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JUGUETE ROTO, por Javier Astasio

 
Eso de que "entre todos la mataron y ella sola se murió" le cuadra a la perfección a la pobre Cataluña, zarandeada y rota por la ambición y el cálculo de unos y otros. Todo empezó, no lo olvidemos, con aquel innecesario recurso que presentó el PP ante el Tribunal Constitucional que llevó al mal llamado "cepillado" del Estatut que el Parlament y el pueblo de Cataluña se habían dado, en aquella ocasión con todas las garantías jurídicas y democráticas, en tiempos de aquel gobierno tripartito que presidió Pasqual Maragall, apoyado por Jon Saura, de Iniciativa per Cataluña y por Carod Rovira, de ERC, alejando de la placa de Sant Jaume a Artur Mas, l heredero del ya denostado Jordi Pujol,
Eran los tiempos en que la corrupción, por fin investigada con celo, afloraba en todo el país y, claro, el PP necesitaba un señuelo con el que apartar la mirada de los ciuddanos de su basura. Y, dicho y hecho, con el terrorismo de ETA en pleno declive, Cataluña se convirtió en el capote rojo que agitar ante sus votantes para no darles tiempo a pensar en sus trapos sucios.
Fueron los años en que los populares sembraron el país de mesas en las que se pedían formas contra ese nuevo estatuto, que por entonces había sido refrendado también por el Congreso de los Diputados y tenía a su pie la firma del rey Juan Carlos, fueron los tiempos en que se promovió el boicot  al fuet, el cava y otros productos catalanes, fueron los tiempos en los que se dio de comer al monstruo de la intolerancia con el diferente, tiempos en los que creció ese nacionalismo rancio de banderas, pieles y collares, que ha desembocado estos días en el penoso "a por ellos" cantad a las fuerzas de seguridad que partían camino de Cataluña, como si se tratara de una expedición de castigo en tiempos de las colonias.
Una estrategia que, paralelamente, fue alimenta en el pueblo catalán, y con razón, la sensación de haber sido tratado injustamente y de que, en el resto del país, más allá del Ebro, apenas eran queridos.
Una estrategia eficaz, porque, a todo esto y ayudado por la pésima gestión que Zapatero hizo de la crisis, los populares ganaron las elecciones y Rajoy llegó a la Moncloa, mientras, Anticorrupción seguía la pista de la liebre del 3% que, aunque suficientemente conocida ya, había levantado en el Parlament, para disgusto de propios y extraños, el president Maragall.
Fue entonces cuando todos despertamos del sueño de esa Cataluña remanso de paz, el país del seny, libre de corrupción e insidias, convertida ahora en cueva de Ali Babá, con políticos, empresarios y familias de conseguidores corruptos, como en cualquier patio de vecinos. Una pista, la de esa liebre, que lleva directamente a los Pujol y a su heredero Artur Mas, sorprendido en esas miserias en plena crisis, en la que fue pionero en los recortes, contestado en la calle y obligado a mover ficha y a emprender una huida hacia adelante en la que, ahora él, comenzó a agitar la bandera de la nación catalana, todavía sin estrella, para distraernos nuestra atención del muladar que tenía detrás, una huida hacia adelante llena de gatillazos electorales en la que fue perdiendo cada vez más apoyo, para irse entregando y buscando refugio en los brazos de Esquerra, ahora en manos de la sangre joven y entusiasta de Junqueras y los suyos, hasta llegar al paroxismo independentista de formar gobierno con ellos y la radica e inclasificable CUP, con la promesa de una declaración de independencia, para la que no tenía escaños, salvo que acabara haciendo trampas, poniéndose, como ha acabado haciendo, la Constitución y el propio Estatut por montera.
Antes de llegar a esto, porque el president era Mas y ahora es Puigdemont. hubo un torbellino de elecciones, ahora adelantadas, ahora plebiscitarias, con el único fin de mantener a Mas a salvo, en medio de la marea de protestas del 15-M y por el "austericidio, reprimidas con saña por esos mismos a los que ahora aplaude la izquierda soberanista , una situación que forzó que el mismísimo Mas tuviese que ser llevado en helicóptero al mismo Parlament, que hoy también está rodeado, esta vez con cariño, para recordar las promesas que tan alegremente hizo Puigdemont.
Un Puigdemont de corta carrera política que, hasta ahora, había sabido estar en el sitio adecuado en el momento preciso. 
Independentista de toda la vida, arrimado al poder de Convergencia, ocupo cargos de confianza en los medios afines a ·la causa·, hasta que entro como concejal en el ayuntamiento de Girona. Y, de allí, al Parlament como diputado. Y en estas, tras las últimas elecciones catalanas, a Mas sólo le cuadraban las cuentas para formar gobierno si la coalición de la vieja y denostada Convergencia, hoy PdCat y Esquerra, se reforzaba con una tercera fuerza que sólo quiso ser la CUP, ese cóctel de radicalismos que supo jugar sus cartas, quizá el único, sabiendo que tenía a Junts pel Sí cogido por donde más duele y que puso como primera condición para su apoyo que Mas no fuese el candidato. Y ahí, en el sitio adecuado y el momento oportuno estaba el diputado Puigdemont que, de repente, encontró entre sus manos el juguete soñado desde los ocho años de una Cataluña independiente, con el lazo dorado de ser el primer presidente de la nueva república.
Pero hoy, con mentiras indemostrables y pulsos innecesarios, el juguete se ha roto. Y tiene difícil compostura. Tan difícil que, pase lo que pase hoy, a Puigdemont le va a ir mal, porque, si proclama la república catalana, puede dar con sus huesos en la cárcel y, si no lo hace, va a verse desterrado al rincón más oscuro de la Historia. La rauxa pudo con el seny y, hoy, después de las cargas policiales, de la vergonzante actitud de los mozos, de la fuga de empresas, de la caída de inversiones y reservas turísticas, el futuro de la economía y la convivencia en Cataluña, que tanta admiración despertaban, son pasado ante un mañana que, de momento, es que sombrío.
A pocas horas del momento clave en el pleno de esta tarde soy incapaz de imaginar una solución que sea mínimamente confortable para todos. Ojalá sólo sea pesimismo.