La Cruzada de Trump, por @CarlosPenedoC

Columna de opinión publicada también en Estrella Digital.
En la historia universal de las construcciones políticas, el nacionalismo y sus poco más de dos siglos ocupa un lugar destacado, con una mala salud de hierro, superviviente a la reducción de la religión en los asuntos públicos, a los desastres del nazismo y el fascismo, a la construcción de organizaciones multinacionales como Naciones Unidas y la integración europea, superviviente a la misma globalización en esta última fase.
En el podio seguramente cabría situar también a las Cruzadas, un asombroso impulso político-religioso que desde finales del siglo XI supo reorientar la violencia durante un par de siglos, la brutalidad feudal medieval, hacia una campaña de expansión contra los vecinos y heterodoxos, fueran musulmanes en la llamada Tierra Santa o la península ibérica, también contra los paganos bálticos o los cátaros al otro lado de los Pirineos.
"¡Dios lo quiere!", gritaban en la primera cruzada impulsada por el papa Urbano II.
Guerra santa con objetivos políticos y comerciales patrocinada por la Iglesia (católica) y la Orden de Cluny, con la complicidad posterior de las monarquías nacientes que por estas tierras (Castilla, Aragón, León, Portugal) aprovecharon el fenómeno para ganar territorios hacia el sur con la valiosa contribución de un instrumento nacido para la ocasión como fueron las órdenes militares, soldados de Dios, monjes guerreros o guerreros monjes.
Nacionalismo y religión, parientes cercanos, nunca se fueron del todo y hoy reviven con una fuerza insospechada.
En su juramento como presidente de Estados Unidos, Donald Trump aseguró que "el proteccionismo nos llevará a la prosperidad", frase digna de ser inmortalizada en bronce. Dijo más cosas:
  • Reforzaremos viejas alianzas y crearemos nuevas, y uniremos a todos los países civilizados en contra del terrorismo radical islámico, que erradicaremos completamente de la faz de la tierra.
  • La Biblia nos dice: "Qué bueno y satisfactorio es cuando el pueblo de Dios convive en unidad".
  • Estaremos protegidos por los magníficos hombres y mujeres de nuestras fuerzas militares y, más importante, estamos protegidos por Dios.
  • Que Dios os bendiga a vosotros y Dios bendiga a América.
La verdad es que en inglés suena más solemne que en español, no es extraño que lo haya eliminado de la web de la Casa Blanca, a diferencia de los tiempos de Carlos I y V -recomendaba el español para dirigirse al Creador y en inglés a los caballos- hoy para hablar con Dios es más directo el inglés:
  • We will reinforce old alliances and form new ones – and unite the civilized world against Radical Islamic Terrorism, which we will eradicate completely from the face of the Earth.
  • The Bible tells us, “how good and pleasant it is when God’s people live together in unity.”
  • We will be protected by the great men and women of our military and law enforcement and, most importantly, we are protected by God.
  • God Bless You, And God Bless America.
En el caso de Trump no sería "Dios lo quiere", como en la idealizada Edad Media, sino "Dios nos quiere".
Tanta referencia al Altísimo en apenas diez minutos de discurso probablemente no signifique nada concreto, teniendo además en cuenta la diversidad religiosa de ese gran país, el Dios al que alude es genérico como las salas de oración ecuménicas de hospitales y aeropuertos, puede ser cristiano episcopaliano, evangelista, católico o judío (sí huele a Antiguo Testamento); sincretismo religioso que añade un componente irracional en la presidencia entrante, imprevisible, apolítico, sentimiento puro.
Proteccionismo irracional, se podría sintetizar todo lo anterior.
Pura democracia sentimental, título de un reciente libro de Manuel Arias Maldonado. Las apelaciones en la política española cada vez más frecuentes al perdón en lugar de a responsabilidades penales o políticas, sea por la gestión del Yak, sea por el caos de las recientes nevadas, se enmarcan en la misma línea.
La esperanza al otro lado del Atlántico apunta a que la reacción a Trump vendrá desde dentro de los mismos Estados Unidos, como se empezó a comprobar desde el mismo día del juramento.
Los primeros en reaccionar, cosa no prevista, han sido la sociedad civil norteamericana y Canadá; el resto ya está tardando.

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