'Irse de abortos', por Gabriel Merino

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Jamás pensé que un ministro –y menos un ministro al que, aunque conservador, tengo por un tío elegante, inteligente, tolerante, dialogante y relativamente igualitario- insultara con tanta zafiedad y contundencia a la mitad de la población de país con sólo dos o tres frases. Si fuera mujer no perdonaría nunca a Gallardón lo que ha dicho hoy y, si su partido no rectificara sus frases de inmediato, jamás me plantearía la posibilidad de volver a votar a la formación que sustentara esas tesis. Porque decir lo que ha dicho hoy sobre el aborto es tratar a la mujer –el 51% de la población española, es decir la mayoría-de forma general como a una disminuida psíquica, una dependiente, una deficiente o una persona carente de voluntad y de capacidad de decisión. Es decididamente bajarla un escalón o a una segunda categoría con respecto ya no sólo al varón sino a una estructura social que, en opinión del ministro, sabe, mediatiza, manipula y evidentemente decide sobre su voluntad antes y con más efectividad que ella misma.

De mi mujer no hablo: es mayor, responsable, adulta y, como yo –aunque hablemos, discutamos y consensuemos-, sabe qué hace. Mi hija, hoy, tiene 13. Sé que fisiológicamente podría ya ser madre. No sé cuando empezará a tener relaciones con chicos ni si en ese momento seguirá los consejos ya dados en casa de que cuando las tenga, prevenga –le hemos explicado, llegado el caso, cómo, cuando, dónde y con qué métodos, precios y contrapartidas se puede encontrar la forma de prevenir un embarazo que no desee- y para eso no hemos sido vagos ni genéricos. Tampoco sé si, con todo y con eso, cabría la posibilidad de que se encuentre de repente  con un embarazo -deseado o no- ni si el hipotético padre se haría corresponsable y participaría -o no- de ese supuesto embarazo. Aún imagino más allá: llegado el caso de tener a mi hija –siendo menor- en casa ya con un embarazo,  no sé si lo primero que se plantearía ella  sería abortar. Y eso que sí sé que como padre, sentiría que no he sabido educarla adecuadamente en una responsabilidad sexual pero confieso que, si eso ocurriera mañana, evidentemente y particularmente yo estaría abiertamente por el aborto.

Pero, y aquí viene lo importante, en cualquier caso, no se trata de una decisión mía. Ni tuya, Gallardón. Porque no hablamos ni de nuestra responsabilidad ni de nuestro embarazo ni de nuestra vida. La decisión al final sería suya. Como de cada mujer que aborta o decide seguir una gestación. Y aquí voy al título del artículo. Hay varones que –como tú- se deben creer que las adolescentes ahora se van de abortos como quien se va de discoteca, de cervezas o de botellón. Vamos, que es una forma indolente, lúdica, despreocupada  y puede que hasta irresponsable de ver su ocio. Y categóricamente  no. Abortar para una adolescente –como para una mujer hecha y derecha- no es irse al parque de atracciones o a Joy Eslava o al cine 3D o a echar un polvo a un motel, a una suite del Meliá Castilla o a tu cuarto en ausencia de sus padres. Abortar es una putada, una jugarreta, una fuente de insomnio, un dolor y, en muchos casos, una encrucijada vital a la que sigue muchas veces un cargo de conciencia. Las chicas –incluso las más cachondas, sueltas o ligeritas, como dicen algunos hiperprotectores de ese animal de compañía- no se toman las píldoras del día después como caramelos Werthers o como un éxtasis de salida de discoteca de “Callejeros”. Porque, yo sí doy por supuesto que la que aborta no lo hace nunca por gusto.

Nos dice el ministro: "Muchas mujeres ven violentado su derecho a ser madres por las presiones del entorno. Se genera una violencia de género estructural por el mero derecho al embarazo”. ¿Violencia estructural de quién, Gallardón?, ¿de los novios, de las amigas, de los padres?. ¿Quieres decir que quien presiona, al final, es el círculo íntimo de la embarazada? Porque personalmente, en este sentido, las únicas opiniones que me causan violencia y vergüenza ajena respecto a embarazos –deseados o no- siguen siendo las de los políticos de todo signo decidiendo sobre lo que ellos no tienen derecho a decidir, los de las iglesias y los de la patronal. Éstas si son opiniones interesadas, y mucho. Y, evidentemente, también las de los machistas que piensan que la mujer es algo suyo o una prolongación de sí mismos.

Tú, ministro ¿te has creido que el tío se lleva –nos llevamos- a la mujer a abortar de la misma manera que capa al perro o esteriliza a la gata o que vende o sacrifica una camada de hamsters?. Pues en bien poco valoras a la mujer. O igual eres de los que crees que las aficiones de finde de una adolescente de hoy son discoteca, botellón y un aborto, que también se oyen cosas así, hasta en medios de tirada y difusión nacional...  O igual es que ya quieres dar desde el gobierno el avance de lo que va a ser la próxima clase que sustituya educación para la ciudadania: no hablarles nunca de de sexo, de ETS o de prevención pero echarse luego las manos a la cabeza porque una "desprevenida" tenga que abortar después de que en su casa le enseñaran "sólo" lo que es la cigüeña y la castidad. Eso sí que es violencia estructural...

Claro que en sexualidad hay que empezar por enseñar, a ellos y a ellas. Pero con frases como la tuya de hoy se me hace meridianamente comprensible el viejo slogan feminista de “Nosotras parimos, nosotras decidimos”. ¡No vas a decidir tú, Gallardón, por más que cambies o, incluso, aunque llegaras a derogar la ley!. Ni puedes creer que  ese 51% de los habitantes del país son gilipollas ni estimar, ministro, que una joven o una tía, en general, se va de abortos como quien se va de cañas...

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