La Defensa y sus públicos, por @CarlosPenedoC

Hacia un concepto más amplio e integrador de la cultura de la defensa

Carlos Penedo

Resumen
La realidad y las encuestas desmienten gran parte de los argumentos habitualmente utilizados para referirse a una sociedad española distante de los asuntos que afectan a su seguridad y la defensa. Los límites que encuentran las actuaciones englobadas en la denominada cultura de la defensa están más relacionados con la mezcla de conceptos diferentes, algunos de carácter ideológico, la identificación acrítica que se pide al ciudadano entre la seguridad y sus agentes; y la confusión entre diferentes niveles y tipos de comunicación (institucional, corporativa, política) que se traduce en mensajes fragmentados y contradictorios. Los profesionales del ámbito de la seguridad y la defensa cuentan con una experiencia y conocimiento imprescindibles para que la sociedad comprenda los riesgos de la globalización, objetivo para el que deben salir de su círculo corporativo. La defensa, su conocimiento y su necesidad deben responder y proteger a la comunidad política formada por todos los españoles, comunidad diversa en ideologías y plural en formas de sentirse español, no a una comunidad ideal o inventada.

Introducción

Frecuentemente en el debate público y también especializado sobre Defensa se mezclan y confunden conceptos con un significado concreto, no intercambiable: cultura de defensa, conciencia de defensa y conciencia nacional. Se trata de términos cercanos, en algún caso conectados, pero no sinónimos, por lo que su aclaración es muy conveniente para tratar de incrementar la efectividad y alcance de los esfuerzos y actuaciones que se realizan en este campo.
De la confusión voluntaria o no de estos tres ámbitos surge una visión restrictiva que, por tanto, puede ser recibida con rechazo por amplias capas de la población por ajena o extraña.
Analizando los resultados de diversas encuestas se puede observar que los españoles sienten una fuerte vinculación sentimental y sobre todo racional con su país y el papel del Estado, y con los servidores públicos que trabajan en el campo de la seguridad. La crisis económica y las dificultades por parte de las administraciones públicas para financiar su actuación ha provocado asimismo una mayor valoración de lo público por parte de los ciudadanos, y las movilizaciones sociales en su defensa son una prueba de ello.
El problema puede ser restringir el concepto de cultura de la defensa y su destinatario -público objetivo- a un nacionalismo español bastante perfilado, lamentándose el desinterés generalizado por estos temas por parte del conjunto de la ciudadanía que lo que no comparte es un concepto restrictivo e ideológico.
La defensa, su conocimiento y su necesidad deben responder y proteger a la comunidad política formada por todos los españoles, comunidad diversa en ideologías y plural en formas de sentirse español, no a una comunidad ideal o inventada.
Desde el punto de vista de la comunicación, y la difusión de lo que llamamos cultura de la defensa tiene mucho de comunicación, en el mundo de la defensa emiten una variedad de actores y cada uno de ellos una diversidad de mensajes y en varios planos, dando como resultado un discurso fragmentado y descoordinado, a menudo contradictorio.
Las Fuerzas Armadas y más ampliamente el Ministerio de Defensa cuenta con profesionales altamente capacitados para desarrollar las funciones que les encomienda la legislación y de gran importancia para analizar y ayudar a comprender a la sociedad las implicaciones que la globalización tiene sobre nuestra seguridad y los instrumentos necesarios para hacerle frente.
En este contexto, la identificación del ciudadano con sus Fuerzas Armadas se produce por la profesionalidad de su actuación, no por valores morales que se pueden o no compartir.
La efectividad de las acciones englobadas en el concepto de cultura de la defensa dependerá de la capacidad de salir de un núcleo central y corporativo, implicar a más públicos y por su papel –junto con otras disciplinas- para ayudar a comprender la sociedad actual y la globalización, con sus ventajas y sus riesgos .

Definición de conceptos

La cultura de la defensa no puede consistir en algo equivalente a una adhesión acrítica a las Fuerzas Armadas, a sus actuaciones actuales o pasadas; tampoco a la política de defensa de un determinado Gobierno; ni debe perseguir un apoyo incondicional de un gasto en defensa opaco o poco eficiente, de un determinado volumen de compromisos presupuestarios; tampoco debe ser respaldo a planteamientos corporativos.
El mismo debate muy frecuentemente está trufado de una confusión terminológica que oscurece y confunde, lo que hace recomendable alguna aclaración semántica sobre los términos más utilizados.
La Ley Orgánica de la defensa nacional de 2005 establece en su artículo 31 que “el Ministerio de Defensa promoverá el desarrollo de la cultura de defensa con la finalidad de que la sociedad española conozca, valore y se identifique con su historia y con el esfuerzo solidario y efectivo mediante el que las Fuerzas Armadas salvaguardan los intereses nacionales”.
En realidad lo que está marcando la ley y pide a la sociedad española es una doble identificación, con su historia y con las Fuerzas Armadas. Sobre el primer aspecto, la ampliación de conocimientos históricos de los españoles no puede tener nada que objetar, aunque el grado de la identificación dependerá del pasaje histórico escogido. La segunda parte supondría un reconocimiento al trabajo que desarrollan las Fuerzas Armadas, por tanto a su desempeño profesional, pues no tendría sentido identificarse con un organismo del Estado independientemente de su actuación. Por hacer un símil, se puede creer en la Justicia pero no identificarse plenamente con el Colegio de Procuradores.
La Directiva de Defensa Nacional –DDN- de 2012, el documento que marca las líneas estratégicas de política de defensa para la legislatura, señala que “la defensa de España debe ser asumida por todos los españoles como asunto de indudable trascendencia (…). Una defensa eficaz exige la participación ciudadana, única fórmula para otorgarle continuidad y profundidad a las políticas. Por ello, se acentuará el esfuerzo en el desarrollo de una comunicación estratégica de la defensa que tendrá como finalidad fomentar una conciencia de defensa de España y, en más profundidad, una cultura de la defensa”.
Por su parte, la Estrategia de Seguridad Nacional –ESN- de 2013 dice que “la colaboración y el apoyo del ciudadano son imprescindibles. Esta implicación será posible si se fomenta una cultura de seguridad sólida, basada en el previo conocimiento, concienciación y sensibilización sobre la importancia que la seguridad reviste para garantizar su libertad, prosperidad y, en suma, su modo de vida conforme a los postulados del Estado social y democrático de Derecho”. Entre sus líneas de acción estratégica se concreta aún más, estableciendo como objetivo el “fomento de la conciencia y cultura de defensa, pilares del apoyo de la sociedad española a la Defensa Nacional, prestando especial atención a la juventud”.
En otro lugar, la Estrategia anima también a trabajar en la “implantación de una cultura de ciberseguridad sólida. Se concienciará a los ciudadanos, profesionales y empresas de la importancia de la seguridad de la información y del uso responsable de las nuevas tecnologías y de los servicios de la sociedad del conocimiento”.
En el apartado de emergencias, la ESN anima esta vez a la “promoción de una cultura de prevención entre los ciudadanos, que incluirá conocimientos y actitudes de autoprotección, reforzando las capacidades de resiliencia ante emergencias súbitas e inesperadas. También se promoverán programas de educación para la prevención en centros escolares”.
Finalmente, entre los ocho principios que para la Estrategia de Seguridad Nacional sustentan el Sistema de Seguridad Nacional figura “la implicación de la sociedad civil y el fomento de una cultura de seguridad”.
En ambos casos, DDN y ESN apelan a que una política de defensa o seguridad sin conexión ciudadana está abocada al fracaso, por tanto se plantea el objetivo con un ánimo utilitarista, la Directiva hace más hincapié en la comunicación y la Estrategia en la formación.
En las referencias anteriores aparecen ya suficientes elementos para el análisis. En este proceso, el orden lógico pudiera ser la necesidad o el objetivo de incrementar los conocimientos y la educación de los españoles en todos los ámbitos, también como actuación sectorial en materia de defensa y seguridad –cultura-, estos conocimientos implicarían como derivada una mayor conciencia de la importancia de estas políticas y de los riesgos y amenazas a nuestro país –nadie se compromete con lo que ignora-; el paso de los conceptos de cultura y conciencia de defensa a la conciencia nacional hay ya un salto terminológico en el vacío en el que no entran ni la DDN ni la ESN, pero sí existen precedentes parlamentarios y a la última se alude en cualquier foro que reúne a más de cuatro personas a debatir sobre defensa. Es el paso del pensamiento crítico y racional al pensamiento mágico, ambos reales, pero de naturaleza diferente .
Por una parte es destacable la profusa utilización del concepto de cultura: aparece en el texto de la ESN la cultura de la seguridad, de la defensa, de la ciberseguridad e incluso la cultura de la prevención. Lo anterior responde a una extensión del término cultura que hoy se aplica en éste y otros ámbitos como sinónimo de “conocimiento en profundidad”, pero con las connotaciones positivas del vocablo que también contiene algún tipo de ligazón sentimental –pertenencia a un grupo- más allá de la acumulación de información. En este sentido hoy hablamos también de cultura del esfuerzo, cultura empresarial, cultura de la paz.
Define la Real Academia Española el término cultura como “conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico”, y también como el “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social”.
La cultura es una acumulación de conocimientos, que en muchos despierta una conexión emocional y en otros no, aunque siempre abona el pensamiento crítico.
Finalmente, la última novedad terminológica sobre este asunto –aunque con precedentes en la segunda mitad de los 90- lo encontramos en el Real Decreto de estructura del Ministerio de Defensa de marzo de 2012, donde aparece la expresión “conciencia de defensa nacional”, un híbrido que fusiona “conciencia de defensa” y “conciencia nacional”, probablemente inventado con la intención de evitar el segundo diciendo lo mismo.

Símbolos y encuestas

Uno de los instrumentos que se utilizan para medir las percepciones sociales son los estudios demoscópicos, en los que no hay que tener ni dejar de tener fe, sino utilizarlos.
Según la última encuesta monográfica conocida del Centro de Investigaciones Sociológicas , un 82% de los españoles se siente bastante o muy orgulloso de ser español, pregunta y respuesta claramente clasificables en el apartado de los sentimientos de uno hacia el territorio donde nació, e indicador de lo que podríamos llamar conciencia nacional.
El 61,2%, ya un porcentaje menor aunque alto, se emociona al escuchar el himno nacional, el 35,1% siente algo de emoción y el 26,1% de los encuestados siente una emoción muy fuerte. Y los porcentajes bajan algo más si se pregunta por la bandera española al contemplarla en un acto o ceremonia, el 60% siente alguna emoción, donde el 36% es algo de emoción y el 24% una emoción muy fuerte.
De lo anterior se deduce que evidentemente existe entre los españoles una ligazón sentimental hacia su país, orgullo nacional muy mayoritario y más matizado hacia los símbolos nacionales.
Son porcentajes bastante altos a pesar de nuestra historia durante los últimos dos siglos, con abundancia de guerras civiles, bandera discutida durante todo el siglo XIX y parte del XX, cambios de símbolos en la II República y apropiación de los símbolos nacionales durante la dictadura de Franco, e himno sin letra registrado como creación particular en la SGAE hasta muy recientemente. En origen también se encuentra la debilidad del Estado y la ausencia de voluntad política durante el siglo XIX, la época de crecimiento y consolidación del sentimiento nacional en toda Europa a través de instrumentos como la educación o el servicio militar, en España con la primera bajo mínimos –un ministerio dedicado a la Instrucción Pública no se crea hasta 1900- y exención a través de dinero o por otro recluta del compromiso militar con la patria, junto con un importante desdén hacia lo militar por parte de las elites económicas o aristocráticas en contraste con otras latitudes.
Por otra parte, la fortaleza hoy de elementos de identidad nacional como el deporte, la cultura o el idioma no son factores a despreciar y en muchas ocasiones tienen un poder sentimental comparable a los símbolos tradicionales ligados a la expresión del nacionalismo.

Ámbitos de actuación

Desde el punto de vista administrativo o de organización de políticas públicas, la cultura de la defensa en los objetivos señalados por LODN, DDN y ESN engloba además el campo concreto de la gestión y difusión del patrimonio histórico y cultural de las Fuerzas Armadas.
Precisamente la información contenida en la página web del Ministerio de Defensa llamada textualmente cultura de la defensa está dedicada en su mayor parte a archivos, patrimonio y museos, lo que añade cierta complicación al asunto al unir el concepto de cultura de defensa con el patrimonio cultural; y al unir al menos funcionalmente contenidos referidos al aniversario de la guerra de la independencia con los últimos drones embarcados adquiridos por la Armada, con la situación en la República Centroafricana y la necesidad de incrementar ciertas partidas presupuestarias o todo el presupuesto cada otoño.
Junto con el apartado referido al patrimonio cultural, los principales ámbitos donde está presente la cultura de la defensa o actúa sobre ellos son el campo de la investigación y la educación, y el terreno de la comunicación.
Cualquier acercamiento que se realice hoy al mundo de la seguridad y la defensa ha de destacar la muy positiva evolución que se ha producido en los últimos años en la extensión de los estudios especializados, en materia de formación especializada y fomento de la investigación a nivel universitario; en la organización de programas de máster, cursos de capacitación específica, seminarios y jornadas con un seguimiento creciente y un respaldo de gran importancia.
En este marco se encuentra el trabajo desarrollado por organismos como el Instituto Español de Estudios Estratégicos –IEEE-, el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional, el Instituto Universitario Gutiérrez Mellado, la estrecha colaboración de todos ellos con universidades y think tank, que se ha traducido en el incremento de publicaciones, seminarios y foros de debate, y centros de formación donde acudir a recibir información especializada en seguridad, defensa, inteligencia, logística y otras disciplinas. En definitiva, se puede afirmar que se ha ampliado en los últimos años el espacio de análisis público y formación especializada en temas de defensa y seguridad a nivel fundamentalmente universitario.
Las actuaciones en otros niveles de la educación no universitaria presenta resultados menos positivos, es un ámbito donde cuentan con competencias el Ministerio de Educación y las Comunidades Autónomas, y el ejemplo trabajoso en el pasado reciente de un libro de consulta que incluyera contenidos sobre paz, seguridad y defensa en el marco de la extinta asignatura de Educación para la Ciudadanía ilustra el asunto.
Las actuaciones englobadas en la cultura de la defensa analizadas desde la perspectiva de la comunicación difieren mucho de los resultados positivos alcanzados en el terreno de la formación especializada.
Como acotación previa, cabría señalar que podemos aludir a la comunicación desde una triple perspectiva, diríamos que tiene tres naturalezas: la comunicación como terreno de juego, espacio donde confrontar y consolidar convicciones públicas que luego legitiman –o no- decisiones políticas; la comunicación es también un actor político, es un instrumento de intervención en los asuntos públicos; y finalmente la comunicación es un campo de las ciencias sociales que estudia la transmisión de la información y su práctica.
Desde el punto de vista de la elaboración y difusión de mensajes, bajo el paraguas de cultura de la defensa conviven por parte del emisor distintos objetivos de promoción cultural, de formación especializada, de comunicación institucional (del Estado), de comunicación corporativa (Fuerzas Armadas, más Ministerio) y comunicación política (ligada a la persona, desde el Rey al ministro, el JEMAD y los JEME, más el resto del Gobierno).
Se trata de objetivos de comunicación distintos, de tipos de comunicación diferentes, que debieran contar con estrategias y planes de comunicación individualizados, con diferentes mensajes, tiempos, en ocasiones ámbitos geográficos y públicos objetivo.
Tomadas en su conjunto las diferentes actuaciones pueden solaparse, también reforzarse entre ellas o todo lo contrario, anularse.
Sería por otra parte útil, y al mismo tiempo un planteamiento irreal por complicado, que coincidieran los distintos planos de la comunicación –con distintos públicos objetivo- con un fin común; y todos ellos además emitidos por muy abundantes actores como suman el Ejército de Tierra, el Ejército del Aire, la Armada, el EMAD, el Ministerio de Defensa, el Ministerio del Interior, el Ministerio de Asuntos Exteriores, la industria de defensa y de seguridad como sector –con subsectores- e individualmente cada empresa, las organizaciones internacionales de defensa, los think tank especializados en estos temas…

Elementos para el debate

Alejamiento entre FAS y sociedad
Con el fin del servicio militar en enero de 2002 cundió la preocupación, e incluso hoy se utiliza el argumento, de que la eliminación de un periodo obligatorio para los varones españoles en sus Fuerzas Armadas se pudiera traducir en un alejamiento de la sociedad.
Una vez más nos encontramos ante una profecía no cumplida. Por una parte, nunca debe olvidarse que en este planteamiento se desprecia la necesidad –hasta la hipótesis- de que la mitad de la población de sexo femenino deba servir al Estado, que da también pie a plantear una cuestión escasamente analizada sobre la diferente consideración que se tiene de la defensa, de la seguridad y las Fuerzas Armadas, también de los riesgos y amenazas, según el sexo del interpelado.
Cabría considerar que la sociedad española no se ha alejado de los ejércitos con el fin del servicio militar porque se alegró del fin no de un servicio al país, sino del servicio militar realmente existente, el de una instrucción militar deficiente, impartido por una organización ineficiente y todo con un resultado perfectamente inútil para las necesidades de la Defensa de España. Tampoco sirvió, como estaba legislado, para dar instrucción de graduado escolar a quienes entraban en el servicio militar sin educación primaria, tarea a la que el autor de estas líneas dedicó buena parte de su año en filas. Muy discutible sería asimismo la función socializadora de la mili para los jóvenes varones de España o del ámbito rural, en cualquier caso éste y otros argumentos ajenos a que España cuente con el mejor instrumento para su defensa en el siglo XXI.
Las encuestas en este punto ofrecen resultados equilibrados entre quienes consideran que el fin del servicio militar ha alejado o no al organismo de la sociedad. Sería preciso en cualquier caso contrastar realidades, la actual profesionalización y el servicio militar realmente existente.
Otra circunstancia en este caso histórica como es la existencia del terrorismo etarra en nuestro país durante cuatro décadas, hasta el 20 de octubre de 2011, ha impedido por estrictas razones de seguridad la presencia de militares de uniforme por la calle, circunstancia que el paso del tiempo probablemente normalizará.
Por último sirva tan solo un recordatorio hacia la actuación de la Unidad Militar de Emergencias o la participación militar española en operaciones internacionales como dos ejemplos de presencia habitual, cotidiana, de lo militar entre la sociedad española como actuaciones cercanas y valoradas.
En síntesis, se podría afirmar que nunca en la historia de España el ciudadano ha estado más cerca de sus Fuerzas Armadas, por las razones anteriores y porque nunca los ejércitos en su composición han reflejo más fielmente que ahora la estructura sociológica de la sociedad, planteamiento que difiere frontalmente con el discurso reiterado de desconocimiento y alejamiento de la defensa y lo militar de la sociedad española.
Las encuestas son tozudas en reflejar la alta valoración entre los españoles hacia sus Fuerzas Armadas. Siguiendo una vez más al CIS (Barómetro de abril 2013), que pregunta periódicamente por la valoración de instituciones, utilizando este concepto en un sentido quizá demasiado amplio que abarca desde la monarquía a los sindicatos o los medios de comunicación, encabezan la tabla y únicamente aprueban la Guardia Civil (5,71), la policía (5,65) y las Fuerzas Armadas (5,21 de nota).
En cuanto a la composición, hoy las Fuerzas Armadas cuentan entre sus filas con dos grupos sociológicos sin los que es imposible comprender la realidad social española: inmigrantes y mujeres.
Débil conciencia de defensa de los españoles
Se admite de forma natural y también  acrítica que los españoles tienen una baja conciencia de Defensa, y en este punto habría que distinguir entre la sensación de peligro o amenaza que sienten los españoles y su opinión sobre los instrumentos del Estado para su seguridad.
Sirva como apunte previo que la Defensa, y por tanto la información sobre temas de defensa, es preciso enmarcarla en la política exterior de un país. A diferencia de las dictaduras, que emplean a sus militares para vigilar o reprimir a la propia población, al enemigo interior, en las democracias comúnmente las Fuerzas Armadas son un instrumento de política exterior.
En cuanto al interés hacia los temas de defensa, calificado habitual y generalizadamente como bajo, el 37,2% de los encuestados por el CIS sigue con bastante (29,7%) o mucho interés (7,5%) las informaciones relacionadas con estos temas en los medios de comunicación, porcentajes que no pueden despreciarse y en cualquier caso no comparables con otros ámbitos porque la encuesta no lo pregunta.
En cuanto a los instrumentos, la mayoría de los españoles (54,6%, CIS) piensa que en el futuro los ejércitos seguirán siendo necesarios para mantener la paz, la seguridad y la defensa; a los que habría que sumar la opinión de quienes consideran que se emplearán más en catástrofes y ayuda humanitaria (25,6%) o incluso que formarán parte de un ente policial internacional (7,7%), mayoría por tanto acreditada sobre la supervivencia de los ejércitos.
En cuanto a la sensación de amenaza, la idea de que los españoles parecen vivir en un mundo utópico alejado por la historia o la ignorancia de la realidad, el CIS nos dice que el 58,1% de los encuestados no cree que exista actualmente un país que suponga una amenaza real para España y un menor 28,6% que sí. Una cuarta parte de estos últimos, con porcentajes a la baja, identifican esa amenaza estatal en Marruecos, países árabes (así se pregunta) y Afganistán; curioso que un 6,9% de los encuestados identifique la amenaza con EE.UU.
El debate sobre los datos anteriores plantea la cuestión subyacente de si España hoy y la mayor parte de los países de nuestro entorno cultural y económico viven una amenaza existencial que tuviera que ser contrarrestada con una respuesta militar para lo cual sería imprescindible contar con un instrumento potente, una financiación elevada y unos recursos humanos y materiales proporcionales a dicha amenaza.
Es un tópico la referencia a los cambios profundos que ha sufrido la seguridad desde el fin de la guerra fría, la caída del muro de Berlín en 1989 y la desaparición de la URSS unos pocos años después.
De una amenaza entre Estados y principalmente militar hoy se escribe abundantemente, en textos de opinión o estrategias nacionales de seguridad y documentos OTAN, de riesgos difusos, amenazas asimétricas y respuestas no exclusivamente militares para desactivar conflictos violentos.
Valores propios de las FAS
Volviendo de nuevo al CIS, lo que más valoran los ciudadanos en la profesión militar, “el valor más importante que debe tener un militar” pregunta textualmente, es la preparación técnica, destacada por encima de otros valores más etéreos como la obediencia, la valentía o la honradez.
Preguntados directamente, un 66,6% de los españoles opina que los militares están muy correctamente capacitados profesionalmente para desarrollar su labor (bastante 53,2 y muy 13,4); y un porcentaje aún mayor considera que la preparación de las FAS ha mejorado en los últimos años.
En muchos de los discursos, en su acepción de intervención pública y de mensaje, con origen y destino corporativo, se alude a valores morales que los militares poseen no se explica si ligados a la vocación, adquiridos en las academias o consecuencia de la experiencia laboral, pero en cualquier caso un espejo donde la despistada sociedad española debiera mirarse.
Lo que trasluce al destacar bien la profesionalidad o bien la elevada moral militar en realidad es la disyuntiva entre una concepción de las Fuerzas Armadas como institución poseedora de unos valores propios y superiores a los que la sociedad debe imitar, o un concepto profesional de un organismo clave en el funcionamiento del Estado que procede y refleja la composición de la sociedad .
El espíritu de sacrificio real, el riesgo físico de perder la vida, está entre las peculiaridades de la profesión y así se valora. Es de interés no obstante relacionar esta circunstancia con situaciones excepcionales y nunca el eje de su actuación, pues por ejemplo todos los miembros de las fuerzas de seguridad del Estado tienen un riesgo en el ejercicio de su profesión que no se presenta como único ni prioritario para definir la profesión. Nadie resumiría la labor de una guardia civil en dar la vida por la seguridad y tampoco debería sintetizar el trabajo militar, aunque la puedan perder.
A la organización le interesa con todo este punto y pregunta con el CIS sobre algo tan arriesgado como la disposición del ciudadano a perder la vida, eventualidad que normalmente se mira con aprensión por puro espíritu de supervivencia. Las respuestas también sorprenden: dejando aparte la familia, una mayoría de los encuestados (48%) creen que sí existe algo por lo que jugarse la vida, y otorgan la mayor posibilidad de sacrificarse y arriesgarla por salvársela a otra persona, por la paz y la libertad, los tres por encima del 70%; la justicia y la patria-país rondan el 40%.
Antibelicismo e inversión en defensa
No abundan en los últimos dos siglos de historia de España acontecimientos bélicos que unan a los españoles, y esto es un hecho de solidez comparable al miedo alemán a la inflación y del francés a ver ocupada de nuevo París.
Se han visto ya indicadores que van definiendo la sociedad española como comprometida con la paz, con la cooperación al desarrollo, una ciudadanía solidaria, donde puede funcionar algún resorte colectivo, similar al alemán con la inflación por su mala experiencia tras la primera guerra mundial o al francés con la cruz gamada ondeando sobre la torre Eiffel (la apuesta de nuestro vecino por lo nuclear no anda lejos de esta experiencia histórica), que en nuestro caso sería consecuencia de una traumática guerra civil, de ninguna guerra exterior colectiva, de ningún desembarco aliado que nos librara del fascismo, y la mala experiencia de una guerra colonial fuertemente contestada por la ciudadanía (la Semana trágica de Barcelona en 1909 tuvo principalmente esa motivación).
Sin duda un indicador preocupante y persistente en el tiempo es la pregunta sobre diferentes partidas de gasto del Estado, a la que mayoritariamente se responde a favor de disminuir el gasto en defensa de nuestro país (57,6%) mientras que los españoles se pronuncian en un porcentaje similar pero a favor de incrementar el gasto en ayuda y cooperación al desarrollo o a mejorar la imagen de España en el exterior. En positivo destaca sobre el resto y a distancia los apoyos a favor de incrementar el gasto en investigación y desarrollo e innovación (73,5%).
Viendo el enfoque utilitario que los textos normativos dan a la cultura de la defensa, el debate a menudo incide en la carga negativa de esta respuesta a la priorización del gasto público, algo así como que hoy no se produce la legitimidad social que pueda apoyar un incremento del presupuesto del Ministerio de Defensa. La realidad del pasado reciente es que  los presupuestos claramente expansivos de la segunda mitad de la pasada década respondieron a una coyuntura económica favorable y a cierta sensibilidad de los distintos Gobiernos, sensibilidad industrial en unos y laboral en otros, más que a un apoyo ciudadano que nunca se pidió.
De las respuestas a la encuesta se puede interpretar que el ciudadano realiza una disociación entre política exterior y de defensa que no se corresponde con la realidad, al igual que contraponer I+D+i y las tecnologías de seguridad y defensa; y disocia también cooperación y seguridad cuando muy frecuentemente van juntas en el mundo como se ha podido comprobar en un escenario como Afganistán, aunque es importante destacar además el desequilibrio entre ambas partidas (España ha gastado en ese país un euro a cooperación por ocho a seguridad, según datos acumulados de la participación española durante una década).
En respuesta a la falsa disociación, pedagogía. Sobre la posición a favor de reducir el presupuesto de defensa, se puede interpretar que existe una opinión bastante extendida en el sentido de que España no tiene una amenaza directa e inminente que haga necesario el mantenimiento de una estructura costosa y de gran tamaño.
La ausencia de una amenaza existencial es incuestionable. Sobre el gasto sería también muy positivo el máximo debate y transparencia sobre las cuentas de defensa, y por lógica argumental, son contraproducentes y contribuyen a alejar al ciudadano de estos temas circunstancias como que actualmente al menos el 25% del gasto del Estado en estos capítulos no figura en el presupuesto del Ministerio de Defensa (por la ausencia inicial de los fondos destinados a financiar las operaciones en el exterior y los créditos extraordinarios destinados a financiar los programas especiales de armamento), y contraproducente también es cada vez que se falsean las cifras conscientemente argumentando que España dedica a estos objetivos el 0,6% del PIB, cuando el peso relativo sobre la economía nacional del gasto en defensa supera el doble de ese porcentaje.
Sobre transparencia y promoción del debate público sería también muy conveniente acabar con el carácter confidencial y no público de documentos como la Visión de las Fuerzas Armadas 2025, la Directiva de Política de Defensa y otros, que quizá por inercia conservan un carácter secreto que hace no mucho se aplicaba también a la Directiva de Defensa Nacional. La desclasificación de documentos históricos declarados secretos es otro campo bloqueado sin que fructificaran los tímidos indicios de apertura del anterior Gobierno.

Sociedad del conocimiento

El ámbito de la defensa, de las Fuerzas Armadas y la seguridad, no es ajeno a la sociedad de la información que han trastocado las vías de adquisición del conocimiento. Se habla de un conocimiento disperso en el que las jerarquías y los compartimentos estancos han perdido la relevancia del pasado. La solución-el saber se encuentra a menudo en la confluencia y al contacto de planos y ámbitos diferentes.
El catedrático de filosofía Daniel Innerarity analiza muy acertadamente la nueva relación entre la ciencia y la política, entre el saber y el poder, y se pregunta: “¿Qué privilegio ha perdido el poder? La prerrogativa de no tener que aprender y dedicarse simplemente a mandar. ¿Y cuál es el que ha perdido el saber? Pues aquella seguridad y evidencia que le permitía prescindir de toda exigencia de legitimación (…). De ahí que el problema ya no sea cómo compaginar un saber seguro con un poder soberano, sino cómo articularlos para compensar las debilidades de uno y de otro con el objetivo de combatir juntos la creciente complejidad del mundo”.
El trabajo conjunto y en paralelo en Afganistán de los contingentes militares y los equipos de la Agencia Española de Cooperación Internacional y para el Desarrollo es un ejemplo de enorme valor para su conocimiento por la opinión pública como un paquete global que ilustra la actuación común del Estado, con diferentes instrumentos, en un mismo escenario exterior y con un objetivo compartido. También el caso ilustra los últimos requerimientos de la seguridad en escenarios complejos, la respuesta multifacética a esos desafíos.
Desde el punto de vista de la comunicación no ha sido una ocasión aprovechada esta operación cívico-militar de España, la más costosa y una de las más duraderas en 25 años. A pesar del entendimiento en la zona de operaciones entre los diferentes actores, en territorio nacional ha pesado más la distribución de competencias entre ministerios, la fragmentación de mensajes, el mayor peso informativo de los incidentes de naturaleza militar, los recelos mutuos del mundo militar y el mundo de la cooperación y su temor a que el ciudadano identifique a cada uno en territorio contrario –el fantasma del militar como miembro de ONG; y el del cooperante militarizado-, etc.

Conclusión

Ni desinterés por la defensa ni desconocimiento de las Fuerzas Armadas. Los datos estadísticos y el análisis desmienten gran parte de los tópicos de generosa circulación sobre la supuesta baja cultura de defensa de los españoles, lo que no implica que exista un amplio terreno de juego donde actuar y un trabajo pendiente o reorientado que corrija la situación actual de fragmentación y descoordinación de mensajes.
El grupo de españoles que se interesa por los temas de defensa y seguridad (un tercio), quienes aparentemente cuentan con una conciencia de defensa más desarrollada que la media, que probablemente en su mayoría conocen y están preocupados por los riesgos y amenazas a los que España debe hacer frente, este grupo acusa al resto de la sociedad de portar un virus que no aparece en los análisis del laboratorio.
No aflora de las encuestas ese grupo mayoritario de la sociedad ignorante del mundo en el que vive, en minoría de edad permanente, favorable además a cortar recursos que el Estado debiera destinar urgentemente a la supervivencia del país.
Lo que sí es una realidad es que en cada variable que se analice en el ámbito de la cultura de la defensa existe un porcentaje importante de la población a la que no les llega el mensaje, o se les envía un mensaje equivocado.
Los instrumentos de defensa que una sociedad necesita para proteger la comunidad política no deben mezclarse con una determinada concepción del sentimiento nacional. La comunidad la forma el 100% de la ciudadanía, necesariamente plural y diversa; los sentimientos –también el sentimiento nacional- forman parte de otra categoría específica.
El supuesto alejamiento de la ciudadanía del mundo de la defensa lo es minoritario y se trata de un distanciamiento de una concepción determinada de la defensa, no implica un desinterés hacia los temas de política exterior y seguridad, ni hacia los instrumentos del Estado que trabajan en el campo de la seguridad.
Con todo, el sistema de seguridad y defensa de España debe adaptarse a la comunidad política a la que protege, no a una sociedad ideal o idealizada, en ambos caso irreal.
Un segundo hecho a evitar es la identificación automática entre cultura de la defensa y valoración de las Fuerzas Armadas, que por otra parte es positiva.
Todo ámbito de conocimiento tiende a encerrase sobre sí mismo, a expulsar a los advenedizos e implantar una jerga propia que dificulte el entendimiento por foráneos. El problema es que al menos en nuestros días la generación de conocimiento se produce por otras vías, la innovación y el análisis eficaz florece en el contacto de disciplinas distintas, en el cuestionamiento de las certezas inmutables y las rutinas.
Por tanto, sería aconsejable promover al máximo el debate sobre política exterior y de seguridad, sobre la construcción europea, sobre cooperación al desarrollo y solidaridad internacional, sobre operaciones de paz, sobre los riesgos muy actuales de la sociedad de la información. Y transparencia sobre los recursos que el Estado dedica ya hoy a estos menesteres.
Si se quiere aumentar el alcance y efectividad de las actuaciones desarrolladas sobre cultura de la defensa sería positivo orillar el pensamiento mágico, aquellos elementos discutibles y discutidos sobre identidad nacional, y centrarse en política exterior, instrumentos de seguridad que facilitan la convivencia o la respuesta del Estado ante amenazas, empleo transparente de los recursos públicos con un destino de la importancia de la seguridad.
Las torres de marfil, el mundo de las certezas procedentes del ámbito de los expertos ha muerto, porque la realidad es hoy más difusa. La inteligencia es mancomunada y colectiva, lo que obliga a entrelazar el conocimiento militar con otros (diplomacia, cooperación, industria, tecnología, política, filosofía), de su conexión saldrá aprecio, utilidad y alcance para ese ámbito tan amplio y multifacético que llamamos cultura de la defensa.
El éxito puede estar en trasladar a la sociedad española la realidad de que el conocimiento acumulado, por experiencia y análisis, de los profesionales del ámbito de la defensa pueden ayudarnos, junto con otras disciplinas y especialistas, a comprender el mundo actual; que la sociedad sea plenamente consciente de que necesita y cuenta con instrumentos que trabajan profesionalmente por la defensa, una parte imprescindible de la seguridad a la que toda sociedad aspira para desarrollarse.
Transparencia también exigible en cuanto se refiere a la toma de decisiones políticas –Parlamento y medios de comunicación- y a la gestión de los recursos públicos –materiales y de personal-.

Sugerencias

  • Cuaderno de Estrategia número 155 del Instituto Español de Estudias Estratégicos, “La cultura de seguridad y defensa. Un proyecto en marcha”, noviembre de 2011.
  • La política de defensa de los diferentes Gobiernos de la democracia ha sito un tema trabajado por el profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de la Rioja Carlos Navajas Zubeldia, entre otras publicaciones en “La política de defensa del gobierno de Aznar (1996-2004)” en Los desafíos de las Fuerzas Armadas en el siglo XXI, Albolote (Granada), Comares, 2008, pp. 131-135; y “El fin del ‘problema militar’. La ‘modernización’ de los Ejércitos durante la primera época socialista (1982-1996)”, Revista Ayer número 84/2011, pp. 51-72.
  • Centro de Investigaciones Sociológicas. “La defensa nacional y las Fuerzas Armadas”. Estudio 2.192, septiembre-octubre de 2011. En otoño de 2013 se realizó el trabajo de campo de una nueva encuesta que aún no ha sido difundida por el Ministerio de Defensa.
  • José Álvarez Junco, Mater dolorosa, Madrid, Taurus, 2001, páginas 545-565.
  • Para qué sirven los símbolos patrios (El País, 11-9-2013).
  • Narcís Serra, La transición militar, Barcelona, Debate, 2008, página 79 y siguientes. En este enlace, presentación de una ponencia sobre este tema en junio de 2011.
  • Daniel Innerarity, La democracia del conocimiento, Barcelona, Paidós, 2011, páginas 45-46, 68-69, 80-81, 84, 102-110.
  • Falso fervor, por Juan José Millás (El País, 7-3-2014).

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