La calidad del paño, la calidad del tejido, por Gabriel Merino

La idea inicial era llamar a este artículo “No sirvas a quien sirvió”, pero Internet tiene la ventaja de que puedes hacer consultas previas y algunos amigos me comentaron que ese viejo refrán les daba bastante mal rollo, y es posible que tengan razón.

La cosa es que desde hace ya días me pregunto por qué se llevan tan mal endémicamente la patronal y los sindicatos en España, como si ambos tuvieran el enemigo en casa, preocupándose más de estar en guerra permanente que de hacer viable y competitiva la empresa y la economía. Con respecto a los empresarios españoles tengo una teoría clara: aquí no tenemos ni General Motors ni Ikea ni Siemens ni Fujitsus nacionales. Pero tampoco tenemos I+D+I. Ni emprendedores suficientes. Ni inversores que potencien las buenas ideas. Los sindicatos, por su parte, se olvidan de que, además de la economía sumergida y la picaresca, el rasgo distintivo que mueve nuestra economía son los autónomos y las pequeñas empresas, pero parecen estar permanentemente en lucha denodada contra gigantes –que un día se irán, sin duda, con el viento que mejor sople- en un campo donde hay mayoría de molinos.

Para que salga aquí un inventor de la fregona o del chupachups –o un Amancio de Zara o un Areces del Corte Inglés- hay veinte diazferranes y otros tantos terratenientes latifundistas que aún creen que tratan con braceros. No hablo ya de la aquella privatización –imperativo europeo- de empresas viables del INI como Tabacalera o Telefónica, que terminaron prejubilando con beneficios a sus trabajadores experimentados más antiguos a costa del dinero de todos sino de empresas privadas o viables desde un primer momento –aquel fabricante catalán de los yogures Danone que dicen que vendió rápido a los franceses, los experimentos dolorosos con gaseosa de Air Europa o Viajes Halcón, los casos de Pegaso, cadenas hoteleras o de distribución aparentemente consolidadas, la autodestrucción secular del sector textil ahora laminado por el paño chino, por ejemplo- que ilustran cómo una empresa de tamaño medio o grande, o con posible crecimiento, parece que ha de ser exprimida rápido y en una generación sin dejarla hacer marca o poso.

Otro factor que creo que fotografía al tejido empresarial español es que ha basado y se basa –en realidad- fundamentalmente en autónomos y pequeñas y medianas empresas satélites o de servicios, muchas de ellas familiares, creadas con dedicación, esfuerzo y mimo por un patriarca pero dilapidadas o vendidas en muchas ocasiones por avariciosos herederos tuercebotas de segunda generación. Aunque quiero hacer un alto aquí para romper una lanza a favor de ese, otro de los rasgos que en otros tiempos fue distintivo de nuestra incipiente industria y empresa y que cada vez se estila menos: esa cultura del esfuerzo, de la inventiva y de arrimar todos –jefe y currito- el hombro para complacer al cliente final.

Por otra parte, éste ha sido siempre un país de empleados más que de empleadores. Y a la fuerza ha habido que ir aprendiendo. Muchos de los que empezaron trabajando por cuenta ajena han tenido que arriesgar y montar su propio negocio: pasar de empleados a empresarios. Y de ahí viene otro de los males generalizados de nuestra economía, el que iba a dar el nombre inicial a este artículo, o lo que yo llamo también “el síndrome del nuevo casero”. Cuando uno deja de vivir en un piso alquilado para alquilar pisos, se olvida rápido de lo que le puteaba quien le alquilaba el piso y dice que ni pinta ni cambia la caldera al inquilino. De igual forma, el antiguo empleado que se convierte en empleador no entiende de reinvertir beneficio ni de repartir plusvalía: “¿qué mi camarero es bueno y pone las copas de vicio?. Es lo suyo, ¿no?. Si no, le echo y cojo otro más joven y más barato. Pero nada de darle un incentivo o de repartir: que el dinero lo arriesgo yo”. Es un tipo de empresariado cutre y tacaño éste, sin verdadero espíritu de empresa que, desgraciadamente, no sabe de dónde viene aunque cree tener muy claro donde va.

Y es que el verdadero rasgo distintivo, incluso empresarial, que nos salva del ahogo total es el de la familia. Si fuéramos los despegados anglosajones ya habría habido una revolución aquí. Esa es, en la mayor parte de las empresas de este pais, la verdadera calidad del tejido empresarial: el paño familiar. Porque el tejido que se supone que mantiene la economía –ese del que hablan los telediarios y contra el que claman en la calle los sindicatos- es, en general, retal de temporada, de mala calidad, lleno de agujeros y sin remiendos. Ayer vi en un programa de la tele a una licenciada en empresariales que habia vuelto al pueblo con sus padres a vivir en casa y a ordeñar las cabras después de que el banco la hubiera echado. La familia: incluso en la empresa y en la economía, esa es hoy nuestra verdadera calidad del paño, porque si dependiera de nuestros tiburones empresariales y financieros… Y yo, que los sindicatos, lo tendría mucho en cuenta.

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Gabriel Merino
Jefe de Opinión de Periodísticos.com

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