso sí que es sagrado.

Comparar el uso de la píldora postcoital  o incluso el aborto con la violación de las mujeres –no habla de los hombres tampoco: aparte de ser muy religioso este tío debe ser bastante machista- promiscuas no es de recibo. No tengo inconveniente en decir que no me gustan nada otras religiones que consideran a la mujer un humano de segunda clase o con menos derechos. Y me fastidia especialmente que la religión en la que me encuentro inmerso desde pequeño por los cuatro costados culturalmente- aunque no crea en ella, no la profese o no la practique- sea también, y sin cortarse, así.

La cosa es que el tal Benjumea es –como muchos de nosotros- un plumilla, un periodista. Pero si la revista en cuestión representa la forma oficial de pensar de la religión católica, igual el presidente de la conferencia –es decir, el ideólogo mayor, el que diceqlo que se publicita y lo que se censura y cuida el mainstream- tenía algo que decir o que reconvenir al muchacho. Porque es que si no, le está dando la razón. Y, en esta ocasión, por grande que sea su fe, el muchacho se ha pasado cuatro pueblos.

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