Irresponsables, por Javier Astasio


Que hay ciudadanos de primera y de segunda, hace tiempo que lo sabía. Lo que aún me costaba trabajo reconocer es que los hay que tienen que responder de todos y cada uno de sus actos y los hay que no. Incluso había llegado a admitir esa especie de fuero de que dispone el rey para evitar convertirle en el pim pam pum de quienes pretendiesen fines espurios acosando su figura.

Eso es lo que pensaba no hace tanto. Sin embargo, los últimos tiempos, estos últimos tiempos en los que el descaro y la desvergüenza se han convertido en la moneda de cambio, me están llevando a reconsiderar planteamientos tan caritativos y candorosos como esos. No puede ser que la mayor polémica en que se ha visto envuelta la figura del rey, el "accidentado" viaje de "placer" de Don Juan Carlos a Botswana se resuelva con apenas tres frases pronunciadas ante una cámara y un micrófono en un pasillo de una clínica, en un encuentro previamente pactado. No puede ser que, en tiempos en los que dos millones de niños españoles viven por debajo del umbral de la pobreza -el dato lo dio ayer UNICEF- la más alta autoridad de este país se permita el dispendio de ese safari en un país remoto y entre amistades, un safari cuyas consecuencias obligaron a movilizar todo un equipo médico y un avión privado.

Pero la cosa no queda ahí, porque en el caso de que concediésemos "bula" al rey para mantener estas aficiones, lo que no tiene un pase es que otra alta autoridad del Estado, que, por estar situado en la cúpula del poder judicial, el que decide sobre vidas y haciendas, debiera ser ejemplo de conducta recta y decente, el presidente del CGPJ, Carlos Dívar, pase sus largos fines de semana en Puerto Banús a cuenta de los impuestos de todos los españoles, incluso de aquellos que hace años que no han ido de vacaciones. Ayer nos dijo el fiscal del Supremo que nada puede investigar sobre esos viajes, ni siquiera para saber si eran por razones del cargo o del placer, porque el presidente no está obligado a justificarlos ante el consejo. Así, sin más. Tan escandaloso que aún no he resuelto esta duda que me asalta: saber si el fiscal, al firmar el escrito en el que tiraba la toalla, estaba rojo de la vergüenza o de la risa.

Y es que, como en el tango, "cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón...". Otra prueba de ello es que, ayer, el presidente del "almacén de ladrillos chungos" que es Bancaja, José Luis Olivas, dimitió compungido y admitiendo errores en la gestión de la entidad, pero exculpándose por lo grave e imprevisto de la crisis y sin renunciar a ninguna de sus prebendas ni devolver, que yo sepa, nada de lo recibido hasta ahora en su cargo. Se ve que ha cundido el ejemplo de Rodrigo Rato, que se quitó de en medio en Bankia, pero sigue al frente de Caja Madrid como si nada hubiera pasado.

Y no queda ahí la cosa, porque para suceder a Olivas queda como presidente en funciones José Antonio Tirado, tránsfuga socialista acogido al calor del PP y pieza fundamental en los manejos de Carlos Fabra, el de los aeropuertos sin aviones, e imputado por falsedad contable... toma ya.

Mientras tanto, el mniestro -entre ministro y siniestro- José Ignacio Wert recorta con la mayor de las frialdades miles de millones en algo tan trascendente para un país como es la educación de sus niños y jóvenes. Debe pensar que cuanto menos sepan, menos protestarán por tanta ignominia y seguirán permitiendo que algunos, como los citados, sigan sin responder de sus actos.


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