JUANA DE ARCO HUELE A CHAMUSQUINA, por Javier Astasio


Fue Mario Vargas Llosa, que hace mucho que dejó de ser genial, el autor de la peregrina idea de comparar a Esperanza Aguirre, entonces concejal del Ayuntamiento de Madrid, con la santa heroína francesa. quemada en la hoguera en 1431, con 19 años, en la ciudad de Rouen. En 1984, el autor de aquella ya lejana, en el tiempo y las ideas, "Conversación en la catedral" dijo de ella que "defender el liberalismo como ella lo hacía, le pareció entonces la manera más rápida de precipitarse en la hoguera del desprestigio y la ruina".
Qué equivocado estaba don Mario, porque, de momento y tras más de tres décadas de carrera política, no parece que la condesa de amianto haya ardido en la hoguera del desprestigio, al menos en la de su gente que, al parecer, es también la del Nobel, Es más, me atrevería a decir que, entre esa gente que añora la España de Franco y los privilegios, el autoritarismo y el lenguaje agresivo para el adversario, entre quienes no se paran  a pensar si lo que les dicen es verdad o es mentira, su prestigio ha crecido con los años.
Sin embargo y estoy seguro de que Vargas Llosa no pensaba en ello cuando dio e título de Juana de Arco del liberalismo o, si pensaba, debería explicarlo, Esperanza Aguirre, de heroína tiene poco. Lo digo, porque se ha cuidado muy mucho de quitarse de en medio en todas las marrullerías en las que han sido pillados sus subordinados, sus sapos y ranas que tanto hicieron por ella y su partido, en A o en B.
Los ha dejado siempre solos, con su cara de sorpresa, como si no supiese o, lo que es peor, tuviese que saber que sus hombres de confianza, los que ella misma había designado, los que le hacían las confidencias sobre los "hijos de puta" de turno, se lo estaban llevando crudo. Por dos veces se fue, dimitió, del gobierno de la comunidad y del partido, cuando la basura salió o estaba a punto de salir. La primera vez, apelando a su salud y a la necesidad que, dijo, tenía de estar con los suyos y de ver crecer a sus nietos. La segunda, para hacernos creer que asumía su responsabilidad "in vigilando" respecto del que fuera su mano derecha Francisco Granados, sorprendido en una nueva "gürtel", la "Púnica", con la que, cambiando el alumbrado público de decenas de municipios y recalificando, que es gerundio, su ex consejero Francisco Granados, su socio, David Marjaliza y algunos personajes más rebañaron el plato, mientras se forraban el riñón, disfrutando de la propiedad y encubierta de chalets tan grandes como horteras y fincas de caza pobladas de quads y escopetas.
Por extraño que parezca, la Juana de Arco del Liberalismo, que dijo Vargas Llosa, nunca se ha visto relacionada, ni judicialmente ni siquiera en la prensa, con tofos estos asuntos. A lo sumo, alguna que otra de sus campañas electorales, salpicada por el dinero turbio de estos negocios. Y eso, a pesar de que es un insulto a la inteligencia que ella, que obligaba a los cámaras de Telemadrid a repetir la toma de sus declaraciones cuando no se encontraba suficientemente agraciada en ella, no estuviese al tanto de los chanchullos de su gente ni cayese en la cuenta de que, ni con las cuotas del hinchado censo de militantes de su partido, daba para el dispendio de esas campañas electorales en las que, a base de trampear los números, tenía lo mejor de lo mejor, salvo los candidatos, claro, al mejor precio.
Por eso, por haber querido picar alto, sin reparar en gastos, métodos o medios, por haberse permitido morder los tobillos del hombre que avanza sin moverse y anda rápido sin correr, se ha visto relegada al papel de ladrar a Manuela Carmena, aún no sé si como rottweiler o fifí, rodeada por lo mejor de la "kale borroka" nacida en el barrio de Salamanca, sin poco más que ejercer de reina de corazones en el palacio al que Gallardón llevó el ayuntamiento madrileño.
Pero no desesperéis, siempre quedará algún rastro sin borrar, por ejemplo, en los papeles de esa gran estafa que fue el proyecto de ciudad de la Justicia. La soberbia y la prepotencia son malas consejeras, porque la impunidad también tiene fecha de caducidad, exactamente hasta que quien las disfruta deja de tener el poder. A partir de entonces, apenas se quedan en blesas o ratos. Nunca dudé que acabarían en la cárcel y lo deseé mientras tuve preferentes. Lo mismo me ocurre con esta Juana de Arco liberal que ya empieza a oler a chamusquina.

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