Juego sucio y peligroso, por Javier Astasio


No paso de  ser un aficionado, y de segundo orden, al fútbol, que busca en él más la estética que la épica y que disfruta viendo esos partidos en los que se despliega la fuerza de cada equipo y, sobre todo, la inteligencia y el esfuerzo de cada conjunto, más que la espectacularidad de unos pocos que lo mismo se dejan caer con aspavientos al menor contracto, buscando que sancionen al rival al que no son capaces de superar, que  levantan el pie a la altura de la cara del contrario para que la próxima vez se lo piense a la hora de disputar un valor.
Lo que está ocurriendo en Cataluña y a propósito de Cataluña guarda, desgraciadamente, alguna que otra similitud con uno de esos partidos que uno desea de juego limpio y con resultado justo, pero que uno o los dos rivales a un tiempo salpican con marrullerías y trucos de perro viejo, a la búsqueda no del disfrute del espectador desapasionado, si no del resultado que envalentone hasta la ronquera al más hooligan de los hinchas.
Y eso que ocurre en y con Cataluña, sucede, como con los llamados partidos "de la máxima" que se viven con más intensidad y fanatismo en los medios que en la propia sociedad y en la calle. Anoche mismo regresé de una visita de dos días a Barcelona, ciudad que adoro, pese a la saturación turística que la aqueja, y os aseguro que, en las conversaciones, la actitud de la gente es mucho más sosegada de lo que lo es en los medios o en las calles del mismo Madrid y que la actitud de la gente, al menos de aquella con la que me he cruzado este fin de semana en Barcelona, es tan hospitalaria y amable como siempre.
Me he movida por varias zonas de la ciudad y, dadas mis dificultades de visión, que me impiden leer un plano o, incluso, los nombres de las calles en las esquinas, he tenido que preguntar mucho y a gente de todo tipo y de todas las edades, con lo que, además de corroborar que los barceloneses, al igual que ocurre cada vez más con los madrileños, son cada vez más de todas partes y que todos, con una sola excepción, te brindan su castellano, su segunda lengua en la mayoría de los casos, en cuanto comprueban o sólo sospechan tu origen.
Quiero decir con lo anterior que no existe resquemor ante quienes llegamos del resto de España, pese a que sí lo hay y mucho hacia un gobierno y un partido, los de Rajoy que a  cada demanda que han hecho los catalanes,  y las ha habido muy razonables, sistemáticamente se les ha sorprendido con el silencio, los recursos ante el Constitucional o con boicoteos montaraces a sus productos. Ese es el problema que El PP ya no controla la agresividad y el miedo que ha venido alimentando todos estos años a sabiendas de que su desprestigio en Cataluña, como en Euskadi, y sus cruzadas por la unidad de España, a la que, en lugar de hacer pedagogía, ahora se ha sumado el PSOE, le daba votos en el resto del país.
Eses es el gran problema, que, con sus piscinazos sobreactuados y su juego peligroso, el PP y los que le siguen buscan alterar la situación  de cordialidad y entendimiento con que los catalanes y quienes les respetamos hemos vivido. Las calles de Barcelona, en un  día tan crucial como el del sábado no eran en absoluto agresivas para nadie, salvo para los que, como ocurría con aquellos descerebrados que un día prohibieron el uso de la ikurriña, con toda la sangre que aquello arrastró, que es asustan o se enojan ante la visión de los balcones adornados con esteladas.
Mas y Rajoy están ensuciando el partido con su juego peligroso, sus patadas por encima de la cintura, sus amenazas y sus aspavientos, porque saben que su verdadero partido, el de las urnas, lo perderían se llegan a ellas con su gestión plagada de recortes y corrupción, por eso echan mano de toda este teatro en el que se encaraman sobre los legítimos sentimientos de la gente, sin medir el riesgo que la supone pasar a la orilla de la confrontación.
Si he extraído una conclusión de estos dos días en Barcelona es la de que la gente sigue siendo tan cordial como siempre, sique sintiendo y defendiendo su identidad diferente y la de que, ante todo, y más allá de lo que respondan o del resultado que arroje la consulta, lo que quieren es ser preguntados.
Ya veremos en qué acaba todo esto, pero ojalá desde hoy y hasta que el TC suspenda la convocatoria que se hizo el sábado desde la Generalitat, con el apoyo, no lo olvidemos, de la mayoría de quienes representan a los catalanes, la gente responsable y con voz, que es más de la que pensamos, explique cómo deberían ser las cosas, desenmascarando de paso el juego sucio y peligroso de Mas y Rajoy.
Ya se metió la pata llevando al TC el estatuto reformado hace apenas cuatro años y haciendo caso omiso de las recomendaciones del tribunal. 
Volvemos al juego sucio y peligroso, a la astucia y la estrategia, pensando más en mantener el poder que en conseguir la felicidad de los ciudadanos.


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